Diario de un lector machista (en recuperación).

Confesiones de un bibliófilo machista desde el momento en que se dio cuenta de su condición y tomó la decisión de cambiar su forma de adquirir libros, hasta la grata sorpresa de encontrarse con una librería de sólo escritoras; pasando por algunas crónicas literarias sobre las obras de ellas, las escritoras.

Felipe Madrigal
Nov 5 · 15 min read
Mujer escribiendo. Picasso.

13 de ventoso,

En la mañana, mientras leía a Nodier, el bibliófilo original, se hizo evidente para mí que las bibliotecas son organismos vivos: se expanden, se contraen e incluso, en no pocas ocasiones, sobreviven a sus usuarios y a sus dueños. Cada una de ellas, es justo decir, tiene su propia personalidad.

¿Cuál es la personalidad de la mía? Esa fue la pregunta que me estuvo rondando todo el día. Siempre pensé en ella como ecléctica. Al fin y al cabo custodia libros clásicos, modernos y posmodernos; narrativos, líricos y académicos; comerciales, independientes y de autor. Pero la verdad, a la que finalmente he llegado, ha sido mucho menos elegante y mucho más vergonzante: ¡mi biblioteca es machista!

La miro, recorro su cuerpo de roble y pino, y me topo con Dostoievskis, Coetzees, Paduras, Saramagos, Modianos, Borgeses, Villa-Matas y un sin fin de escritores con plumas y con penes. Por supuesto que, como en toda biblioteca decente que se precie de serlo, puedo ubicar entre sus estantes alguna obra de Woolf, Mistral, Allende, de Beauvoir o Szymborska, pero más como decorosas excepciones que como parte estructural de mi colección, de su alma.

De esta enfermedad, por supuesto, la pobre no tiene la culpa: supongo que tan solo tuvo la mala suerte de dar con un insensato dueño que, al pensar en literatura, caprichosamente los ha privilegiado a ellos y las ha invisibilizado a ellas.

Siento pena por ella. Siento vergüenza por mí.

19 de ventoso,

He decidido implementar mi propia política de cuota literaria de género, que no es otra cosa que el compromiso personal de, al entrar en una librería, buscar siempre primero a las autoras.

No se trata de obligarme a comprar libros de mujeres como quien se exige a darle una limosna a un pobre diablo con la esperanza de que con esas pocas monedas acalle su culpa; es modificar ligeramente el criterio de búsqueda que, como lector, suelo usar a partir de variables tan arbitrarias como fascinantes: a veces escudriño en las estanterías por literatura latinoamericana y otras veces solo por ganadores del Nobel; en ocasiones me dejo guiar por lo atractivo de una carátula y, en otras, por la recomendación del librero de turno. ¿Qué me impide agregarle a esta curaduría de comprador la variable “mujer”? Lo peor que podría ocurrir es que me entere de lo que están publicando las autoras, y eso ya sería una invaluable ganancia.

28 de germinal,

El beneficio ha superado con creces mis modestas expectativas. He puesto en práctica mi sistema de cuotas literarias y no tardé en hallar fascinantes obras escritas por autoras hasta entonces desconocidas para mí, una cornucopia de cuentos, novelas, crónicas y poemarios que no hubiera dudado en comprar independientemente del género de su autor pero que — y he aquí la cruel paradoja — solo pude notar cuando me di a la tarea, consciente y sistemática, de buscar escritoras.

Así me topé con Mariana Enríquez, Tatyana Tolstaya, Leonora Carrington, Clara Obligado, Victoria Lébedeva, Chimamanda Ngozi Adichie, Doris Lessing, Ludmila Ulítskaya, Vera Giaconi, Penelope Lively y un largo etcétera.

No puedo esperar a leerlas.

7 de floreal,

Recuerdo aquella frase que dice que uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra. Esa sentencia penetra mi cabeza como un balazo cada vez que camino por el Cementerio San Pedro o por el osario de Calasanz, recordándome que, a pesar de la tendencia nómada, mi familia y yo seguimos siendo de allá.

Alguien camina sobre tu tumba. Laguna libros.

