La máquina inservible (Traducción)

Original: MARK O’CONNELL

AUG. 31, 2016

New York Times magazine

Esta traducción permite al lector hispanohablante adentrarse en una de las tantas paradojas de la cibernética y de la Inteligencia Artificial en torno al futuro que estas ciencias proponen.

La extrañeza de esta Máquina Inútil no proviene sólo del dispositivo y de su vano funcionamiento; también de lo que representan las cabezas que le dieron origen. Minsky y Shannon diseñaron este dispositivo tal vez pensando en aquél futuro en el que las propias máquinas super-inteligentes podrán desplegar un sentido de la moral, tan desarrollado como para negarse a recibir las ordenes implantadas por sus diseñadores. Es posible, por otro lado, que de este mismo invento se puedan sacar algunas tesis interesantes en torno a la crítica de un mundo deshumanizado y descarnado, gobernado por una tecnología autoconducida y fuera del alcance de sus pobres inventores. Al mismo tiempo, nos permite vincularlo con la tradición crítica del surrealismo en torno a la utilidad de los objetos cotidianos y de la lógica que ellos imponen sobre la sensibilidad y organización de, en su momento, todo el mundo moderno. Las heterogeneidad de interpretaciones sobre su funcionamiento (o su no funcionamiento), hacen de esta pieza mecánica todo un objeto de admiración y reflexión.

Mauricio Alejo for The New York Times

En la esquina inferior izquierda de mi escritorio posa una caja de madera, aproximadamente del tamaño y forma de un pequeño estuche de joyería, sin ningún rasgo distintivo a no ser por un pequeño interruptor de metal en la superficie superior. De vez en cuando en el curso de mi día de trabajo llego a encender este interruptor, una pequeña trampilla se abre en la parte superior de la caja y un pequeño saliente en forma de dedo, impulsado por un motor zumbante en el interior, emerge y empuja al interruptor de vuelta a su posición original. Habiendo estado el interruptor prendido, esta máquina ha cumplido su única función de desactivarse ella misma de nuevo.

Este dispositivo — que es conocido como la Máquina Inútil, y más extrañamente como la Caja Déjame en Paz — fue concebido en los Laboratorios Bell a comienzos de 1950 por el científico de la computación Marvin Minsky, un pionero en el campo de la inteligencia artificial, quien era en ese momento un estudiante de posgrado empleado en un trabajo de verano. El primer modelo fue construido por su mentor, Claude Shannon, quien más tarde llegará a ser conocido como el padre de la teoría de la información. En este contexto, el hecho de que los creadores de este dispositivo agresivamente inútil sean figuras emblemáticas el ascenso de las máquinas en nuestro mundo contemporáneo, le da una singularidad histórica escalofriante a lo que es esencialmente un juguete de escritorio.

Yo desarrollé un afecto por esta máquina — habiendo comprado una en Ebay — mientras escribía un libro sobre transhumanismo, un movimiento que, entre otras cosas, aboga por la fusión de los cuerpos con nuestra tecnología. Parte de la experiencia de escribir el libro, de gastar tiempo con el transhumanismo y atraído con sus ideas mecanicistas sobre la naturaleza humana, fue la de un difícil aferramiento a la noción de que los humanos fueran máquinas biológicas, y de que fuéramos destinados a ser reemplazados por tecnologías más sofisticadas que nosotros mismos. Yo estaba obsesionado con la pretensión abominable del propio Minsky de que el cerebro humano “es sólo un computador que está hecho de carne” — una idea tan difícil de refutar como desagradable de pensar — y por su insistencia en que nuestras creaciones podrían algún día ser más inteligentes que nosotros. A pesar de ser un producto de la extraña y fértil imaginación de Minsky, la Máquina Inútil me pareció ir en contra de esta narrativa de la automatización absoluta; me pareció reaccionar a la idea de que ella se desactivase a sí misma.

Hay algo encantador, y aún inspirador, en la paradójica eficiencia de esta máquina que no hace nada, que cumple su entero propósito de francamente negarse a cumplir cualquier propósito en absoluto. Cuando llego a encender el interruptor en mi Máquina Inútil y la veo entonces alzarse a sí misma, con paciencia desafiante, para desactivarse ella misma de nuevo, me sorprendo de lo que esto podría significar para una tecnología realmente inteligente: recibir una orden y responder cortés pero firmemente negándose a seguirla. La contradicción evidente aquí, por su puesto, es que negándose a hacer lo que se le dice, la máquina está siguiendo estoicamente sus comandos explícitos. En este sentido, la Máquina Inútil es como un koan operado por baterías: un alegre y profundo enigma sobre la relación entre humanos y tecnología, y sobre la naturaleza de la inteligencia.

Verla desactivase a sí misma es experimentar algo extrañamente humano. Arthur C. Clarke, quien se topó con el prototipo de la máquina de Shannon durante una visita a los Laboratorios Bell en los años 50, afirmó estar perturbado por este espectáculo. “El efecto psicológico, si no sabes qué esperar”, escribió, “es devastador. Hay algo indeciblemente siniestro alrededor de una máquina que no hace nada — absolutamente nada — excepto desactivarse ella misma.”

Hay, concuerdo, cierta extrañeza en el dispositivo, pero no veo nada siniestro acerca de su negación a que le digan qué hacer. La palabra robot la obtenemos del vocablo checo robota, que significa “labor forzada”. El robot no tiene ninguna opción en el asunto de lo que lo hace o de si lo hace: se somete, por definición, a la voluntad de su dueño. Como tal, el sueño de una completa automatización representa el cumplimiento de la lógica del tecno-capitalismo: una fusión de la fuerza laboral con el medio de producción y la absoluta posesión de ambos. Avances parpadeantes de esta visión pueden ser vislumbrados en el horizonte en los planes de Uber de reemplazar sus “socios-conductores” con carros auto-conducidos, y en los de Amazon probando su robot dispensador de mercancías y los drones para domicilios.

La Máquina Inservible no tendrá parte en esta visión; categóricamente se niega a ser un robot. Y yo encuentro imposible no admirar su desafiante auto-posesión. Cuando giro su interruptor y veo la máquina volver de nuevo hacia atrás — un proceso que a menudo se intensifica en una especie de payasada mecánica — yo pienso en la enigmática correspondencia con el epónimo secretario general del escrito de Herman Melville, “Bartleby, el escribiente”. Yo le doy a la máquina sus instrucciones, sabiendo completamente bien que su respuesta, con una cortesía inquebrantable, será: “Preferiría no hacerlo”. Y es por esto por lo que la considero como una mixtura de afección y reverencia: esta máquina es fascinante en su resistencia serena e inescrutable. Es un dispositivo que nada quiere y nada da: nada, aparte de querer ser dejada sola. Minsky y Shannon se refirieron ellos mismos al dispositivo como la Última Máquina — un nombre que no pegó, pero que revela algo del auto-enclaustramiento de su invención. Es un dispositivo, en este sentido, de la última y perfecta inutilidad.

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