A uno de mis amores

Alguna vez escribí sobre el amorio que me estaba haciendo con el ejercicio. En ese entonces mi homenaje era a las euforias que me producía el spinning cuando estaba al borde de la rendición. Eran los beats musicales sincronizados con el golpe del pedal y además el descubrimiento de que ante el dolor y los límite físicos, el cerebro, puede dar más. Si el cuerpo no quiere, la concentración le dice que sí. Esos supongo, son algunos pinitos de la meditación. Ahora, tres años después de haber empezado dicho romance más o menos riguroso, más o menos fiel y más o menos pasional, sigo creyendo que el cuerpo agradece y responde con entusiasmo a los sometimientos del rigor del entrenamiento, pero mi artrosis — esa que en principio fue luxación y luego desgaste articular de cadera — ya no responde tan bien. Y me enfrento ahora, ya no al cansancio o la fatiga o las náuseas. Esta vez es el dolor de un tejido que no es tan flexible, ni tan fuerte. Y yo que soy necia, me revelo y le digo; que si terminamos una serie de 10 todo será mejor para ambos, que nos sentiremos mejor, pero la articulación tan porfiada, no hace caso. Y en ese momento me pregunto si ejercitarme puede seguir haciéndome bien o puede en cambio acelerar la rigidez de mi cartílago, me pongo nerviosa, me detengo, siento el pulso acelerado y decido que quizá mejor me muevo despacito, sin tanta energía, sin retar al cerebro ansioso de exigir más. Y con tristeza reconozco una realidad y es que la artrosis de cadera, esa que también me hace un poco de lo que soy, quizá algún día me arrebate uno de mis amores: el ejercicio.