Mientras leo uno de sus libros, me pregunto si Mariana Enriquez conoce aquella frase. Quiero pensar que sí, que es tan consciente de ella que incluso se obligó a sacar de su obra cualquier referencia a sus propios muertos, a aquellos que la hacen realmente bonaerense; que prefirió quedarse con quince crónicas muy personales pero difícilmente familiares, las quince que componen Alguien Camina sobre tu tumba, un recorrido histórico, arquitectónico y humano — de su propia humanidad — por igual número de cementerios del mundo: la necrópolis de Colón, en La Habana, Colonial Park, en Savannah, el Panteón de Belén, en Guadalajara, Montparnasse, en París, Presbítero, en Lima o Staglieno, en Génova.

No se trata de una macabra guía turística ni, mucho menos, de otro intento de literatura gótica. Tampoco es, en el estricto sentido de la palabra, un libro sobre la muerte, aunque esta es una figura — ¿quizás un estado? — presente a lo largo de la obra. Incluso pareciera que Mariana no planeó el libro sino que éste sistemáticamente se fue formando desordenado, subrepticiamente a medida que su autora inocentemente se dejaba llevar por su gusto hacia el turismo de necrópolis, sin sospechar que algún día las anécdotas recopiladas por su mente serían publicadas.

Leer este libro, en ese sentido, no es una de esas experiencias en las que el lector siente que camina junto a la autora por en medio de las tumbas viendo lo que ella ve, oyendo lo que ella oye, oliendo lo que ella huele. Alguien Camina sobre tu tumba se asemeja realmente a un diario, uno lleno de placeres elegantemente voyeuristas, al sabernos lectores de las percepciones de una persona que se atrevió a escribirlas ante la certeza de que nadie las leería. Pero lo hicimos, atraídos primero por la promesa de conocer a través de sus páginas algunos de los cementerios más cautivadores del mundo, seducidos después por la descripción carente de pretensiones pseudointelectuales de sus panteones y esculturas, y atrapados finalmente por las honestidad en que ella, Mariana, estampa los sentimientos más íntimos que estas visitas le produjeron: el erotismo que le generó la tumba Ribaudo, el pánico que le causó un perro callejero interesado en proteger a los muertos de los vivos, la excitación de saberse un ladrón de tumbas anónimas…

Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra, escribió alguién alguna vez. Siendo así, la forma en que somos enterrados habla más de quienes nos quedamos atrás que de quienes mueren. De eso se trata el libro de Mariana Enríquez: una forma de desentrañar las motivaciones y ansiedades no de quienes yacen bajo tierra sino de quienes los pusieron allí.

La próxima vez que visite a mis muertos y esté parado enfrente de sus bóvedas marmoleadas y ordinarias, concentrado obstinadamente en ese guión que separa el año de sus nacimientos y de sus muertes y que refleja nada más y nada menos que sus vidas vividas, reflexionaré sobre ello y gritaré en silencio, junto con esta fascinante escritora:

“el mundo se creó para los muertos (…) Son un millón más que los vivos y el tiempo que pasan muertos es un millón de veces más que el tiempo que los vivos pasan vivo”.

Hoy le conté a un amigo ─más intelectual que persona─ sobre mi cuota literaria de mujeres. Su respuesta, además de confirmarme su prepotencia, me perturbó: «Hay buena literatura y hay mala literatura ─dijo─. Ya está. No sé le debe poner raza, nacionalidad, religión ni, mucho menos, género”.

Algo de razón no le falta: una vez se abre un libro y se empiezan a recorrer sus párrafos y capítulos, el buen lector — por lo menos uno recreativo — debería abstraerse de su realidad y reemplazarla por el mundo paralelo que se le está presentando. Al cerrarlo, por supuesto, puede hacer tantos análisis y contextualizaciones como considere necesarios, pero durante los días o semanas que dura aquel éxtasis, poco le debería importar si detrás de las letras hay un hombre blanco protestante o una mujer latina musulmana; simplemente lee — que no es poca cosa — , se identifica o no con la historia, se siente envuelto o repelido por el estilo, encuentra el libro atractivo o desagradable.

