Levántame

Mi padre se moría. No había muchas más vueltas que darle. Era una frase atronadora, inapelable, definitiva. El médico se colocó las gafas con aire hirsuto porque tenía algo importante que decirme: tu padre se muere.

El pronóstico era difícil de precisar, pero el empeoramiento sería rápido con algún día de relativa mejoría. Mi padre se moría. Acudí a la cafetería del hospital y traté de decidirme entre un bocadillo o medio menú con ensalada y café. Mi padre se moría. Más tarde, afuera, mientras reunía fuerzas para subir a la habitación, tuve la impresión de que aún hacía demasiado frío para mediados de mayo. Mi padre se moría. De camino a los gigantescos ascensores me encontré con el padre de un amigo y le expliqué la situación con bastante detalle. Percibí la compasión en sus ojos y agradecí sus palabras de ánimo. Antes de marcharse me explicó que su hijo estaba a punto de viajar a Reykjavík para trabajar en una agencia de publicidad muy reconocida, aunque al parecer siempre le costaba pronunciar el nombre. Se avergonzó un poco. Le estreché las manos. Me pareció comprensible.

Lo cierto es que, en aquellos momentos, cualquier cosa me parecía comprensible. Quiero decir, desde que mi hermana me transmitió la noticia, me vestí y cogí el primer taxi hacia el hospital. Años atrás, siempre había imaginado el momento como una poderosa explosión de pena y desconcierto. Romper a llorar. Pedir que te lo repitan. Venirse abajo. Pero en lugar de todo eso, lo que yo sentí fue una extraña sensación de serenidad. Esta sensación no estaba relacionada — o eso creo ahora — con ningún aspecto concreto de mi relación con mi padre o de las circunstancias en las que el pobre viejo atravesó sus últimos días. Fue, simplemente, como si se abriera un necesario silencio en mi alma. Un círculo vital se cerraba ante mis ojos. Una hostia narrativa en toda regla.

Mi padre se moría.

Y mi papel en esta historia era verle morir.

Me asomé a la habitación y pude contemplar sus piernas desnudas sobre la cama. Me refugié de nuevo en el pasillo y esperé. Al cabo del rato salió mi hermana con ojeras y el abrigo sobre los hombros.

— Hola — dijo.

— Hermana — dije.

Nos dimos un abrazo. Por un momento pensé que iba a echarse a llorar, pero no lo hizo. Nos miramos nuevamente. A veces es difícil comprender cuándo y por qué motivos mi hermana siente la necesidad de llorar.

— Te espera una noche muy movida — dijo finalmente — . Tiene la cabeza fatal. Están tratando de dar con la dosis exacta de medicamentos. Ha vuelto el médico. Dice que no hay vuelta atrás.

Eché otro vistazo desde el pasillo.

— ¿Pero cuánto tiempo puede estar así?

— Eso no se puede saber — añadió mientras buscaba en su bolso — . Joder, ya no sé ni dónde tengo la cabeza. ¿Has cenado? ¿Tienes dinero?

— Sí — contesté — . Ya comeré algo más después — Le tomé del brazo. — ¿Qué quieres decir con qué no se puede saber?

— Pues eso mismo. Ahora los médicos sólo le están controlando el oxígeno y el dolor. No se trata de algo inminente, pero creen que no va a demorarse mucho.

— ¿Y mamá? — pronuncié vagamente.

— Mamá está en casa — dijo.

— Ya sé que está en casa. ¿Pero qué piensa de todo esto? — la pregunta era completamente absurda, pero tenía que hacérsela.

— Mamá está triste — sentenció mi hermana — . Igual que tú y yo. Todos estamos haciendo lo que podemos.

Asentí. Era la primera vez que contemplaba a mi familia tan comprometida en sus esfuerzos. Siempre habíamos estado bastante unidos, pero el repentino ocaso de mi padre, el imparable declinar que arrastró de él y lo condujo a la muerte en poco más de dos semanas convirtió rápidamente a mi familia en una entrañable y perfecta máquina de cuidados.

Mi hermana y yo nos turnábamos para acompañarlo en sus noches de hospital. Durante el día también andábamos por allí, algunas veces acompañados de algún familiar o allegado inesperado. Sin ánimo de hacer una lista exhaustiva, pasaron por allí el tío Alejandro, un gigantón de porte incólume que, no obstante, decidió quedarse en un rincón, cruzar sus enormes dedos sobre el regazo y llorar a moco tendido. La verdad es que el tío Alejandro sabía partirle el corazón a uno con ese tipo de contrastes. También me encontré varias veces con mi tía Carmencita, personaje legendario en mi familia — que está hecha, sobre todo, de mujeres — al ser la primera de ellas que consiguió comprarse un apartamento en Benidorm. Y su marido, un ricachón nonagenario y cubierto de naftalina que siempre parecía recién traído al presente por una máquina del tiempo victoriana. También las primas de Sigüenza, llorosas, afectadas y prácticamente desconocidas por mí. En otra ocasión, se presentó un tipo mayor y permaneció en silencio junto a mi padre. Nadie tenía ni idea de quién era, pero por algún motivo tampoco nadie se atrevió a preguntarle. Al rato, hizo un gesto respetuoso con la cabeza y se marchó de allí.

Aunque la mayor parte de las veces la única compañía de mi padre éramos mi hermana y yo. Mi madre — pobre — vivió todo el proceso atrapada en casa, confinada en su silla de ruedas, clamando para que dejaran a su marido volver con ella. Lo cierto es que nosotros sabíamos que jamás saldría del hospital. Todo era tan jodidamente triste. Uno se pasa media vida tratando de imaginar cómo será la muerte de su padre. Pues bien: al final es más o menos como te lo imaginas, sólo que muchísimo más triste. Como si se hubiera evaporado toda la jodida alegría del mundo. Como si un dios solitario y amargadísimo hubiera decidido arrojar de golpe toda su desdicha sobre ti. Como si todas tus novias presentes y futuras te dejaran a la vez. Como un caracol vacío. Como una excursión de sordociegos ante las cataratas del Niágara.

Como si estas metáforas no significaran nada. Como si ya no quedara metáfora alguna que buscar.

La muerte es, simplemente, algo sórdido y terrible. No hay poesía en la muerte. Ni redención. Ni entendimiento. Tampoco dignidad alguna.

