El jardín digital epicúreo. Una defensa de las relaciones digitales

A veces recuerdo aquella juventud pasada, perdida, y mi escasa socialización. Yo era un poco lo que se suele llamar un “ratón de biblioteca”, pero nada estudioso. A pesar de jugar al fútbol, no fui nunca de esos super deportistas con cierta popularidad dentro del instituto. Yo era un niño del montón. Pero apartado de él.

Recuerdo además que siempre renegué de las formas de comunicación y socialización digitales. Yo me comunicaba por correo electrónico a lo sumo, sms (y poco) o con algunos amigos “digitales” a través de la mensajería de un juego online (los tiempos del Ogame J). Pero al final te convencen y te descargas el desaparecido Windows Messenger, y ahí, entonces, poco a poco se van produciendo conversaciones y desarrollando amistades que, desde entonces, alguna aún dura.

Después llegó la era Tuenti, y también renegué. Pero se produjo entonces mi salida al mundo exterior, y comencé a entablar relaciones reales. Mi mundo se expandía y, al final, fruto de la presión social, te haces cuenta en Tuenti, agregas un montón de amigos y conocidos, subes y te etiquetan en fotos horribles. Tuenti se convirtió en la memoria digital de nuestra juventud. Un espacio al que acudir para rememorar fiestas y momentos pasados, lo mucho que estábamos cambiando, o el día aquel en que el chico callado y parado (el más raro del grupo) ligó por primera vez con aquella rubia.

Cuando fue el bum! de Facebook, renegué, sí, pero mi resistencia fue ya menor. No era Tuenti, los amigos tampoco posteaban ni colgaban fotos. Pero Facebook terminó siendo una nueva casa en la que acabamos instalándonos, ya “mayores y viejos”, cuando nos convertimos en sosos.

De WhatsApp ni hablo. Le tenía pánico a esta aplicación de mensajería. Lo que fueron para mí las anteriores plataformas sociales fue un modo de conectar con mis amistades en momentos en los que nos necesitábamos y no podíamos quedar en ese momento para hablar las cosas. Fue la memoria de nuestras fiestas de juventud, de amigos que se fueron, el comienzo de grandes amistades. WhatsApp era la aplicación del presente perpetuo. El móvil siempre sonaba con un nuevo mensaje, los amigos siempre estaban sedientos por nuevas conversaciones líquidas que no decían nada. Eran los primeros años de vida de una nueva forma de comunicarse, y aún debíamos aprender.

Aún, si puedo, reniego de mantener conversaciones por WhatsApp. Porque no me gusta la sensación que me produce dejar de responder a alguien al momento. Así que, si no es necesario, utilizo otros medios en los cuales mis amigos no están permanentemente conectados, alerta, para desarrollar conversaciones que pueden alargarse días. También, como en Facebook Messenger, me permite mantener conversaciones con personas que no son de mi entorno directo (de mi ciudad) y que he conocido a través de otros medios digitales donde han conseguido una cierta presencia y que han terminado convirtiéndose en buenas amistades.

A veces pienso que he sido siempre muy crítico con estas formas de relacionarse, pero después me fijo y siempre las he acabado adoptando. Y me alegro. Gracias a ello he conseguido desarrollar amistades que de ningún otro modo hubiera podido haber imaginado tener. He conseguido realizar mi pequeño jardín digital epicúreo.