Lo que el bueno de mí académico y desalmado amigo olvida, es que lectores, bibliófilos y libreros, jurados, críticos y editores, carecemos de esa angelical honradez que si tiene la literatura como arte. Por eso el Comité Nobel, un europeo y caucásico “Club de Toby”, suele premiar mayoritariamente las obras de sus pares. Por eso el listado de mejores libros que anualmente publica el New York Times está lleno de obras originalmente en inglés. Por eso en las librerías latinoamericanas es tan difícil encontrar libros escritos por indígenas y, por eso, la mayoría de nuestras bibliotecas — la mía incluida, como ya confesé — son machistas.

Entonces si: es muy necesario que nuestros hábitos literarios incluyan criterios de raza, nacionalidad, religión y, por supuesto, de género.

23 de floreal,

Inexplicables voces sin cuerpo y vacíos rostros demoníacos acosando, embistiendo y musitando indecibles palabras, son algunos de los primeros y más perturbadores recuerdos que guardo de mi infancia. La experiencia no me acercó a la religión ni me convenció de la vida después de la muerte; lo que sí logró fue alertarme sobre la fragilidad de mi propia cordura, dejándome un imperecedero pánico a perder la cabeza, a volverme loco.

No me refiero a la locura aventurera y romántica de Alonso Quijano, ni mucho menos a la mercurial pero inofensiva insania del sombrerero de Carroll. El miedo del que hablo es hacia la demencia trágica, sombría y lacerante, esa capaz de arrebatarnos los sentidos, la memoria y el alma mientras agujerea nuestra mente con infinitos y brumosos abismos en los que inexorablemente caeremos.

Memorias de abajo. Héroes modernos.

Llevaba décadas sin pensar en ello, hasta que me topé con Memorias de abajo de Leonora Carrington, esa suerte de “lado B” autobiográfico en la que la artista mexicana, a manera de diario, narra su camino hacia la demencia y su esfuerzo por volver al otro lado. Cuesta imaginarlo: una joven rebelde y surrealista en París compartiendo por igual con Ernst, Miró, Dalí y La Résistance, huyendo del nazismo francés solo para encontrarse con el fascismo español, país en el que termina por perder la noción de la realidad y es forzada por su aristocrática familia a internarse en un sádico sanatorio. En el libro ella narra el infierno que experimentó en aquel sitio y en su propia cabeza.

Esta no fue la primera obra sobre la demencia con la que me enfrenté: El doble, El pabellón número 6, Alguien voló sobre el nido del cuco y, por supuesto, El Quijote, vinieron antes que Carrington. Pero solo ella fue capaz de resucitar ese pánico a mi propia locura que tan bien venía reprimiendo a lo largo de mi vida.

Quizás haya sido la narración omnisciente combinada con la primera persona que usa la autora, un recurso con el que — pienso — no pretende alardear de su talento literario sino manifestar, con la mayor precisión posible, aquella etapa de su demencia en la que en un mismo espacio-tiempo fue consciente e inconsciente, racional e irracional, en la que fue ella y fue otra.

Tal vez haya sido la manera aséptica pero descarnada con la que describe al manicomio cantábrico en el que fue internada, permitiéndonos por momentos dudar de la existencia de diferencia alguna entre un sanatorio, una cárcel y un campo de concentración; al fin y al cabo en cada uno de ellos internamos a lo que tememos, siempre convenciendonos a nosotros mismos de que estamos haciéndole un bien a la sociedad.

O depronto el impacto se debió a que todo lo allí contado ocurrió de verdad, a que Leonora solo pudo salir de ese infierno escapando ya no solo del manicomio sino del viejo Continente, y a que después de eso, sin haber sido curada porque en aquel sitio nada podría serlo, fue que desarrolló gran parte de la obra surrealista, jeroglífica y espléndida que conocemos de ella. ¿Pudo haber esculpido La barca de las garzas o Cocodrilo sin haber ido y vuelto de la locura? ¿Tendría acaso la inspiración para pintar El mundo mágico de los Mayas o El Laberinto sin haber descendido al abismo de la demencia? ¿Sería capaz de escribir algo tan poderoso y decadente como Memorias de abajo sin haber sido protagonista de lo allí narrado?