No hay una puta mierda en la muerte, salvo la propia muerte.

Ojalá no nos pasé nunca.

Sin embargo, aquella noche, yo tan sólo pensaba en cómo podría cuidar de mi padre. Darle agua, comprobar el nivel de oxígeno, no perder de vista a la enfermera de guardia. Los aspectos prácticos del asunto estaban meridianamente claros a causa de las repetidas explicaciones de mi hermana. Pero había algo más que aún no sé describir con precisión: un interrogante difuso pero insistente acerca de mi papel en los acontecimientos. ¿Qué esperaba mi padre de mí? ¿Cómo llenar de amor y sentido aquella noche? Porque es que bien podía ser la última. ¿Qué hacer? ¿Qué decir?

— Dile que le quieres — concluyó mi hermana en el pasillo, un segundo antes de marcharse.

— Sí, eso haré — asentí.

Y nos dimos otro abrazo. Entonces fui yo quien tuvo ganas de llorar. Me vino a la mente el tío Alejandro, tan frágil sobre su montaña de carne y huesos.

— ¿Quieres que te acompañe adentro? — preguntó mi hermana.

— No, no hace falta — dije — . Entraré yo solo.

— Está bien — dijo, alargando el brazo — . Pero coge esto y come algo. A mí no me engañas: ni tienes dinero ni has cenado.


Dejad que os describa el modo en que encontré a mi padre cuando, finalmente, reuní el valor para poner un pie en la habitación.

Se encontraba tumbado boca arriba en la cama, con las piernas abiertas y el tórax hundido hacia la parte anterior. Sus manos, bastante diestras en otro tiempo, pugnaban inútilmente por encontrar el embozo de la sábana, que se había desplazado con su cuerpo y apenas le cubría las rodillas desnudas. El rostro se le había afilado hasta el punto en que costaba reconocer algunos de sus rasgos. La respiración era lenta y pesarosa, acompañada por el sonido de una máquina que le dispensaba oxígeno a través de un tubo conectado a las fosas nasales. Todo su ser se había reducido: sus piernas, sus brazos, sus manos, su boca. Acababa de cumplir ochenta y ocho años. A través de los cristales de sus sempiternas gafas de montura metálica, dos ojillos me escrutaban con la dolorosa expresión de un niño asustado.

— Papá — dije — , te quiero.

Aún no me había quitado la mochila y el abrigo. Seguí un buen rato de pie, en mitad de la habitación, observando a mi pobre padre y tratando de encajar emocionalmente aquel desastre.

— Y yo a ti — murmuró.

Sonreí y comencé a caminar despacio, de un modo casi solemne, sintiendo el sonido de cada uno de mis pasitos en aquella habitación blanca y aciaga. Junto a la ventana había una miríada de pequeños objetos: cajitas de gasas, otros dos pares de gafas, un bote de papilla en polvo, un chisme electrónico para medir el pulso, pañuelitos de papel arrugados, varios mandos a distancia, unas zapatillas de felpa y un vaso de agua con una pajita amarilla. Todo cuanto había en aquel lugar — la cama, las cortinas, la botella de suero, la pajita, el armarito con una sola percha — parecía expresar, en su profundo silencio, un reconocimiento respetuoso y discreto hacia lo que allí sucedía. Sobre el cabecero metálico, una suave luz iluminaba el rostro de mi padre. Busqué de nuevo sus ojos, pero ahora su mirada se hallaba perdida en algún lugar del techo.

Me coloqué ante él y le di unos golpecitos en la mano:

— He venido a dormir contigo, papá.

— ¿Tú quién eres? — preguntó.

— Soy yo — dije — , tu hijo pequeño.

Volvió la vista hacia mí y me observó largamente. Nunca llegué a acostumbrarme del todo, durante aquellos días, al hecho de que mi padre hubiera perdido por completo la razón y cada interacción que llevaba a cabo conmigo pareciera precedida de un desvanecimiento total de sus pensamientos. De algún modo, la enfermedad había mermado sus facultades mentales hasta confinarlo en un interminable y efímero presente.

— Mírame — dije — , ¿te acuerdas de mí?

Sus ojillos se estrecharon de nuevo y en su boca se dibujó una leve sonrisa.

— Sí, sí — dijo.

Entonces comenzó a alargar lentamente la mano y hasta agarrarme del brazo. Hizo un gesto con la cabeza que le era muy propio y cuyo objeto era invitarme a que me acercara más a él. Le di un beso en la frente, pero sus dedos llamaron de nuevo mi atención tirándome de la camisa.

Me miró fijamente:

— ¿Cuándo nos vamos de aquí? — preguntó con sorprendente claridad.

No era la primera vez que lo hacía. Al poco de su ingreso, en cuanto recuperó un pelín de energía en aquel box de urgencias, ya comenzó a preguntar insistentemente cuándo nos marcharíamos. Aunque había dos problemas. El primero era que mi padre, sencillamente, no podía ir a ninguna parte. Cualquier intento de ponerlo en pie era vano porque sus piernas cedían bajo su peso como si fuese un muñeco de trapo porque mi padre se moría. El segundo, de índole más misteriosa, era que ninguno de los que le escuchábamos tenía demasiado claro a dónde pretendía ir mi padre. En ocasiones se refería a su casa, un pequeño pisito en el corazón del Madrid más proletario. En otras, hacía alusión al lugar en el que se crió: una pequeña localidad de la Sierra de Guadarrama en la que se refugió junto a su familia durante la Guerra Civil. Pero la caótica mezcolanza de personas, fechas y lugares que se había instalado en su cerebro nos llevaba a pensar, quizá, que también podía referirse a cualquier otro lugar del que mi padre — siempre celoso de sus recuerdos — nunca nos había hablado.

Le tomé las manos, endurecidas y salpicadas de pequeñas heridas; y traté de explicarle la situación con tranquilidad:

— Papá, no podemos irnos de aquí. Estás en el hospital y aún debes recuperarte. Mañana vendrá el médico y nos dirá cuándo nos podemos ir.

— Pero bueno — mi padre me apartó con un gesto de enfado — , ¿es que vamos a dormir aquí?

— Sí, claro — dije — , ya verás qué bien, tú y yo.

