El problema de la comunidad LGBT+ (o porqué las recomendaciones de Netflix me tienen de un huevo)
¿Nos ha llevado el progrerreduccionismo políticamente correcto a un punto peligroso a la hora de hablar sobre sexualidades no tradicionales?
Exhibit A.
Ciertamente vivir en Guadalajara permite conocer de cerca los prejuicios que tradicionalmente se tienen de esta ciudad. A la Perla de Occidente se le ha conocido a lo largo de la historia como una urbe congelada en el tiempo, conservando creencias y valores relativamente retrógradas en comparación de la siempre progresista Ciudad de México, ya ni hablar de las grandes metrópolis de primer mundo. De cierta forma, ser liberal en esta ciudad siempre ha sido complejo, pues existe mucha resistencia al cambio, principalmente de los valores religiosos, que permanecen fuertemente arraigados en el imaginario colectivo tapatío.

Por eso mismo, creo yo, es importante asumir una postura crítica y ser muy claro a la hora de enunciarla. Ser persuasivo con los indecisos (y los pendejos) y ser implacable con los necios. En fin, considero que las causas con las que uno simpatiza hay que defenderlas siempre. Por este motivo, el año pasado decidí participar, junto con mis amigos, en una marcha para defender el matrimonio igualitario. Marchamos, gritamos, alzamos pancartas… en fin, regresamos a nuestras casas convencidos de que habíamos hecho una importantísima labor en la lucha contra la esclavizante heteronormatividad. A huevo.
Por otra parte, el mes pasado hubo una situación bastante distinta con un tema algo relacionado. Como usté sabe, junio es universalmente conocido como el “mes del orgullo gay” y se organiza cantidad de desfiles y marchas con el pride como temática de fondo. La gente sale a marchar en multitudes (los organizadores del WorldPride en Madrid este año hablan de cantidades de 3 millones y medio de asistentes) en un evento que, lejos de funcionar como statement político, toma un ambiente festivo y cuasi catártico.
Un día cercano a la marcha del pride de Guadalajara, uno de mis mejores amigos me preguntó que si iba a ir. Le dije que no y él, muy extrañado, me pregunta que porqué era eso, si ya había ido a la marcha del matrimonio igualitario el año pasado y que pensaba que esas cosas me encantaban. Es entonces cuando procedo a explicarle que está absolutamente equivocado y que, contrario a su creencia, me cagan los prides.
Digo que me cagan desde un punto de vista personal. Yo no sabría qué hacer en un pride y, a decir verdad, me incomodaría bastante. Antes de que me ataquen aquí, me gustaría aclarar una vez más que estoy a favor del matrimonio igualitario, de la igualdad de derechos para personas transexuales, y demás. Asistir a estos eventos, creo yo, no tiene nada de malo, simplemente no es para mí. No me gustan.
Pero todavía más importante que el hecho de que no me gustan, me parece importante mencionar que no me sirven. Puedo entender que para cierto tipo de personas es importante participar en actividades públicas que permitan sentirse acompañados para poder estar orgullosos de su sexualidad. No es mi caso. Yo estoy contento y tranquilo con mi sexualidad y no necesito hacer nada para estarlo. Y ese es el problema de los desfiles del pride, y de la comunidad LGBT en general: se generó una imagen muy específica de lo que deben ser los miembros que le conforman.
Los gays se comportan así, las lesbianas son así, los transexuales son de esta forma, los bisexuales así, etcétera. Quien sale de esa norma, se vuelve en el bicho raro y es fácilmente expulsado de lo estereotípico de la comunidad elegebeté. Así, se crea una especie de “normatividad alternativa” a la que deben ceñirse todos aquellos que ya de por sí se atrevieron a desafiar la heteronormatividad.
¿Pero qué tienen que ver entre ellos los bisexuales, los homosexuales, los transexuales, los transgénero, intersexuales, etcétera? ¡Nada! Asumir que sí es partir del entendido de que todas estas luchas y todos los miembros de estas comunidades son iguales a pesar de que lo único que tienen en común es que no comparten la sexualidad tradicional. Y todavía peor, reafirma el estereotipo de la identidad queer.
Asumir que todos son iguales va precisamente en detrimento de la lucha por la equidad y el respeto a la diversidad sexual y sus derechos. Las personas deben ser capaces de expresar su sexualidad de la manera que se les pegue la gana, libres de cánones morales basados en postulados religiosos, pero también de los estándares limitativos impuestos por la comunidad LGBT sobre cómo es que debe vivirse la sexualidad.
