Day 7 —What sets you apart from the crowd? (¿Qué te aleja de la multitud?).

Pido perdón por adelantado por no tomarme la molestia de traducir los títulos. Si hay algo importante es la defensa de la lengua de origen, escribir con su ayuda, para ayudarla (y ayudarnos) a que no se olvide. Seguimos con el juego de escritura de 30 días que me pasó una amiga. Ahora sí:

Lo que me aleja de la multitud es el odio. Es, en estos días, la moneda corriente de agravios, insultos y opinólogos sin escrúpulos; los pronósticos ansiosos de retroceso y los insostenibles augurios felices de futurismo político, los golpes bajos en grupos de whatsapp y las guerras insignificantes de Facebook, que, por igual, ahogan a mi país. Es cierto que si no hacemos política, la política nos hace. También es cierto que es difícil que encontremos una opción que nos deje contentos a todos.

La difícil empresa de coexistir me aleja de todos. Cansada, siguiendo como hormiga, fielmente, el dictamen de la rutina, camino erguida sabiendo con claridad lo que pienso pero sin necesidad de esgrimirlo cual espada frente a otros. A veces la revolución va por dentro.

Tedio. Tedio de la manija del colectivo que me sostiene y me hará caer al suelo presa de un bamboleo en cualquier momento. Tedio de la velocidad en la que nos movemos. Tedio de las bocinas de los autos mientras cruzo la avenida y tedio del portero que le grita al conocido por pensar distinto.

No es mi intención que este sea un escrito monotemático, solo que, en el ascensor, mientras guardaba el libro que leí parada en colectivo antes de llegar al trabajo, no pude evitar sentir esto: pocas cosas tan tristes como leer odio desde el desayuno hasta la cena en todos los formatos imaginables. Pocas cosas tan terribles como la persona que cambia las uñas por garras y elige adorar a la figura de turno sobre el amigo de toda la vida.

No todo alejamiento de la multitud es malo. Me alejo por el tedio pero en nombre del amor. Es un doble movimiento. Alejarse para aún estar entero. Alejarse para que los gritos de los otros no provoquen a mis demonios. El silencio, rey de mi mundo imaginario, me envuelve en su manto de algodón y, sartreano, me susurra: «shhh, hable quien hable, el infierno son los otros».