Capítulo 02: El diablo se acercó a mi y me susurró “No tienes fuerza para resistir la tormenta”


Así es, el diablo me retó. Uno nunca está preparado para ser retado por él, y espero algún día entender por qué fue. Por ahora, nuevamente tenemos que hacer flashback. En esta ocasión al día domingo 18 de septiembre de 2016. Imaginemos que estamos en ese día.

Estoy contento, llegando a ver a mi novia a casa de sus abuelos. Es su cumpleaños, 25 añotes. Un cuarto de siglo. Un momento ideal para que yo comience a bromearle con que ya está viejita y arrugada. A pesar de seguir con mi problema hemorroidal, estoy ahí. La estoy pasando bien.

Después de una deliciosa comida de costillitas, lomo, sopa y un pay de limón a manera de pastel (porque ese fue el antojo de mi novia), estamos echando sobremesa. La platica es sencilla y amena, hay risas y recuerdos, pero no todo está bien. Específicamente, hay algo dentro de mi que no está bien. En este momento, ya he tenido que ir 5 veces al baño y ha salido pura sangre. Estoy algo desesperado pero consolado porque falta poco para ver al Dr. Amézquita. Sin embargo, creo que tanta pérdida de sangre ya está haciéndose notar más allá de una coloración roja en la tasa del baño. Me estoy sintiendo algo mareado, cansado, bostezando mucho y sin poder concentrarme.

Considero lo obvio: un desmayo. Bajo nuevamente al baño, mi novia me espera en la sala. Horrorizado, acabo de notar algo: tengo un hundimiento en la cara y la posición de la luz hace más notorias las sombras en mi rostro; realmente me veo mal, mi piel está chupada, tengo ojeras, parezco calavera.

Preocupado por eso, salgo del baño hacia la sala. Le comienzo a platicar a mi novia y ella se preocupa por mi. Nos alcanzan su mamá y su hermana. Ellas estando enteradas de mi condición de hemorroides, buscan consultar a algún doctor mas rápido ya que el Dr. Amézquita está de vacaciones (por eso la cita hasta lunes o martes). Un amigo doctor les recomienda una pomada y pastillas. Pero sinceramente, a mi no me convence. Siento que hay algo más, siento que necesito una atención especializada por la sangre que he perdido. Algo desorientado, decido regresar a mi casa para ya sea comprar las pastillas y pomada, o ir a un hospital para ser atendido.

Llegando a la casa, platico con mi mamá. He decidido ir a un pequeño sanatorio en donde me operaron de apendicitis hace años. Mi mamá me acompaña y nos recibe la doctora de guardia. Ella, con más experiencia, me realiza una serie de preguntas y exámenes. Su opinión es que no tengo hemorroides, sino divertículos y que debo internarme para mantenerme bajo monitoreo por la pérdida de sangre, además de hacer estudios para confirmar el posible diagnóstico. Sin embargo, el sanatorio no cuenta con el equipo ni el personal suficiente.

Ya siendo lunes 19 aproximadamente a la 1am, tomamos la decisión de acudir a otro hospital, el Hospital HBG. Entramos por urgencias y nos dan atención de inmediato. Es el Dr. Solís quien nos recibe y me pasa inmediatamente a su consultorio. Me sorprende su profesionalismo, su ética. Prepara un historial clínico con una cantidad sorprendente de preguntas e información. Coincide en la necesidad de internarme por la pérdida de sangre pero necesita saber en realidad a qué se debe el problema. Él se preocupa por hacer lo que ningún otro médico me había realizado: un tacto rectal. Y sí, sentir eso es muy incómodo.

Al finalizar el examen, me dice que él no ha encontrado hemorroides visibles o palpables pero que hay una masa en el lado izquierdo de mi recto. Su recomendación es internarme y realizar una colonoscopía urgente para saber qué hay ahí. Con sinceridad me dice “si fueras mi hermano, yo te internaba”. Después de meditarlo — moral, física, mental y económicamente — decido hacerle caso y quedarme. En este momento ya son las 3am. Me están tomando muestras de sangre y preparándome para ponerme un suero. Estoy acostado en una cama de hospital sin saber qué ocurrirá. Muchas cosas dan vuelta por mi cabeza.

Son las 8am. Me despierto. Mi mamá ha estado incondicionalmente acompañándome toda la noche. En efecto, a los 28 años me siento como de 8 y me siento protegido por mi mamá, ella me ofrece alivio. Han llegado los resultados de mis estudios de sangre: todo está normal, ni siquiera tengo anemia por la pérdida de sangre. Si a caso un par de valores fuera de rango pero nada de llamar la atención. Llega el Dr. Solís a informarme que la colonoscopía está programada para la tarde y que en breve llegarán las enfermeras a prepararme.