Pero entonces mi padre agitó con fuerza de las barras de seguridad que rodeaban la cama, como tratando de escapar de lo que, en su delirio — o eso siempre sospeché yo — se le antojaban los barrotes de una cárcel.

— ¡Mamá! ¡Mamá! — comenzó a gritar con todas sus fuerzas.

Se me encogió el corazón. Instantáneamente me vino a la cabeza esa escena de Salvar al soldado Ryan en la que un marine americano llamaba medio pirado a su madre mientras trataba de sujetar sus propios intestinos. Digamos que, a veces, la vida viene de tal manera que uno empieza a comprenderlo todo de golpe. Más tarde se te olvidará, pero ahí queda ese momento de revelación, autocrecimiento y cagarte en los pantalones. Pensé de inmediato en llamar a mi hermana, pero me había prometido a mí mismo no hacerlo. Me acerqué de nuevo a mi padre y le estreché los hombros:

— Papá — le dije — , tu madre está muerta.

Se produjo un gran silencio.

— ¿Mi madre? — me miró confuso.

— Sí, padre — le acaricié la frente — : la abuela murió hace años.

Mi padre entornó los ojos como si al fin cayera en la cuenta de su error y asintió para tranquilizarme. Llevaba ya unos días llamando a ciertas personas: su madre, su padre, su hermano Gabriel, un tío suyo llamado Casimiro y a alguien o algo llamado Michiflú que, ante la imposibilidad de recabar información, mi familia ha convenido recientemente en que debe de tratarse de un gato. Todos tenían algo en común: estaban muertos.

Sin embargo, en la penumbra de aquella habitación, las evocaciones de mi padre tomaban una cualidad tenebrosa y mágica, como si en sus ojos, frente a frente con el final, pudieras imaginar la existencia de un mundo secreto, un lugar en el que las conversaciones familiares de sobremesa perduran, se ponen la chaqueta y quedan todas las tardes para tomar chocolate con churros. Uno se sentía parte de aquella congregación doméstica de difuntos que, con cada delirio de mi padre, te recordaba lúgubre pero afectuosamente que algún día tú también estarás unido a ellos por ese lazo insalvable que son la familia y la muerte.

— Papá — dije — : te invito a un café.

Mi padre me miró con perplejidad, pero al poco con complicidad, haciéndome un gesto con el dedo. Son estos fogonazos de vida los que ahuyentan a los espíritus y te devuelven a tu padre.

— Cortado — dijo resuelto.

— Pero prométeme algo — le advertí — : que no vas a gritar más.

Mi padre asintió obediente y yo cogí algo de dinero camino del pasillo. Nunca me atreví a mirar en el interior de ninguna otra habitación, pero en todas se adivinaba el mismo trance. Eran las doce de la noche. Aquél era el último lugar para muchos desgraciados. Se escuchaban ataques de tos ensordecedores y lastimeros, alaridos frente a los que la vida había de huir — ¿qué otro remedio podía quedarle? — despavorida; respiradores artificiales, golpes en las paredes, de tres a cinco congregaciones paralelas de antepasados, un tipo cantando flamenco que, a decir verdad, lo hacía fenomenal, si bien mis conocimientos sobre el género son escasos.

Me situé frente a la máquina y traté de aislarme mentalmente de aquel concierto. Café cortado descafeinado. Mi padre se moría. Azúcar: como si no hubiera mañana. Precio: cero coma sesenta y cinco euros. Eché las monedas y esperé a que el display me indicara que podía disponer del preciado grial. Ya le había dado café en otras ocasiones. Mi hermana me tenía prohibido hacerlo. Pero yo se lo daba de todas maneras. Probablemente ella también lo hacía.

Caminé de nuevo hacia el pasillo pero, de nuevo, los gritos me estremecieron y corrí rápidamente hacia la habitación de mi padre. Antes de entrar, pude percibir las voces de varias enfermeras tratando de calmarlo, pues seguía invocando a su parentela sin consideración alguna por los otros moribundos. Que se fastidien, pensé. Aunque la verdad es que daba unas voces de tres pares de cojones.

Me asomé a la puerta:

— Lleva cuatro días así — dije.

En el interior había tres enfermeras. Una de ellas trataba de serenar a mi padre con palabras amables. Otra le estaba administrando medicación por una vía que le habían practicado en el brazo. La otra observaba con ceño fruncido y apuntaba en un cuaderno.

Se giró hacia mí:

— Dígame — pronunció sin mirarme.

— Eh, no, nada — me atolondré — , que si a lo mejor no podrían darle algo más para dormir.

— Ya le han dado todo lo que tenía pautado — argumentó mecánicamente — . Está a tope.

— Pero no duerme — dije.

La enfermera se encogió de hombros:

— ¿Y qué? Aquí no duerme nadie.

— Pero…

De repente, las otras enfermeras se colocaron, muy solícitas, entre mi interlocutora y yo:

— ¿Lo atamos un poquito? — dijeron.

— No, por Dios — contesté.

— Bien dicho — sentenció una.

— Pero si no se va a enterar — argumentó la otra.

— Pero que el chico quiera cuidar de su padre le honra — concluyó la primera— . Además, es él quien tiene que dar su consentimiento — Levantó un poquito el pie e hizo bailar una de esas sandalias con agujeros color magenta. — Bueno, nosotras nos vamos. Si necesitas algo, le das al timbre.

Desaparecieron instantáneamente al igual que un ninja lanzando una bomba de humo.

— Papá — me aproximé sin más demora — , tranquilo, que ya estoy aquí y traigo el café.

Mi padre seguía con las pupilas perdidas en su alucinante panteón particular.

— Papá, toma — le coloqué el vasito de plástico cuidadosamente entre las manos, que ahora descansaban sobre su regazo — : prueba esto.

Palpó durante unos instantes el recipiente caliente con sus dedos agrietados:

— ¿Esto qué es? — preguntó aturdido.

— El café — repetí con alegría.

Mi padre se lo llevó lentamente a los labios y bebió un pequeño sorbo. Entonces abrió los ojos y se terminó la totalidad del café ardiente de un solo trago. Suspiró con ganas y me alargó el vaso. Lo dejé junto a la ventana y me acerqué aún más, dejando caer los brazos sobre las barras de la cama. Le acaricié la cara y el hombro. De su boca percibí un susurro de agradecimiento. Por algún motivo que no alcanzo a comprender, ésta y otras muchas imágenes permanecen en mi memoria como fotografías en blanco y negro.

