Sentir miedo a la hoja en blanco.

Tratar de transfigurar lo que se siente en un momento que, a la postre, será efímero, y después codificarlo en letras, símbolos y signos, que tendrán un potencial de representatividad para los seres en tu propia periferia: tus cercanos. Que pueden o no estar ávidos de comerse con los ojos de un solo voraz bocado la idea que nació en ti. Todo el acto termina convirtiéndose en un proceso de auto encarcelamiento. Perder la libertad a cada nueva inscripción. Cada vez que la tecla imprime. Arrinconar la idea y envolverla en márgenes de papel, ya virtuales, ya palpables.

La razón por la que dejé es escribir como parte de un ejercicio cotidiano no es otra que permitir que las ideas sean libres. Vayan, vengan, desaparezcan, como auténticos momentos. Todos queremos libertad.

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