Elena Poniatowska ve en esta obra «la memoria del encierro y el odio». Tal vez tenga razón. Para mi, sin embargo, fue una visión de lo que sería mi propia locura: sola, humillante y sin salida. Quizás por eso al terminar las memorias no sentí ese vacío melancólico que dejan los buenos libros, ni tampoco palpé aquella pegajosa fatiga cerebral que dejan los malos. Más que leer sobre la demencia, lo que Carrington logra es que la veamos, como quien observa el Terrible de Repin o una foto de Nebreda: unas y otras logran que la viva imagen de la locura se tatue en el cerebro. Y allí reside el poder literario de Memorias de abajo.

6 de nivoso,

¿Qué diablos esperaba encontrar? ¿Acaso una suerte de templo a Atenea? ¿Quizás un edificio dórico con esculturas de Terpsícore, Metis, Woolf, Mistral y demás deidades de ayer y de hoy? ¡Pero que idiota fui! No, la librería del Pasaje Rivarola no cumple con ninguno de estos grandilocuentes ideales ni se acerca a la magnificencia del Grand splendid de la Avenida Santa Fe ni a la de Puro verso de la Sarandí, al otro lado del Río de la Plata. Y eso, confieso no sin algo de vergüenza, me decepcionó, por lo menos en el eterno segundo que dura una primera impresión.

Librería de mujeres. Buenos Aires.

Lo que hallé fue un diminuto local, tan recóndito como confinado, apenas identificable gracias al sencillo letrero de letras blancas sobre un sobrio fondo azul que la anuncia: Librería de Mujeres. Esta, la de Buenos Aires, es una de las 62 que existen en el mundo especializadas en libros y publicaciones de escritoras y editoras, y la primera de su tipo que yo, un confeso bibliófilo machista en recuperación, visité.

Al entrar en ella no se pierde el aliento, eso es seguro. No tiene muchas repisas y las pocas que hay no cuentan con la variedad de nombres y ediciones que se esperaría. Incluso es posible que muchas de las librerías ‘tradicionales’ tengan en sus anaqueles y bodegas más autoras que la misma Librería de Mujeres. Pero la relevancia de este espacio no depende de la cantidad de títulos. Tan solo tuve que darle una ojeada a su colección para darme cuenta de ello: Belén López Peiró, Tununa Mercado, Silvina Ocampo, Gabriela Saidón, Elena Favilli, Alfonsina Storni, María José Mendieta, Alejandra Pizarnik, Mariana Docampo, Clara Obligado… ¡Una cornucopia de autoras, una detrás de la otra, como jamás antes había visto! Por primera vez en mi aún corta experiencia deconstruyendo el machismo literario con el que cargo, no tuve que obligarme a buscar a las escritoras entre un océano de hombres ni tuve que forzar a mi cerebro a dejar de ignorar aquellos libros firmados por “ellas”. ¡Fui, finalmente, un lector liberado!

Salí de allí con tres libros bajo el brazo: el de una escritora que ya había disfrutado en el pasado, el de una que conocía de oídas pero que jamás había leído, y el de una que me resultaba una completa extraña. Me sentí orgullo de la trinidad elegida y de la diversidad que esta le otorgaría a mi biblioteca, cada vez menos homogénea, cada vez más impredecible, cada vez menos machista. Ese es el encanto de las librerías especializadas de mujeres como esta: no solo le dan a las escritoras y editoras un espacio en el que no serán invisibilizadas, sino que permiten que todo tipo de bibliófilos — y bibliófilas, por supuesto — salgan de sus lugares de confort, expandan su repertorio, experimenten con sus propios gustos y se reinventen desde la pluralidad.

Soy consciente de que nada bueno nunca salió de intentar perpetuar la falsa utopía de “iguales pero separados”. Por eso mismo, en un mundo ideal, la Librería de Mujeres está condenada a desaparecer. Pero mientras eso ocurre, mientras las librerías y los lectores dejamos completamente de lado el machismo, es bueno saber que en el 142 del Pasaje Rivarola y en 61 calles más alrededor del mundo, estos pequeños oasis literarios aguardan por nuestra visita, ávidos por cambiarnos la vida.

1 de pluvioso,

Tenía ocho años la primera vez que quise convertirme en otra persona. La culpa fue de los adultos y de su tendencia a responder a mis múltiples preguntas con un holgazán: “lo entenderás cuando seas grande”. Ser viejo para así saberlo todo, fue el primero de muchos deseos metamórficos a lo largo de mi vida.

Las otras vidas. Páginas de espuma.