— Bueno, papá, ¿y qué me cuentas?

— Que no sé cómo vamos a caber todos aquí — respondió con voz carrasposa.

— ¿Todos? ¿A quiénes te refieres?

— Pues a ti — dijo — . A tu madre. A tu hermana. ¿Dónde está tu hermana? ¿Va a traer el coche? Y mi padre. ¿Cuándo viene mi padre?

— Creo que a tu padre también lo vas a ver pronto — dije.

— ¿Y todos los que faltan? ¿Dónde van a dormir todos los que faltan?

— Papá, yo soy el que va a dormir contigo. Hoy estamos aquí tú y yo. Solos.

Se llevó la mano a la frente ante tamaño desastre organizativo. Cualquiera que fuese el tinglado que estaba perpetrando en su cabeza, estaba mal organizado. Mi padre siempre fue un agonías con estas cosas. Debéis saber que uno no puede dejar de ser quien es ni durante su puto minuto final. Os lo cuento para que no alberguéis ninguna otra vana esperanza.

De pronto, volvió en sí:

— Bueno, pues vamos a dormir. Yo en la cama y tú ahí — señaló la butaca — . Mañana ya veremos.

— Me parece una idea estupenda, papá.

— Buenas noches — dijo.

Me acomodé como pude en una de esas butacas abatibles que parecen ideadas por un tribunal de la Inquisición. Observé de reojo a mi padre que, sorprendentemente, había cerrado los ojos y entrecruzado los dedos, tal y como siempre había acostumbrado a coger el sueño. Comenzó a respirar con algo más de calma y, al poco, se quedó profundamente dormido.

Me levanté de la butaca y lo observé de cerca. Con cuidado, le coloqué de nuevo el dispensador de oxígeno y le cubrí las piernas. Caminé sigilosamente hacia el pasillo y le eché una última ojeada desde la puerta de la habitación.

No había duda: dormía.

Llamé por teléfono a mi hermana:

— No te lo vas a creer — exclamé — : el viejo se ha dormido.

— ¿Seguro? — preguntó ella entre bostezos.

— Como un bebé — dije — . Antes vi cómo una enfermera le pinchaba algo.

— Haloperidol — sentenció mi hermana.

— No lo sé. Supongo — dije.

— Pues aprovecha y cena algo — sugirió mi hermana — . En la planta de arriba hay una máquina con bocadillos y refrescos.

— Sí, eso haré. Estoy nervioso. Creo que ahora no voy a poder dormir.

— ¿Por qué? — preguntó.

— Bueno, ya sabes… No es fácil ver a papá en este estado. Ya sé que es mayor, pero todo esto me ha pillado con el pie cambiado. Supongo que uno nunca está preparado para algo así.

— Pues trata de dormir — insistió mi hermana — . Ve a la máquina, come algo y duerme un poco — hizo una pausa — . Recuerda que tienes una hija que te necesitará mañana por la mañana.

— Y pasado mañana por la mañana — dije con media sonrisa.

— Exacto.

— Hermana.

— Qué.

— Descansa tú también, ¿vale?

— Sí, ya estaba en la cama.

— Buenas noches — dije — . Tan sólo te llamaré si sucede algo.

Colgué el teléfono. Algo: pronombre indefinido, cualquier cosa indeterminada. Algo: una atronadora lluvia de meteoritos precipitándose sobre el hospital y barrios aledaños. Algo: un certero golpe de estado y la consolidación de la dictadura del proletariado. Algo: la milagrosa curación de mi padre por parte de una elfa de orejas puntiagudas y pechos eléctricos que hasta el momento se había hecho pasar por una neumóloga en prácticas. Algo: encontrarle algún puto sentido a esto. Algo: tener algo que decir cuando llegara el momento.

Me asomé de nuevo a la habitación: mi padre estaba roncando. Al otro extremo, en el control de enfermería, una mujer de aspecto extranjero trataba de explicarle no sé qué a otro tipo con una cuña llena de orina entre las manos. Comenzaba a sentirme cansado. Apoyé la espalda contra la pared del pasillo y cerré los ojos durante un instante. Traté de pensar en mi hija y en lo que había dicho mi hermana pero, por algún motivo, aquel lugar me impedía centrar mis pensamientos en cualquier cosa que escapara de la esfera de lo inmediato.

Los calmantes. El pis. La mierda. Los pañales. En cierto modo, aquello me hacía sentir bien. Quiero decir: no es usual que alguien te necesite de un modo tan honesto y básico. Uno se pasa la vida pensando acerca de si tal cosa está bien o mal. Pero mientras estuviera al cuidado de mi padre — concluí — no había lugar para las dudas. Todo era unívoco y esencial. Súbeme la cama. Bájame la cama. Quítame las gafas. Me he cagado. Dame agua.

Entré de nuevo en la habitación y lo destapé un poco. Me pareció que estaba sudando. También se encontraba algo inquieto, aunque seguía durmiendo. Cogí un cigarrillo de la chaqueta y anduve escaleras abajo hasta las puertas del hospital. Allí había otras personas. Pero al igual que yo, carecían de identidad real. Todos teníamos la misma cara. Ni siquiera nos mirábamos. Una suerte de solidaridad amarga nos reconfortaba vagamente y hacía innecesario cualquier acercamiento.

Apagué el cigarrillo y, esta vez, decidí tomar el ascensor. Segunda planta, escalera centro: Unidad de Padres Moribundos y Palabras Nunca Dichas. En el interior olía a pedos acumulados. Lo tomé como otra muestra de hermandad entre los usuarios del turno de noche. Cuando las puertas se abrieron, el panorama seguía siendo parecido, salvo que casi debían de ser las dos de la mañana. Un tío con un mono azul, cara de pocos amigos y transistor en la oreja pasó de largo subido en lo alto de una máquina limpiadora.

