cruz arzabal
Jan 23 · 4 min read

De nuevo, el ritmo [3/52]

Por un tuit de la librería La murciélaga en el que preguntaba por los lugares más extraños en los que alguien hubiera leído un libro, recordé que entre 2013 y 2014 practicaba una manera de la lectura en voz alta que pretendía enfocar un entusiasmo vital entonces recobrado.

Años antes, por influencia de algunas dinámicas tuiteras, había recuperado mi gusto por la poesía leída en voz alta. Gracias a una app de mensajes de voz, subí algunas versiones leídas por mí de poemas que me gustaban. Por invitación del entonces editor de Letras Libres, Fernando García Ramírez, hice una colección de videos en los que poetas leían sus poemas de manera particularmente sugerente. Gracias a las clases de mi maestra Susana González Aktories empecé a acercarme a la posibilidad de que eso que antes consideraba una pura forma expresiva de la poesía fuera pensada como una dimensión material, social y crítica de ella.

Amparado, entonces, en ambas circunstancias, un día comencé a caminar por las calles empedradas de Chimalistac. Mientras andaba, leía poemas de Cernuda en voz alta. Eso fue un domingo, cuando no tenía nada que hacer sino ensayar errante por las calles del sur de la ciudad. A trompicones, a veces más, a veces menos, caminaba intentando equiparar el ritmo del poema con el ritmo de mis pasos. No podría considerarlo un baile, claro, pero sí algo semejante a una ejecución de partitura para cuerpo.

¿Qué leí primero? «Luis de Baviera escucha Lohengrin» de Cernuda. Acaso uno de sus poemas más arteramente melodiosos. Pero no de los que tienen una melodía garcilasiana, sensata y contenida, sino uno que suena a furor acompasado, contenido en la forma del verso pero a punto de salir de madre.

Sólo dos tonos rompen la penumbra:

destellar de algún oro y estridencia granate.

Al fondo luce la caverna mágica

donde unas criaturas, ¿de qué naturaleza?, pasan

melodiosas, manando de sus voces música

que como fuente escondida, lenta fluye

o, crespa luego, su caudal agita

estremeciendo el aire fulvo de la cueva

y con iris perlado riela en notas.

Apenas el inicio y ya aparece la cadencia esquiva de su ritmo. Un endecasílabo primero, igual a la frase que contiene. Luego un alejandrino que sostiene la doble enunciación de los dos tonos. Los siguientes versos no pueden sino leerse en la paradoja de la frase festina lente. Apresúrate lentamente. Dale paso pronto a la quietud. Versos encabalgados que parecen tensar una sola y larga frase que indican lo que vive al fondo de la caverna. Sigue el poema con otros versos, pero me interesa por ahora atender todavía esta primera estrofa. Sabemos, quienes hemos leído el poemo o quienes han reconocido la anécdota, que esos seres que Luis de Baviera mira al fondo de la caverna no son sino espejismos de su locura esteticista. Escucha Lohengrin de Wagner mientras se deshace en la música que produce simulacros. Al final del poema, la locura del rey de Baviera se transforma en música, como su cuerpo se convierte en melodía. «La melodía le ayuda a conocerse, / a enamorarse de lo que él mismo es. Y para siempre en la música vive».

Quizá no sea fortuito que ese poema de Cernuda haya sido el primero que inadvertidamente me señaló la potencia del ritmo del poema al caminar. Intenté asir el ritmo con el movimiento de mi cuerpo. No tanto los pies como el vaivén de mi estructura andante. Caminaba leyendo y respirando, caminaba para luego detenerme. Respirar. Seguir leyendo de pie bajo la sombra o junto a los puentes que cruzan por Paseo del Río.

A ese le siguió una veintena más, varios días, sobre todo los domingos, tomaba un par de libros. Bajaba en camión o caminando desde casa hacia Chimalistac. Empezaba en un lugar propicio, generalmente desde Insurgentes con dirección a Quevedo o de regreso, a veces en el Parque Tagle. Cada poema sugería ritmos distintos, más rápidos o más lentos, en vaivén o en vertical. No es, por supuesto, que lo mío fuera una manera específica de leer, sino siempre una tentativa. Si el libro era una partitura de ritmo, primero había que aprender a replicarla. Leer una o dos veces en voz alta, provocar el ritmo en la lectura hasta encontrar un momento sugerente y entonces comenzar a caminar.

Inevitable no pensar en las psicogeografías de los situacionistas. Pero esto era otra cosa. Más parecido a un sismógrafo o una danza demasiado lenta. No sólo registro sino provocación. No sólo provocación sino proyecto. Proyección articulada de mí sobre el poema y de regreso; del poema hacia mi voz y de mi voz al eco de mis músculos. Fuimos en ese entonces el poema, yo y el mundo. Caja de resonancia mutua. Sonar de cercanías.

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