Supongo que esto no me hace particularmente especial. Al fin y al cabo, ¿quién no ha querido tener otra vida? Hay muchas formas de lograrlo: una de ellas es imaginar lo que ocurriría si se tuviera un casual pero apasionado encuentro sexual con ese atractivo extraño que día a día ves en el bus. También se puede hacer buscando los lugares más remotos del mundo para “esconderse de la familia y del destino”. O instalándose en un país en el que no se ha nacido y en donde “uno debe comportarse, eternamente, como si estuviera de visita en la casa de unas tías severas”. O abandonando en una terraza a la mujer amada y con ella a la vida perfecta que se ha construido porque a veces “junto con el entusiasmo de la victoria llega una angustia que lo supera”. O pidiéndole a Dios ser un caracol hermafrodita para que el placer no dependa de otros. O recordando que en otra vida se fue una avestruz. O coqueteando con la idea de un nuevo y prohibido amor solo para después alegrarse “por haber resistido con entereza los embates del deseo sin haber hecho nada irreparable”. O escondiendo para siempre una traición imperdonable “para que todo quede como estaba”. O reencontrándose con los amigos de antaño aun sabiendo “que todo aquello no existe y que ni siquiera nosotros podremos ser ya nunca los mismos”. O convirtiéndose en un exiliado que no tarda en notar que “cuando uno llega a un país en el que no tiene a nadie, la vida puede cambiar según se doble una esquina”.

Todas estas formas de mutación, de desarraigo y del eterno preguntarse “qué hubiese sido si…?”, están presentes en Las otras vidas, una colección de cuentos tan fantásticos como autobiográficos de Clara Obligado, autora que ya no es del todo Argentina pero que tampoco alcanza a ser completamente española. Eso lo supe algunos años atrás en la Feria del Libro de Madrid, cuando, comprando una de sus obras, la conocí:

— ¿Sabes de la autora? — preguntó una mujer de pelo negro y rostro jovial dentro de la pequeña caseta que hacía las veces de estand.
— No — respondí sin un ápice de deshonestidad — . Es la primera vez que escucho hablar de ella.
— ¿Entonces por qué lo compraste? ¿Qué fue lo que te llamó la atención del libro?
— La sinopsis — dije mirando a los ojos de mi interlocutora, ignorando hasta ese momento que se trataba de la propia escritora — . Como extranjero que soy, es difícil resistirse a un libro sobre el conflicto de vivir en una tierra tan querida como extraña.
— Te comprendo — replicó la curiosa mujer develando involuntariamente su identidad — . Desde hace tres décadas, cuando un avión de Iberia me llevó de Buenos Aires a Madrid, me ha sido imposible resistirme a escribir sobre ello.

Leí su libro en el vuelo de regreso a mi país. Me conmovió. Pero el riesgo de que el gusto fuese tan solo un involuntario reflejo motivado por la nostalgia propia del retorno, me persuadió a no volverme a acercar a Obligado, escritora que ha hecho de las paradojas del irse y del volver su sello característico, su firma. Eso fue hasta que entré a la Librería de Mujeres de Buenos Aires y vi, en la esquina de una de sus repisas, Las otras vidas. Rápidamente me hice al último ejemplar que les quedaba,una continuación — pero nunca una repetición — del primer libro que leí de ella. Aunque esta vez lo devoré sin el filtro melancólico del nomadismo, descubrí entre sus hojas la misma inteligencia narrativa de la primera vez, esa capacidad de hablarle a todos mis Egos y a todos mis Yo, incluso a aquellos que todavía no han vuelto ni se han ido, a esos que son de todo el mundo o quizás de ninguna parte.

Tenía 33 años la última vez que quise ser otro. El egocentrismo aburguesado y conforme se había apoderado de mi alma, y no encontré mejor manera para escapar de ello que cambiando de sueños, de continente, de paisaje y de alfabeto. Para entonces no había leído a Clara Obligado ni era consciente, como lo soy ahora, de que:

“la extranjería es un ropaje pesado y húmedo que se adhiere a la piel, una sensación que solo entiende quien la padece”.

Felipe Madrigal

Written by

Soy autor de varios libros y crónicas publicadas, algunos cuentos no impresos y numerosas novelas no escritas, que no es poca cosa.

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