Habitación 214. Felizmente, todo era silencio. Entré despacio, tratando de no despertar a mi padre y codiciando, quizá, la posibilidad de dormir un poco. Alguien había apagado la luz, de modo que saqué el teléfono del bolsillo para alumbrarme y no partirme la crisma. De pronto, un vozarrón. Se me pusieron los pelos de punta. Corrí a encender la luz pero, desafortunadamente, tropecé con el bastidor que sujetaba la botella de suero y caí al suelo. Una buena hostia. El teléfono acabó en la otra punta de la habitación. Me levanté a tientas, apoyándome contra la pared. Cuando por fin pude apretar el interruptor, me volví hacia mi padre, que se había incorporado trabajosamente y me mostraba su brazo derecho cubierto de sangre.

— ¡Papá! — grité — . ¿Pero qué te ha pasado?

Recuerdo que fue entonces cuando me lo pidió por primera vez:

— Hijo mío — dijo — : levántame.

— ¿Qué…?

— Por favor, por favor — insistió — , quiero que me levantes.

Y también por primera vez sentí aquello que me es tan difícil explicar y que aún me acompaña. Un desdoblamiento de la realidad. Un desmoronamiento de mi personalidad, de mis certezas, de mis huesos, de mis entretelas, de toda mi experiencia previa en el mundo. Una recomposición de mi papel en esta historia concentrado en la urgencia de un segundo. Porque es sencillo concluir que, cuando un viejo se enfrenta al final, dice cosas extrañas que los vivos no debemos tener en cuenta.

Pero es que, cuando mi padre me pidió que lo levantara — jodido loco — , lo hizo con ese gesto inequívoco de quien, por encima de toda consideración racional, por encima de cualquier prescripción facultativa, por encima de lo posible y lo imposible, sencillamente confía en ti.

Aunque lo primero que dije fue:

— Estás como una cabra.

Debía centrar toda mi atención en la mancha de sangre, que se extendía a lo largo de su brazo y goteaba sobre las sábanas.

— Hijo, por favor, escúchame — dijo mi padre.

Le ignoré por el momento y tomé su brazo: se había arrancado la vía a través de la cual el gotero le suministraba el suero. Sopesé la posibilidad de que hubiera sido mi tropiezo el causante de aquel nuevo desastre. Pero era incapaz de recomponer con claridad la secuencia de los acontecimientos. De nuevo mi mente se encogía y excluía cualquier pensamiento que no tuviera que ver con lo que estaba sucediendo en ese mismo instante:

— Tranquilo, papá — Alargué la mano hacia la ventana y tomé unos cuantos pañuelos de papel para limpiarle la sangre. — Voy a llamar a alguien para que nos ayude.

Sobre mi cabeza había un botón luminoso con una enfermera franco-levantina y lo pulsé:

— ¿Sí? — fue uno de esos síes que preceden, amplificándolo, a un bostezo — . Perdón — carraspeó — , ¿en qué puedo ayudarle?

— Mi padre tiene el brazo lleno de sangre.

— Voy — respondió lacónica.

— Gracias — pero ya no me escuchó.

Mientras esperaba, traté de mantener en alto el brazo de mi padre. Tras limpiar un poco la herida, comprobé con alivio que la cantidad de sangre que había brotado no era tan importante. Tan sólo un puñadito de glóbulos rojos. Por otra parte, me pareció que tenía un tono más oscuro de lo normal. Tampoco podía saber si estaba en lo cierto. Pero a mí me pareció que esos globulitos ya llevaban demasiado tiempo haciendo lo que podían.

Me puse en pie y tiré un poco más del brazo para observar la herida en su conjunto:

— Pero levántame entero — se quejó indignado mi padre — , no sólo el brazo.

— ¿Te quieres callar de una vez? — dije — . Se nos va a caer el pelo cuando llegue la enfermera.

— ¿Me vais a levantar entre los dos?

— Imagino que de momento tratará de arreglar este lío, papá — insití con tono cansado — . Intenta portarte bien o nos regañarán.

— ¡Ya estamos aquí! — exclamó una voz desde el pasillo — . ¿Cómo andan el padre y el hijo?

Todas las luces de la habitación se encendieron de repente y sin miramientos. Ante nosotros aparecieron las mismas enfermeras de antes, acompañadas de un tipo fortachón. Por aquel entonces, ya había cejado en mi empeño de identificar a enfermeros, auxiliares, médicos o celadores. Para mí todos eran más o menos lo mismo.

— Pero bueno, José, ¿qué ha pasado? — dijo el tipo grandote mientras preparaba algodones y alcohol para abrirle una nueva vía en el brazo.

Mi padre se encogió de hombros:

— Yo sólo quería levantarme — dijo.

— ¡Pero eso no puede ser! — terció una de las mujeres — . Además, ahora vamos a lavarte, a darte tu medicación y a dejarte como una rosa.

Mi padre cerró los ojos y afirmó con la cabeza. Se trataba de un gesto que le era muy propio en ciertas circunstancias: una mezcla de resignación y respeto poco entusiasta por la autoridad.

— Por favor — dijo otra de ellas, señalándome el camino hacia la puerta.

— Salgo un momento, papá — dije — . Estas personas tienen que trabajar.

Comenzaba a sentirme realmente agotado. Me dolía la espalda y, de vez en cuando, notaba una punzada en la cabeza. Rebusqué en mi bolsillo y encontré dos tabletas de ibuprofeno. Tomé agua de una pequeña fuente metálica que se accionaba con el pie y trague las dos a la vez. El agua estaba muy fresquita. Después me dejé caer poco a poco y acabé sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared contigua a la habitación de mi padre.

Algunos pacientes parecían dormir a juzgar por el relativo silencio en que se encontraban sus habitaciones. Pensé un rato en todo aquello. Ya sabéis: esa necesidad de que los mortecinos pasen dormidos el mayor tiempo posible durante su viaje final. Es posible que también responda a cierto apuro por parte de los que presencian el fatal proceso y no les queda otra que seguir viviendo. El caso es que aquella enfermera tenía razón: allí no dormía ni Dios. Empezaba a contemplar la muerte como una suerte de ritual con sus propias reglas y significados. Somos los vivos quienes queremos dormir. Los vivos necesitamos satisfacer nuestra necesidad de dormir y tirarnos pedos. Los vivos no podemos entender la muerte. A los vivos sólo nos ha sido dado llorar la pérdida.

Pero yo ni siquiera imaginaba aún la posibilidad de que mi padre dejara de existir. Quería abrazarlo. Me angustiaba la idea de que él estuviera pasando miedo. Quería que no se sintiese solo.