Exhibit B.
Arriba me presento como originario de Guadalajara, pero claramente no soy solo eso. De la misma forma que soy más tapatío que el jarabe, también puedo afirmar que soy más Generación Z que los smartphones. Adoro Twitter y la música en streaming, pero sobre todo, soy un ávido consumidor de Netflix.
El otro día vi, después de una ronda exhaustiva de investigación por el acervo filmográfico netflixiano, decidí ver “Boys” (Jongens), película holandesa que cuenta el romance entre Sieger y Marc, dos adolescentes que se conocen en su selección de atletismo y, después de un rato, se enamoran.
A pesar de que la película inicia con una historia bastante conmovedora entre los dos personajes principales, gradualmente se convierte en un drama ñoño y simplón que termina en un final decepcionante, cuando menos. De cualquier forma, el trama de la película dista mucho de ser la razón por la cual la menciono.
A raíz de haber visto Boys, noto que algo curioso sucede. Como cada vez que regreso a Netflix, en mi pantalla de inicio aparecen mis recomendaciones actualizadas. Nunca he visto ninguna de esas películas y nunca había oído de su existencia. Todas tienen algo en común: son películas gay*. Leo las descripciones y todas tratan sobre como Wey Rándom Número 1 se enamoró inesperadamente de Wey Rándom Número 2 y lucharon contra la adversidad para poder estar juntos. Y cuando sigo leyendo las descripciones me doy cuenta de que todas están en la misma categoría: LGBT.
¿Qué pedo? ¿Acaso todas las películas en las que el personaje principal es no-heterosexual/no-cisgénero tienen como tema central el mismo hecho de que sea una persona no-heterosexual/no-cisgénero? ¿Porqué Boys no puede considerarse una simple película de amor adolescente y tiene que a huevo ser una película LGBT? ¿Vamos simplemente a ignorar el hecho de que es también una película indie, holandesa, de drama romántico adolescente?
Yo no tengo ningún problema con ver películas con contenido homorromántico o hasta homoerótico, de hecho todo lo contrario: a mí me vale madre. No me importa el género, la raza o la condición social del personaje, siempre y cuando sea uno bueno; pero evidentemente las productoras no lo piensan igual. Para ellas es importante que, cuando produzcan películas gays, lo importante es que son eso, y nada más.
Closing argument
Aquí expuse, a través de dos escenas muy cotidianas (una discusión con un amigo progre y mis recomendaciones de Netflix), lo que considero son los efectos inmediatos del reduccionismo. El problema aquí, es que tiene consecuencias mucho más profundas y trascendentales. De cualquier forma, creo que vale la pena distinguir entre los dos reduccionismos que aquí expuse.
Uno es político. Con este mecanismo se pretende aglutinar a tooooodos los que no son heterosexuales o cisgénero con el fin de promover una agenda que, según esto, les sirve a todos. Pero al final, la comunidad LGBT es una ficción construida sobre el muy discutible principio de que todos están en la misma lucha.
El otro reduccionismo del que les hablo, es el comercial. Ya hemos visto cientos de campañas publicitarias que usan la bandera del orgullo LGBT para declararse como empresas gay-friendly, pero al final lo único que buscan es vender. Pues pasa algo similar con el cine y el arte en general**. No nos venden arte de calidad u obras subversivas en las cuales la homosexualidad es simplemente una característica circunstancial de los personajes. No. Nos venden precisamente eso: la homosexualidad de los personajes. Y al parecer, nosotros seguimos comprándola.
Al final, estos reduccionismos no son sólo una verdadera monserga sino que agravan la situación de exclusión de una minoría históricamente rechazada como es la comunidad LGBT. En lugar de insertar la sexualidad no tradicional en medios tradicionales se han empeñado en mantenerla separado, aislada. Este es tú cine, y no es para nosotros. Esta es el grupo activista de todos los “raros”, aunque sean muy distintos entre ustedes.Se siguen manteniendo estereotipos clásicos y se sigue dejando bien pintada la raya que separa el mundo queer del mundo “normal”.
Que no se quejen después.
- *Argh, me caga tener que aclararlo, pero lo voy a hacer de todas formas. No soy un imbécil y sé que no es correcto el término “películas gay”. Sé que tendría que decir algo más políticamente correcto como “películas con temática homosexual” pero guess what? Me vale madre. Les diré películas gay y ya.
- **Hablo del cine comercial y del arte más popular. No niego que existan piezas artísticas de mucha calidad que exploren sexualidades no tradicionales sin volverlo el tema central.
