Ser padre

Esto en realidad lo pensé hace ya como cinco meses.

Lo de ser padre es algo cuyo identidad conceptual todavía no termina de germinar en mi mente. Veo la silueta pero no el contenido.

Puedo entender perfectamente la perspectiva de lo que sigue, por supuesto. Pero una comprensión total de lo que esto significa, adicionando a la mezcla de novedades los temores/ilusiones/alegrías, pues la verdad es que todavía no. En dos meses, quizá un poco más quizá un poco menos, el misterio será resuelto y seguramente por las prisas, carreras y contingencias ni siquiera podré detenerme a notarlo. Simplemente voy a ser un pasajero de la situación con eventuales miradas apresuradas por la ventana de la introspección.

Hace unos meses creo que tuve un bosquejo bastante certero a la imagen completa.

Era un martes y existía una ansiedad previa a la cita del segundo ultrasonido que nos tocaba. Era algo así como una amalgama de sensaciones enmarcadas por la incertidumbre. Estábamos ciertos respecto a que con Daniel todo debía estar bien, Ella no había tenido ninguna molestia significativa ni algún malestar que pareciera cercano a preocupante. Sin embargo, en estas circunstancias, es imposible estar convencido de algo en su totalidad, y eso es algo que he aprendido de esta experiencia: la ignorancia en temas médicos no radica en el desconocimiento de términos, recetas, nombres, o procedimientos, sino en la falta de cercanía entre la mente y eso que aloja en ello mismo: los conceptos adheridos al espíritu. Uno no puede saber que no tener malestares, va cosido a todo está bien hasta que lo escuche del médico. Aquí es donde pesa la bata blanca.

Me refiero en sí a esa incertidumbre. Ese estado emocional que representa el no saber, y que, por si fuera poco y por decirlo sin tapujos, viene adherido al auténtico y genuino miedo. Miedo a que lo que proceda a explicar el doctor sea que resulta hay algo mal, algún problema, alguna contingencia inesperada. Algo que slga del contexto de lo normal o esperado. Pensé en cuántas veces mis padres no se quedaban despiertos hasta la madrugada porque no sabían donde estaba su hijo, en que condiciones llegaría y hasta que hora, esa sensación de que si suena el teléfono ahorita estando mi hijo fuera, alguna mala noticia habrá de ser. Sin importar si el hijo es un adolescente recalcitrante que se va de antro o un hijo casado esperando al nuevo nieto. Un claro paralelismo entre ambos escenarios.

Y luego ese posterior infinito alivio, de que todo marcha bien, de que no hay nada de que preocuparse, de que Daniel sigue su camino inminente hacia este caótico mundo que hemos preparado. El latido recupera su ritmo, incluso se puede ver un estúpido esbozo de sonrisa invluntaria en mi rostro hacia la pantalla de ultrasonido. Procede el disfrute, la calma, la llanura mental. Escuchar las instrucciones con la pasividad plena de que pues si, todo está bien.

Es un encuentro emocional duro que sucede en sesenta minutos o menos. Mirar la luz y la sombra de un acto inexistente, de una floritura emocional que te viaja y te regresa con la ingratitud de un evento que seduce y aterra de una sola vez sin avisar. Te toma desprevenido aunque lo preveas. Y por desgracia, he notado tiene una exactitud precisa en formas emocionales.

Entonces, al salir de la cita, lo pensé: “Este sentimiento ya no se va ir a ningún lado el resto de mi vida. Supongo que esto es ser padre”.

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