Hojas de la mañana

El correo de Alejandro Morales, con el que me invitó a presentar Hojas de la mañana. Periodismo y literatura, trajo consigo un caleidoscopio: las mañanas que, entusiasmado, salía de casa con rumbo al Rancho El Guerrero, para ayudar con el corte de las cerezas de café, para luego (ya lo sabía) disfrutar de largas conversaciones con Alejandro y con Evelyn; las tardes que en el estudio, revisamos y revisamos las galeras de Brazo de sol; de las muchas noches con amigos y amigos y amigos, al amparo feliz de una cerveza, hablando de todo y nada; de la velada aquella en las costas de Michoacán, en Cuyutlán, en Manzanillo; su silueta, espigada, serena y monástica, en la redacción de Milenio, suspirando porque ¡al fin! quedó lista la edición de mañana; de la llamada telefónica, improvista, de una primavera gélida en la que Alejandro me invitaba a participar en la revolución del periodismo en Colima; de la arrogancia juvenil de nosotros, estudiantes de Letras y Periodismo, que tratábamos de conversar con Evelyn, mientras vituperábamos: “Pedro Valtierra, compré una cámara en un bazar, ahora tiembla”; de los primeros llantos de Iván que interrumpía (válgame) otra vez la lectura de un poeta de Guadalajara; en fin, de un buen rato de conocer cómo del árbol de la vida crecen las hojas de la mañana.
Digo todo eso porque Hojas de la mañana me recuerda a todo eso, y porque Hojas de la mañana (aunque ustedes no lo sepan) también trata de todo eso. En aquél caleidoscopio, casi todos los amigos parecían tener claro que escribían cuento, que escribían poemas. Alejandro hablaba de periodismo y de literatura. Traía consigo una extenuante tesis de licenciatura y la deshojaba en las hojas de la mañana que publicaba en la prensa de Colima.
Después de tratar de armar las figuras del caleidoscopio, leyendo la versión en libro de Hojas de la mañana, me parece que en Alejandro hay una vocación que, en primer lugar, difumina los límites de los géneros discursivos. Sus Hojas de la mañana no sólo lindan entre el periodismo y la literatura, también lo hacen entre la crónica y el ensayo, literarios o periodísticos, casi diría, lo mismo da. Si en principio, el libro es una especie deontología periodística, al final su lectura nos deja lecciones de vida: “Vivir no es lo mismo que pasar la vida”, dice en su texto “Vocación”.
Que en la triada, nuestro autor privilegie la vida y el periodismo, sobre la literatura, sólo sitúa, desde su perspectiva, las cosas en su sitio. Por ello, no sorprenden que dos de sus guías sean intelectuales anómalos de la literatura: Alfonso Reyes y, sobre todo, Karl Krauss. Ellos, como Alejandro, subvierten las fronteras escriturales para hacerlas linderos de la vida.
La escritura es, por fin de cuentas, testimonio del hombre sobre la tierra. “¿Para qué nuevo periodismo?” se pregunta Alejandro como quien se pregunta ¿para qué escribir?, y responde: “Para la memoria. No sólo para registrar la historia – como sería el mero testimonio – , no sólo para el almacenamiento y la comunicación de más datos del presente. Nuevo periodismo para dar, en medio del desértico torbellino del presente, con un oasis que nos espejee una imagen menos distorsionada de lo que verdaderamente somos.”
Quiero volver un poco a la primera persona. He tenido la oportunidad de impartir la materia de literatura y periodismo para un par de generaciones de estudiantes de la Facultad de Letras y Comunicación. Ha sucedido que, al terminar el curso, algunos estudiantes y yo hemos cuestionado la pertinencia de la asignatura, ¿cuál es el sentido de darle un apellido (literario) al periodismo? Dice Alejandro: “El periodismo literaturizado es creativo. No para deformar los hechos, sino para crear un relato que retrate mejor la realidad, de manera que los haga llegar todavía con vida a sus lectores, y logre conmoverlos, hacerlos enojar, maravillar o al menos pensar y no sólo posar y mover los ojos por las letras muertas de un periodismo que ni a los gusanos alimenta”.
Es decir, se trata de un periodismo para vitalizar, diríamos, en términos niteszcheanos: que llenen de voluntad vital los actos de los hombres. A las citas de la literatura decimonónica francesa, de Emile Zola y Gustave Flaubert, de las que rescata la voluntad por atender las acciones de observar la vida cotidiana, exactitud en el detalle y detenimiento en las notas, añadiría el espíritu de Charles Baudelaire que prefería amar por terror, para provocar vida, antes que adormecer con panfletos del sentimentalismo, como llamaba a los edulcorados poemas amorosos que no conmovían ni a sus autores. “Un periodismo que alcance la sensibilidad de sus lectores y con-mueva”, dice Alejandro.
Sin embargo, luego de leer todo esto, incluso después de leer esta prosa deliciosa, yo, como mis alumnos, podríamos volver a cuestionar: ¿para qué un periodismo conmovedor? “Al retratar la realidad – responde Alejandro – , el periodismo literaturizado es objetivo, pero sobre todo es proyectivo. Al humanizar el relato periodístico proyecta – promueve – un mundo más humanizado.” Esta promoción de un mundo humanizado, por difícil que parezca, requiere de una absoluta devoción por los valores de la escritura, desacralizados para el beneficio de la comunidad.
Antes de terminar, quisiera adelantar una posible interpretación al pensamiento de Alejandro Morales. Como se ha dicho de manera reiterada, nuestro autor platea qué es el periodismo. Pero, curiosamente, ante la tentación de recurrir al pensamiento de otros periodistas o de otras tradiciones periodísticas, sus respuestas o son estimuladas por el sentido común o por pensadores, incluso más cercanos a la filosofía que a la propia literatura. Los literatos ayudan a dar forma a las sentencias del libro, antes que aforismos, los renglones que son las venas transparentes de este volumen luminoso, serían líneas doctrinales, en le mejor sentido del término.
En esta propuesta de unir vida y escritura (antes que periodismo, literatura y vida), con una teología humana (antes que filosofía) y una fe (incluso antes que profesión y vocación), en Hojas de la mañana subyace una desacralización de los espacios sagrados de la misma escritura. En efecto, el periodismo es la moneda corriente de la voz del pueblo, pero esa voz del pueblo sólo puede ser representada por valores sagrados (por vitales) como los ya mencionados: la escritura, la vida, la fe y la teología. El periodista, el escritor, el Eclesiastés, tiene la responsabilidad de llevar, por las mañanas, las hojas de la vida.