Cómo no amar a las redes sociales

Mucho he escrito sobre el desvío de atención de la gente hacia lo que “hacen mal” las redes sociales y no sobre los beneficios que nos otorgan.

Si hubieran existido, por allá por 2003, yo hubiera podido estar más en contacto con mi familia y amigos cuando viví fuera del país, y el guayabo hubiera sido menor.

Si hubieran existido, por allá por 1999, ese fatídico diciembre en Vargas hubiera sido menos fatídico con la red de ayuda que se hubiera generado.

Y así puedo seguir y nombrar muchas cosas que ahora podemos tener como ganancia gracias a las redes sociales.

A mí me acercaron a mucha gente que había dado por perdida, me dieron oportunidades profesionales y personales que no hubiera soñado, me han ayudado en pedidos de donantes de sangre y medicamentos, y ¡funciona!

Además, estoy segura que muchos se han sentido bendecidos de una forma u otra gracias a ellas.

Hace un año dí gracias cuando buscaba donantes de sangre para la hija de mi primo. Hoy doy gracias porque conseguí el medicamento para mi papá.

Siempre las defiendo y digo que la culpa no es de Facebook si tu novio te monto cachos (bolsa él que lo puso en internet), así como tampoco la culpa es de Instagram o Twitter por las cosas que allí se escriben. Los culpables, si haber vamos, somos nosotros, ellas no escriben solas…

¿Cómo no amar a las redes sociales si me han permitido conocer gente maravillosa, he podido viajar a lugares hermosos y he tenido trabajos que antes ni pensaba?

Bendita tecnología que nos une, bendita humanidad que hace que permanezcamos.

¡Que pasen todos una hermosa y feliz navidad!

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