Y también quería decirle al oído (siempre me lo había imaginado así) que había sido el mejor padre del mundo.

— Listo — se abrió de un porrazo la puerta y salieron el tipo grandote y dos de las mujeres, portando grandes bolsas azules que, sin reparar en mí, se perdieron por el largo pasillo.

Me levanté y entré en la habitación. Mi padre seguía inquieto, ausente, entregado a su propio proceso. Pero lo habían cambiado de arriba a abajo y ahora parecía tener mejor aspecto.

Le guiñé un ojo:

— Ya estoy aquí, papá.

Él levantó las cejas y, al poco, se quedó frito.

— ¿Se ha dormido? — pregunté a la única enfermera que quedaba por allí.

— No del todo, pero ahora va a estar más tranquilo — se acercó a mí y torció la boca con un gesto amargo — . El médico de guardia nos ha pedido que le pongamos morfina. Tiene mucha dificultad respiratoria. Además eso le ayudará a descansar.

— ¿Morfina? — exclamé; hice una pausa, miré al suelo y después fijamente a sus ojos — . ¿Cree usted que debería llamar a mi familia? Ya sabe, para que estén aquí. Bueno, mi madre está en silla de ruedas — comenzaba a aturullarme — , pero quizá los demás…

— No — dijo tajante — . Ese momento no ha llegado.

Miré de reojo a mi padre. Luego a ella:

— ¿Cómo puede saberlo? — le pregunté.

La verdad es que aquella mujer debía de rondar los treinta años de servicio. Percibí un matiz de condescendencia en su sonrisa. Como cuando le preguntas a un veterano labriego de piel curtida si están ricas las paraguayas de su huerto. Como cuando consultas a un librero de ojos chiquitos, pipa humeante y gato si tiene entre sus estanterías algo de Borges. Ella también era una profesional. Una profesional de la vida, la muerte, las agujas hipodérmicas y los hijos acojonados.

— Ven aquí — ordenó.

Se colocó junto a mi padre y lo observó con gesto amable. Tiró de la sábana suavemente hasta descubrirle el muslo y comenzó a presionar ligeramente con el dedo sobre la piel. Después apartó el dedo y aguardó unos segundos:

— ¿Ves? — concluyó — . La piel retoma su color. La sangre circula. Tu padre está muy malito. Pero aún está vivo.

Lo volvió a arropar con ternura.

— Gracias — dije.

La acompañé hasta el pasillo y, antes de marcharse, se volvió hacia mí:

— Entiendo que esto te resulte duro. Pero debes permanecer junto a él. Tu padre te necesita.

Asentí algo avergonzado, desviando la mirada.

— ¿Qué sucede? — se encogió de hombros.

— Si al menos pudiera hablar con él… Tener una conversación normal, ¿entiende? Pero es imposible. Antes solíamos… — Me quedé sin respiración — . Perdóneme — acerté a decir.

Percibí la humedad en mis ojos y, lentamente, el caprichoso camino que eligió una lágrima que recorrió mi cara y acabó en la punta de mi nariz. La enfermera me dio un pañuelo y me soné los mocos.

— Lo siento — dije de nuevo.

Ella me acompañó con un ligero golpecito en el hombro y algo parecido a una sonrisa, se guardó un bolígrafo en la bata y emprendió de nuevo su lento caminar por el pasillo. También parecía cansada. Sus piernas estaban hinchadas e impulsaba cada uno de sus pasitos inclinando ligeramente el cuerpo. En aquel lugar era imposible ignorar la dimensión corpórea, palpable y perecedera de la vida. La realidad, hecha sangre, corazón, tripas y material pegajoso se agitaba en cada rincón de aquel enorme santuario de ascensores y paredes blancas.

Entré en la habitación y me senté de nuevo en la butaca. No lo recordaba, pero la enfermera había colocado una mascarilla transparente que expulsaba aerosoles a toda presión sobre la cara de mi padre. Durante toda la estancia en el hospital, mi padre había odiado esas mascarillas. Pero ahora no trataba de resistirse. Apenas movía un músculo y permanecía en una suerte de trance, dormitando, con el rostro erguido, arropado hasta la barbilla.

A aquellas alturas de la noche, mis pensamientos también parecían haber tomado una cualidad carnosa y pesada, en contraste con aquella habitación poblada de espíritus, de las fantasmales presencias que a buen seguro habitaban el sueño turbado de mi padre.

A veces, incluso parecía feliz.

Me levanté y pasé una gasa humedecida por sus labios. Volví a dejarme caer en la butaca y cerré los ojos, tratando de imaginar ese lugar mágico en que se encontraba mi padre.

No es sólo la muerte de alguien.

Es lo diminuto que se vuelve, de pronto, el mundo de los vivos.


Cuando desperté, lo primero que encontré fueron sus ojos. Él ya estaba despierto, ladeado y asido a los barrotes del lado izquierdo de la cama. Como un tigre del zoo. Me observaba con gesto de impaciencia, pero no parecía demasiado agitado.

No tenía la menor idea de cuánto tiempo habíamos permanecido dormidos. Me levanté como pude de aquella butaca rompeculos del infierno. Todavía era de noche. Podrían haber sido dos horas, podrían haber sido dos minutos. En realidad no importaba demasiado. Me acerqué a él y le di un beso en la frente:

— Has dormido un poco, papá. Eso está muy bien. ¿Cómo te encuentras?

Lentamente, retiré sus manos de los barrotes. Mi padre no me quitaba ojo. Le di la vuelta a la almohada y lo acomodé lo mejor que pude.

— ¿Quieres un poco de agua?

Mi padre negó con la cabeza. Entonces levantó la mano y señaló la rejilla de aire acondicionado que se encontraba sobre la cama.

— Por ahí — dijo.

— ¿Cómo?

Dejó caer pesadamente el brazo y exhaló un resoplido. El más mínimo movimiento constituía, en su estado, un acto épico y conmovedor.

— ¿Qué quieres decir, papá? — insistí.

Me guiñó un ojo:

— Tú y yo nos vamos a ir ahora mismo por ahí. La salida — dijo, señalando de nuevo con el dedo — . La salida está ahí.

— Pero tú qué has creído, ¿que esto es Alcatraz?

