El más odiado…

No conozco a nadie en la actualidad que haga esfuerzos por convertirse en el rechazado de moda, a veces tengo mis dudas con Trump pero eso ya es otro tema.

Lo que usualmente buscamos es aceptación, afirmación de nuestras capacidades, que nos celebren por los logros alcanzados, etc. Aunque no sea ua cuestión intencional, es así como nos comportamos como seres humanos. Evitamos situaciones incómodas, lugares que puedan desperfilarnos, personas que tal vez nos podrían crear mala fama. Nuestro sentido de superviviencia nos dice: “¡mantente a salvo!”

Es por eso que pretender seguir e imitar a uno que vive de manera totalmente contraria a la norma es un riesgo demasiado grande.

Seguir a Jesús es mucho más que asistir un par de veces a la semana a un lugar que llamamos iglesia y experimentar emociones que nos hagan sentir un poco mejor con las situaciones difíciles que vivimos. Responder al llamado de Cristo es más que acceder a una invitación al altar, por significativa que esta sea, es más que usar el lenguaje adecuado y un pescadito en la parte trasera del auto. Seguir a Jesús es una experiencia de impopularidad constante, porque lo que hace Jesús no le acarrea más fans, al contrario, despierta en las masas el deseo de atentar contra él.

Un par de ejemplos bastarán para explicar de qué estoy hablando.

Está comiendo en la casa de un importante religioso, una mujer, posiblemente prostituta interrumpe la velada con lágrimas, cabello suelto y perfume. La alternativa más obvia es deslindar relación con ella, excusarse y pedir que la saquen del lugar. Pero ¿qué hace? Acepta su ofrenda, le pone por ejemplo delante de todos y reprende al anfitrión de la velada. Cuando esa mujer irrumpió en la cena, era la persona más despreciable del lugar, ¿ahora?… ahora lo es Jesús.

Va rumbo a Jericó y las multitudes salen a recibirlo de la misma forma en que un personaje importante lo es cuando llega al aeropuerto. La gente no sólo está para observarlo y escuchar, lo más importantes de la ciudad a la que está por llegar, siguiendo la costumbre de la época, lo invitan a pasar por sus casas a comer y descansar. Jesús los rechaza a todos. Una vez en el pueblo, un hombre, el más odiado del pueblo, ha tomado la mejor y la peor decisión de su vida. Al no poder ver a Jesús, ha decidido subir a un árbol de mediana altura, apenas lo suficientemente alto como para poder verle por encima del gentío. Al principio ha pasado desapercibido pero no pasará mucho tiempo antes que alguien lo vea y lo reconozca. Luego, bastarán segundos para que la turba actúe de manera irracional y descargue toda la ira acumulada sobre aquel hombre. No es extraño que Jesús al acercarse al lugar le llame por su nombre, ¡todos lo gritan! “Zaqueo, hoy me quedaré en tu casa.” Cuando Jesús habla esas palabras ocurren dos cosas: Zaqueo puede bajar del árbol con la seguridad de que nadie le hará daño, Jesús le ha obligado a cumplir una obligación de hospitalidad y eso ha provisto un camino seguro para que pueda descender. Ah! y lo segundo. Hasta ese momento, Zaqueo es el más odiado y Jesús el más aclamado, ahora el más odiado ya no es Zaqueo…

Tomar el rechazo y la condena de otros para ponerlo sobre sus hombros era la forma de vivir de Jesús. Hoy pareciera que sus seguidores nos parecemos más a los fariseos que ponían pesadas cargas sobre los demás. ¿Qué tal si volvemos a la subversiva forma de vivir del nazareno? ¿qué tal si decidimos ser como Cristo?

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