Mientras tanto, por fin un momento de calma y alegría. Llegan a visitarme mi tío Gustavo y mis amigos Miguel y José Manuel. A Miguel lo conozco desde que tenía 15 o 16 años y a José Manuel como 19 o 20; son amistades ya de mucho tiempo. Son nobles, y muy graciosos. Me hacen reir de una manera que me permite olvidar dónde estoy y qué es lo que pasa. Después de ellos, llega mi novia. Me siento en paz.

Sin embargo, regresamos a la realidad y finalmente llegan las enfermeras a prepararme para la colonoscopía. Es un horror que dura varias horas. Tienen que darme 2 jugos laxantes, una pastilla anti-inflamatoria, y hacer 2 enemas. El dolor que siento al recibir el enema — y luego al evacuar — es insoportable, realmente insoportable, pero a fin de cuentas es algo que se tiene que hacer. Al concluir con estas maniobras para limpiar mi intestino, me informan que estoy listo para entrar a quirófano.

Ha llegado el momento. Estoy muy nervioso, y para ser sincero, tengo miedo. Me acomodo en posición fetal y la anestecista me aplica un somnífero de esos mágicos que usan y caigo en sedación. Estoy dormido y totalmente inconsciente, no hay sueños, sensaciones ni sentimientos. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero por fin estoy despertando. Me dan instrucciones de acostarme derecho y por fin me sacan del quirófano a la sala de espera.

Después de unos minutos tratando de despertar por completo, llega el doctor que realizó el estudio. No recuerdo su nombre, sin embargo en una actitud seria y determinada, se acerca a mi con su celular en la mano mostrando una imagen y me dice:

Emmanuel, ¿Cómo te sientes? Ya terminamos el estudio. Éste es tu intestino. Hemos encontrado una tumoración en tu recto y es de aspecto maligno. Es de un tamaño considerable, obstruye dos terceras partes y la cámara ya no pudo pasar más allá. En breve subirás a tu cuarto y tu doctor te podrá dar más información.

No sé qué sentir. No se qué decir. Mi vida acaba de dar un giro de 800° (y sigue girando). Es imposible evitar que las lágrimas fluyan. Es imposible evitar que la mente vuele. Es imposible evitar considerar la muerte. Un joven doctor que está por ahí, del cual desafortunadamente no recuerdo su nombre, se acerca a mi para darme algunas palabras de alivio. Creo que notó cómo tomé la situación y por eso decidió acercarse. Nunca olvidaré a este doc.

Ahora las enfermeras me llevan hacia mi habitación. La familia que me acompaña en ese momento (mi novia Itzel, mi mamá Clara, y mi tío Guillermo) están justamente recibiendo la noticia; no puedo evitar pasar junto a ellos con lágrimas en mi rostro recostado en una camilla. Es un momento que nunca desee que pasara.

Estamos llorando. Estamos platicando. ¿Platicando? Más bien estamos emitiendo palabras tal vez al azar, tal vez sin sentido. Y bueno, ¿qué sentido se le podría dar a las palabras que describen un momento sin sentido? Ahora sólo queda esperar a que se acerque a mi el Dr. Solís y confirme el diagnóstico.

Y sucede. El Dr. Solís llega a confirmar el diagnóstico. Reitero, es un tipazo. Me escucha, me permite liberarme, me aconseja. Mil cosas pasan por mi mente. En algún momento me había imaginado que esto podría suceder; a final de cuentas mi abuela y abuelo maternos murieron de cáncer, he sido fumador y soy muy corajudo algunas veces. Creí estar listo para afrontar un momento así en caso de llegar, pero evidentemente no.

Estoy sintiendo la necesidad de salir corriendo, de ser libre, de guardarme y llorar, de cerrar mi pequeña empresa, de dedicarme a vivir, de dedicarme a esperar la muerte, de sonreirle a mi familia, pero también de verlos con desánimo. ¿Parezco loco, no?

A medida en que la noticia va corriendo, la gente llega a visitarme. Elizabeth, la mamá de mi novia; Yuri, su hermana; Maru, la mamá de Miguel, los propios Miguel y José Manuel nuevamente; Estela, mi madrina; Ana, mi prima, Karla, su novia; Victor, el papá de mi novia. Ellos se unen a mi novia, mi mamá y mi tío Guillermo.

Todos llegaron con sorpresa; todos se notaban incrédulos. A pesar de eso, no dudaban en lo más minimo el darme ánimos, y después de esperar con ellos algunas horas a que me dieran una receta, el alta, e instrucciones posteriores, regresa el Dr. Solís y me da permiso de irme a casa.


Moraleja de este capítulo: Siempre prepárate para lo peor, esperando lo mejor.

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