La casa de don Gonzalo de la Maza y la fundación del monasterio de Santa Rosa de Santa María de Lima en 1708 (Segunda Parte)

Luego de la canonización de Santa Rosa de Lima, y con autorización del arzobispo, varias jóvenes se congregaron en una casa próxima al Santuario para vivir como «Beatas Rosas», siguiendo el ejemplo de su patrona.

Siendo el número de beatas creciente y habiendo entregado doña Elena Rodríguez de Corte-Real el producto de dos haciendas y varias propiedades cuya suma ascendía a 130 mil pesos que se agregaban a otros 300 mil que se tenía para el mismo fin, se pidió licencia al Rey para erigir la casa en monasterio, permiso que don Felipe V concedió por Real Cédula dada en Madrid el 26 de enero de 1704.

Sin embargo, no fue sino hasta el 2 de febrero de 1708 en que se inauguró el monasterio con el traslado que hizo el arzobispo don Melchor de Liñán y Cisneros de tres monjas del monasterio de Santa Catalina al beaterio, que por aquellas fechas había sido trasladado cerca de la parroquia de San Sebastián.

Aparentemente se pensaba en este lugar para edificar el monasterio de manera definitiva, pero según atestiguaron los médicos el entorno era malsano.

El 29 de 1709 julio del mismo año tuvo lugar el solemne ingreso de las religiosas destinadas para fundar el nuevo cenobio. Ellas fueron: Leonarda de San José, Rufina Catalina de Loreto y Josefa Portocarrero Lasso de la Vega y Jiménez de Urrea, a quienes se unieron 12 Beatas Rosas.

Al poco tiempo, se concedió licencia para la elección de priora y el 17 de mayo de 1710 el padre Francisco Alonso Garcés invistió como primera prelada a doña Josefa, hija del Virrey don Melchor de Portocarrero y Lasso de la Vega, III Conde de la Monclova.

Doña Josefa, nacida en Madrid en 1681, había tenido desde pequeña la intención de ser religiosa, ya que al llegar a Lima a los 8 años de edad, había vivido el fervor que despertó en la ciudad la canonización de Rosa.

Llegado el momento de la fundación y huérfana de padre decidió ingresar en la clausura, a pesar de la oposición de su madre y sus hermanos. Ante la negativa, Josefa resolvió huir de su casa la noche del 9 de octubre de 1706, para lo cual retiró algunos balaustres de una ventana y se arrojó a la calle.

Con ayuda de su director espiritual el padre Messía y de otras personalidades que estaban de su parte fue a pedir asilo al monasterio de Santa Catalina, donde permaneció hasta el día de la fundación de monasterio de Santa Rosa.

Años más tarde, siendo virrey del Perú el conde de Superunda y arzobispo de Lima don Pedro Antonio de Barroeta y Ángel partieron, con la venia de la priora y de la comunidad, de este monasterio de Santa Rosa para fundar en Santiago de Chile, el 16 de agosto de 1754, las madres: Laura Rosa de San Joaquín, como priora; María Antonia del Espíritu Santo, como maestra de novicias; y Rosa de Santa María, como portera.

Las acompañó en su periplo quien sería su capellán, fray Diego Flores de Oliva, de la orden de la Merced. Después de instalado el monasterio de Santiago, la religiosas limeñas volvieron a su monasterio de origen, en donde murieron.

Se puede decir, que las religiosas de Santa Rosa han mantenido con considerable celo su legado material, y a pesar de no haber sido durante el virreinato el monasterio más grande o más rico de la ciudad, constituye en la actualidad uno de los ejemplos mejor conservados de Lima.

Son de interés: las escaleras que van al coro-alto, con su retablo dieciochesco de la presentación de la niña María en el templo; el ante-coro y su colección de urnas; el coro-bajo y su magnífico retablo barroco de la Virgen del Rosario, que conserva entre otras cosas reliquias de la Santa; el de Profundis y su interesante retablo policromado del Señor Nazareno, junto a dos importantes tinajeros íntegramente enchapados en azulejos; y el refectorio. Recintos en donde se conservan numerosos objetos de otros tiempos.

Sin embargo, ningún ambiente de los antes descritos destaca tanto y tan particularmente como el Santuario, que se alza en el preciso lugar donde murió la Santa.

En esta pequeña capilla, con portada de dos cuerpos y torrecillas, se conserva bajo la bóveda, notable por sus pinturas, reliquias y objetos personales de Rosa de Santa María y de otros santos (la cruz de la Santa, un eslabón de la cadena con la que el fundador de la Orden mortificaba su cuerpo, la sandalia de Santo Toribio y reliquias de San Martín y San Juan Masías), una araña de cristal de la Granja, la serie pintada de la vida de Santa Rosa, y los verdaderos retratos de la virgen limeña y de sus protectores los señores De la Maza, entre otras cosas.

Completan la estancia el zócalo de azulejos y la pintura mural en colores azul turquesa. En conjunto la capilla presenta, tanto por su belleza como por su historia, uno de los más maravillosos tesoros de la antigua ciudad de Los Reyes.