Capítulo 05: Hoy me acerqué al diablo y le susurré “Yo soy la tormenta”


Sí, le acepté el reto al diablo. Porque para superar los retos y los miedos, la reacción no debe ser huir o esconderse, sino aceptarlos y encararlos; y porque para aceptarlos y encararlos sólo se necesita una cosa: determinación.

El sábado pasado, 24 de septiembre, tuve cita con el Dr. Solís para que analizara mis estudios y llegaramos a una confirmación y conclusión.

Vaya, el diagnóstico ya estaba, pero era necesario escucharlo de un doctor y no sólo de los laboratoristas.

Llegué al hospital acompañado de Itzel (mi novia), mi mamá y mi tío Gustavo. Mientras caminabamos y esperabamos en el hospital, inevitablemente vi a otros pacientes y noté algo: a pesar de todo y aunque he perdido bastante peso, no doy la pinta de estar enfermo, y mucho menos de tener lo que tengo… eso en buena parte es un alivio emocional.

Después de un rato de espera, el doctor nos atendió y confirmó: el tumor está ahí, es cáncer, y requiere acción inmediata. Se tomó también el tiempo para mostrarnos usando las imágenes de la tomografía dónde se encuentra el tumor. En realidad es feo; una plasta deforme bastante grande (aproximadamente 59x43mm) que está donde no debería de haber nada.

El hecho es que el tumor está ahí y hay que hacer algo, pero, ¿a qué se refería el doctor con acción inmediata? A una cirugía.

En días anteriores he estado en contacto con él por Whatsapp y le había compartido los resultados, y con ellos contactó a un cirujano conocido suyo y recomendado por su amplia experiencia en casos como el mio, y la cirugía fue su indicación. La urgencia de operarme viene no tanto por el tumor en si, sino porque está tapando dos terceras partes de la «luz intestinal» (el grueso del intestino o recto, vaya) y estoy en riesgo de sufrir una oclusión/obstrucción intestinal completa en cualquier momento, y eso podría causar que literalmente “explotara” mi intestino o cuando menos que se fisurara, ambos casos potencialmente mortales.

Esto ya nos lo había dicho — ciertamente con menos urgencia — cuando salimos de la colonoscopía. Sin embargo recibir la confirmación pero con más urgencia y determinación, tiene ciertos efectos emocionales que no se hicieron esperar en mi familia y en mi: nerviosismo, duda, y algo de miedo.

Salimos del consultorio camino a alguna tienda para comprar cosas que hacían falta para mi dieta especial y para la comida regular de casa. La tensión no se hizo esperar y, aunque intentabamos mostrar lo contrario, todos estabamos confundidos, inciertos y temerosos. Aún así terminamos las compras.

Regresando a casa todos seguíamos igual, aunque cada quien por su parte: mi mamá en la cocina, mi tío Gustavo en su habitación, e Itzel y yo juntos. Estando a mi lado, a Itzel le tocó ver cómo el coraje y miedo invadían mi mente teniendo una consecuencia: escuché a mi mamá llorando y exploté gritándole a ella.

De manera justificada o injustificada, escucharla llorar en ese momento y verla decaída en días anteriores, mermó mi foetaleza. Es totalmente comprensible su reacción, a fin de cuentas soy su hijo y por supuesto que su intención final siempre será mi bienestar. Pero tal cual se lo dije a ella, en cierta medida en vez de motivarme me desanimaba y en vez de hacerme sentir seguro me hacía sentir temeroso; es imposible no contagiarse ni verse afectado por los sentimientos de alguien tan cercano como tu propia madre.

La discusión transcurrió con argumentos sólidos, palabras vacías, razonamientos lógicos y expresiones de esas que sólo se muestran en el calor de cualquier encuentro, y luego terminó.

Pero a pesar de ser un momento muy amargo, no me arrepiento de que haya sucedido. A fin de cuentas fue una oportunidad de que ambos sacaramos nuestros sentimientos guardados y nos desahogaramos. Si bien no es la mejor manera, en su momento fue efectiva y trajo algo bueno: mi mamá cambió completamente su actitud para los días siguientes, y ahora sí me he sentido escuchado, comprendido y apoyado por ella.

Y hay más personas buscando ofrecer su apoyo, desde luego. He recibido más de una docena de recomendaciones de médicos, hospitales y tratamientos, y muchísimos consejos para mi situación. Para ser sincero, la cantidad ha llegado a ser algo abrumadora y me he encontrado en varios momentos de confusión, sin saber cuál de todas las cartas a mi disposición sería la más correcta en todo sentido. No me gustaría que esto se confundiera, realmente aprecio que la gente se interese por mi y quiera ayudarme, pero agradezco tener ahora un poco de calma y no un bombardeo constante de opiniones que agitaban mi mente.

Así, como toda situación complicada, la mia también viene acompañada de altibajos. Por supuesto que en ocasiones me he sentido algo desanimado, y por supuesto que por mi mente ha llegado a cruzar el desafortunado pensamiento de muerte. Sin embargo, ha podido más lo que siempre me ha motivado: una familia excepcional, unos amigos entrañables y verme capaz de construir un futuro que me emociona.

Y tras toda esa avalancha de información, confusión y emociones, he elegido. A pesar de la presión social por seguir los tratamientos que marca la medicina moderna, la opción que elegí se apega a mi filosofía y a mi entendimiento de la vida. He optado por tratamientos alternativos que de hecho, al día de hoy, ya están teniendo efectos.

De esta manera, con determinación y confianza — pero sobretodo con ganas de vivir — le dije al diablo: yo soy la tormenta. Y el cabrón no sabe lo que le espera.


Moraleja de este capítulo: no importa qué tan presionado, juzgado o criticado seas, si confías en tí mismo y decides trabajar en lo que crees, encontrarás el camino que te llevará al destino que buscas.

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