Viejas ciudades de la modernidad

Sólo en las ciudades es posible teorizar. Una de las diferencias fundamentales entre las grandes ciudades, las ciudades verdaderas, de una villa respetable, es su capacidad de concretar el poder de los sueños de la tribu, las proyecciones de los hombres. Si la vida rústica y bucólica invita a la ensoñación, lo hace porque niega la oposición entre técnica e instinto. La primera pertenece al ámbito citadino; la segunda al campo. La dicotomía de civilización y barbarie, del bárbaro contra el salvaje, sólo existe en apariencia, porque no es posible negar la ambigüedad del espíritu humano, aquello que en libre albedrío actúa por naturaleza.
Pero no hablo del espíritu humano, sino de su proyección. Las grandes ciudades son siempre una proyección, un proyecto inacabado (no el objeto, sino su imagen), aún cuando sumen toda la historia de sus proyecciones. No hay manera de que las ciudades de la modernidad tengan un fin. Sus expresiones, su estética, su política y hasta su salud, se renuevan cotidianamente. La vida de las ciudades y la vida urbana es la prueba de que la modernidad es un proyecto inacabado, porque ambas son inacabables sine quanon.
Los edificios de ciudades como Rusia, Londres, París o Nueva York, ahora son los esqueletos de la modernidad, plena fantasmagoría de lo que pudimos ser. No esa raro que estos mismos escenarios sean propicios para las estéticas del apocalipsis, tan de moda en el cine y en las teleseries, y de alguna manera tienen su precedente en la simbología del zombie: hordas sin vida caminan calles siniestras. La teatralidad de las escenas depende de un plano metafísico, no necesariamente físico sino (acorde a la época) virtual. Entre los viejos edificios parece existir algo que revive con cada amanecer de la ciudad y con cada una de sus noches. Son los sueños de la humanidad, los sueños de la historia, en fin, los sueños de la sociedad moderna ahora apenas entrevista en Wikipedia.
En suma, este marco axiológico desarrollado, ampliado y reproducido, es el que apela a los valores borbónicos. Sólo progreso y orden, sólo libertad, igualdad y fraternidad. Pero las viejas ciudades de la modernidad, estigmatizadas por esas mismas coordenadas del progreso son, pues, los esqueletos de los siglos XVII y XVIII. Es imposible confrontarlas con ciudades como Tokyo o Dubai, concreciones virtuales de sueños abstractos apenas en transición, sobre todo porque económica y políticamente están condenadas por obsoletas, agobiadas por males crónicos, minadas por la falta de inversiones, privadas de las oportunidades de crecimiento, perdiendo terreno constantemente en la competencia con áreas consideradas más ‘modernas’.
Pero no es solo la disposición de la técnica al servicio de los hombres, es la técnica al servicio de la técnica misma. ¿O qué otra cosa anima a un edificio inteligente cuya funcionalidad ya no depende de los hombres, sino de sí mismo? La automatización absoluta de lo automático desplaza los deseos humanos por la eficiencia del objeto. El objeto ya no responde a los deseos, sino a los procedimientos del método: funciona sólo porque debe funcionar. No importa el sentido, ni la transferencia de valores etológicos. Importa su funcionalidad y, más aún, su efectividad técnica.
Sin embargo, las maravillas de las viejas ciudades modernas es que serán siempre la anticipación de las ciudades del porvenir. Fueron diseñadas para que, llegado su momento, congelaran al tiempo, se abstrajeran de la sucesión de los periodos de la historia. En aquellas ciudades se plasma la modernidad y sólo ahí tiene sentido toda una época de ingenuidad humana dedicada, de manera displicente y fatal, al progreso humano a través de la técnica empírica. Museos vivientes, las ciudades de la modernidad contienen una época siempre activa pero anacrónica. Sería imposible pensar que la historia de la modernidad continuará en ellas, pero también es cierto que sólo la modernidad tiene sentido. Lo que está por delante no puede ser siquiera una hipótesis, porque ese lenguaje le pertenece a las ciudades modernas. El horizonte, a lo mucho, es la imagen que contiene una pantalla desconocida.