— Hazme caso — aseguró — . Nos están esperando. Vamos a llegar tarde.

Suspiré:

— ¿De qué hablas ahora?

— Del entierro — dijo.

— ¿Y quién se supone que ha muerto? — le pregunté benevolente.

— Tú — concluyó muy serio.

— Dios mío — me estremecí.

Mi padre se encogió de hombros y, al poco, comenzó a reírse. Después torció el gesto y me observó con cara infinito desamparo.

— Pobres de nosotros — dijo — . Pobrecitos todos.

— Pero, papá — dije — . Yo estoy vivo — Le tomé las manos. — . Mira, tócame. Estamos vivos. Los dos.

— ¿Y Michiflú? — preguntó alarmado.

Mierda: aquella fue mi única oportunidad:

— Papá, ¿quién era Michiflú?

No me contestó. En lugar de eso, siguió cavilando sobre la historia del aire acondicionado. Trataba de incorporarse torpemente. Pero apenas conseguía moverse. La sustancia de la que quiera que esté hecha la vida abandonaba inexorablemente aquella habitación en sepia y gris. En algún lugar del infinito universo, al cabo de eones, nacería una flor amarilla.

O un oso hormiguero.

Mi padre se moría.

Señaló de nuevo hacia el techo:

— Vamos, hijo mío — dijo — . Tienes que hacerlo por mí. Sólo te pido eso. Vayámonos de aquí.

— Pero, papá — dije acariciándole suavemente el pecho — , lo que pides es sencillamente imposible.

Pero entonces mi padre puso esa cara. Creo que no es necesario que os la describa. Porque todos habéis tenido un padre. Y probablemente casi todos les habréis visto poner esa cara. Es un visaje sutilísimo, consabido, hogareño. Y suele significar: ¿quieres hacer el favor de hacer caso a tu padre de una puta vez? Porque es que da igual que tu viejo esté pidiendo pista entre alaridos en una cama de la Seguridad Social. Da igual que se mee en el camisón, que llame maricones a los médicos o que esté absolutamente seguro de que al otro lado de la pared hay un mortero de la Guerra Civil. Mientras su corazón siga latiendo, el contenido es lo de menos: tu padre — te jodes — sigue siendo tu padre.

— Una pregunta — musitó tan bajito que tuve que acercarme hasta sentir su aliento — , ¿tú no tienes una grúa?

— No, papá — susurré a un milímetro de su nariz — , obviamente no he traído ninguna grúa.

— ¿Entonces qué hacemos?

— No lo sé — concluí — . ¿Tú tienes alguna idea?

Entonces mi padre se quedó pensativo durante unos instantes. Escrutó la habitación y se detuvo — como ya había hecho en alguna otra ocasión — en el largo tubo transparente que serpenteaba por toda la cama y terminaba en una aguja clavada en su brazo. Con frecuencia, seguía su rastro como si tratara de resolver uno de esos pasatiempos infantiles en los que el ratón debe encontrar la salida de un laberinto. Pero en sus peores momentos en aquel lugar, hizo todo cuanto se le ocurrió para arrancarse esa puta mierda del brazo. Y lo consiguió unas cuantas veces. No le culpaba. Yo también lo hubiera hecho.

— Papá — le advertí — , no fastidies con el tubo.

Me costó un buen rato, pero recuperé su atención. Me hizo un gesto con las manos. Se las tomé. Estaban temblando. Nunca olvidaré el tacto de esa piel. Durante muchos años, les hice fotos. Se perdieron todas menos una que colgué con un imán en la nevera. Al poco tiempo se estropeó y compré otra nevera. Mi padre se moría. Entonces él hizo un ademán con el mentón, moviéndolo hacia los lados. Sentí sus brazos tratando de alcanzar mi cuello. Se los coloqué a modo de abrazo. Nos miramos a los ojos.

— Eres el mejor padre del mundo — dije.

— Pues levántame — contestó.

— No puedo hacerlo. Ojalá pudiera.

— Sí puedes — dijo.

— No, papá, no puedo — Las lágrimas se me agolpaban en la garganta.— Te lo prometo.

— Bueno, pero al menos podemos intentarlo.

— ¿Intentar el qué? ¿Qué puedo hacer?

— Sacarme por ese agujero.

— Eres un jodido viejo loco.

— Y tú un mierda.

— Maldita sea — gruñí — . ¡Agárrate bien!

Entonces tiré de él y de todo su ser tan fuerte como pude. Sus manos se agarraban a mi nuca con una entereza sorprendente, inesperada, prodigiosa. La verdad es que no me lo podía creer. Y quizá por eso seguía tirando y tirando de él, estrechándolo entre mis brazos. Mi padre cerraba los ojos. Parecía una virgen de Murillo. No sé si a causa del esfuerzo o porque realmente sentía que su cuerpo se elevaba y abandonaba por fin aquel hospital.

Al menos una de las dos cosas era cierta: lo estaba levantando. No pensaba ir más allá de sentarlo en la cama. Era todo lo que podía hacer. Mi padre se moría. Pero por lo menos podría ver las cosas desde otro punto de vista. Llegado el momento uno también valora estas cuestiones. Cada átomo de su cuerpo se dejaba hacer, consagrado a la tarea de despegarse de aquellas sábanas, aun a costa de mis riñones. Podía sentir los dedos de mi padre aferrados a mi piel.

— Un poco más. Vamos, papá.

Y tras unos cuantos resoplidos, ambos conseguimos que mi padre disfrutara nuevamente de la verticalidad.

Su cara se contrajo de dolor:

— Todavía — se quejó — , no ando yo fino.

— Ya te lo dije, papá. Será mejor que te vuelva a tumbar.

— No, déjame así un rato.

— Pero si te suelto te caes.

Aún seguíamos abrazados. Mi padre asintió con cara de claudicación. Torció la boca a causa de alguna molestia. Apretó los párpados. Bamboleó la cabeza en dirección a la almohada. Le dejé caer lentamente, intentando ponerlo en una buena postura. Las sábanas crujieron bajo el peso de sus miembros. Parece que el viejo agradecía volver a la horizontalidad. Nuestros brazos seguían entrelazados. Volvíamos al punto de inicio. Nos quedamos un rato el uno frente al otro, resoplando. Escuché pasos en el pasillo, pero ese tipo de cosas comenzaban a tornarse intrascendentes. Allí sólo estábamos mi padre y yo. Tan sólo éramos dos hombres que no le importaban a nadie. Éramos dos hombres que hacían lo que podían.

— Pero vamos a ver — terció de pronto mi padre — . ¿Cómo es que estamos aquí otra vez?

Agarró un pellizco de la sábana, lo observó, volvió a interrogarme con la mirada y se encogió de hombros.

— Bueno, ya te dije que sería un poco difícil alcanzar el agujero del techo.

— Vamos a intentarlo de nuevo — dijo mi padre.

— No, venga, tenemos que dormir…

— Te he dicho que me levantes otra vez — se enfadó.

— Pero, papá, si ni siquiera te sostienes.

— Por favor — insistió — . Por favor.

— Está bien — le dije — . Espera un momento.

Me asomé al pasillo y miré a ambos lados. La mujer extranjera se había repantigado en un sofá con una revista abierta sobre la cara. Los quejidos de los pacientes habían vuelto, si bien de forma más sosegada. Por lo demás, no había nadie o nada revestido del más mínimo significado en aquel lugar. Supongo que empezaba a aceptar los códigos de la muerte. Cualquiera que fuera mi papel en aquella historia, no le importaba un comino a nadie. Tampoco podría escribir un buen cuento. Todo este rollo carece de nudo, desenlace, misión, expectativa, flores, agua pura. Pero tenía que hacerlo.

Quiero decir: vivir esto y poder contarlo después.

— Ya estoy aquí, papá.

Me miró con cara de jubilado descifrando una página del teletexto.

— ¿Y tú quién eres?

— Soy tu hijo pequeño. Y te voy a sacar de aquí.

Mi padre, cuando me escuchó, extendió sus brazos y llevo las manos hacia mi rostro, acariciándome primero, enjugándome las lágrimas después, porque — para qué decir otra cosa — a esas alturas yo ya debía de llevar muchas horas con los ojos hinchados y cara de tele-filme de Antena 3.

— Oh — se conmovió mi padre y me atrajo hacia sí, dándome palmadas en la espalda.

— Joder, papá — lloraba y lloraba yo.

— Venga, vayámonos — dijo.

— Claro que sí, papá — sorbí los mocos.

Y le coloqué de nuevo las manos alrededor de mi cuello. Yo hundí las mías bajo su espalda. Era tan primario su tacto, tan esencial la urgencia. Lo hicimos mil veces. Nos mirábamos a los ojos, muy cerca uno del otro y yo preguntaba:

— ¿Listo?

Mi padre asentía:

— Listo.

Y yo levantaba como podía a mi padre, que se ofrecía por completo a mis brazos; una confianza ciega, una intimidad radical, suspirando, tosiendo, escupiendo flemas, riéndonos a ratos. Supongo que de nosotros mismos. Aunque todavía no lo sé. Lo que sí sé es que el mero acto de levantar a mi padre constituía, tanto para él como para mí, un empeño pleno, una acción autocontenida y dotada en sí misma de significado porque, sencillamente, eso era lo único que podíamos hacer en aquel momento.

Al término de nuestra tarea, yo lo dejaba sentado en la cama. Él tampoco hacía mucho más de lo que le era dado en aquel momento de su vida. Miraba con curiosidad hacia el pasillo. Aprovechaba para estirar la espalda. Incluso en una ocasión me pregunto si estarían dando fútbol en la televisión.

Pero al poco, el pobre, me pedía que lo volviese a acostar. Un pinchazo, una picor raro en el muslo. Y allá que emprendíamos el camino de vuelta, sin soltarnos el uno del otro, abrazados, viéndonos las caras, oliéndonos el aliento, comprobando que seguíamos estando hechos de lo mismo.

— Joder, papá — me quejé — , vaya nochecita me estás dando.

Pero yo era feliz, feliz de estar allí con él. Y yo creo que él también lo fue de estar allí conmigo.

Y de vez en cuando, tras recuperarse de una de nuestras intentonas, volvía a mirarme con esa cara. Tampoco hace falta que os la describa si habéis tenido un padre. Es inconfundible, reconfortante, llena de energía y plenitud. Es una cara que dice: venga, que nos vamos a por la bicicleta. O bien: ya verás cómo al final apruebas todas. O quizá, más adelante, cuando tienes dieciséis años y llama con mucho cuidado a la puerta de tu habitación y pregunta: ¿no tendrás un cigarrillo?

Y en fin, yo me volvía a poner en posición. Mi padre me abrazaba. Yo lo levantaba. Una y otra vez. Eso era todo. Qué más os puedo contar. En una de éstas, mientras lo sujetaba en lo alto, me atreví a preguntarle:

— Papá: ¿cómo lo ves?

Y él contestó:

— Mal. Lo veo muy mal.

Y yo dije:

— No tengas miedo.

Y él se encogió de hombros:

— No tengo miedo. ¿Qué podría pasar?

Me hizo un gesto para que lo volviera a tumbar, dando punto y final a ese ir y venir nuestro, tan absurdo, tan triste, tan ineludible y hermoso porque era lo único que podíamos hacer el uno por el otro.

Yo le animé:

— Venga, papá, que ya alcanzamos el agujero.

Pero el declinó:

— No, túmbame en la cama.

— Venga, papá — le insistí como un niño — , sólo una vez más.

Pero él volvió a negar con la cabeza.

Lo acomodé y me alejé un poco. Entonces todo comenzó a darme vueltas. Las paredes. El armarito metálico. Los aerosoles. El agua. La cama. Los cristales. Las papillas de cereales. Los tubitos transparentes.

No quería irme de allí. No quería irme jamás de aquella habitación.

Me dejé caer sobre la butaca, confuso y atravesado por muchos y extraños sentimientos.

Apoyé la espalda y los brazos.

Tomé un poco de agua.

Y así me quedé, tal y como me había explicado mi hermana: vigilando la hidratación, echando un ojo a la botella de oxígeno, contemplando sus manos y su piel, su ínfima respiración, el pelo rapado, su abdomen hundido, las sempiternas gafas de montura metálica, los ojos abiertos de par en par.

Mi padre se moría.

Y en aquella habitación me senté a esperar a que muriera mi padre.