19S Arrepentimientos

Crecí preparado, mi padre es ingeniero civil y sospecho que un ex guerrillero o algo por el estilo. Siempre me dijo donde sentarme en un restaurante, como entrar y salir de lugares. Que hacer en emergencias, a evitar las multitudes, a analizar las situaciones y estar “al tiro”.

Viví entre Michoacán y la Ciudad de México, mi primaria se tomaba en serio las cosas y teníamos simulacros frecuentes, durante esos momentos la máxima autoridad era La Brigada, los profesores se veían rebasados, algo de ahí siempre me llamó la atención. La historia del 19 de septiembre de 1985 me fue inculcada mejor que cualquier otra conmemoración cívica. Mi generación siempre supo que algo así tenía que volver a pasar.

Con el tiempo me volví de La Brigada, tomé los cursos, me faltó el de incendios, pero sabia que hacer. Estaba preparado.

El 7 de septiembre estaba operando un evento en una de las cuadras más concurridas de la ciudad, la alerta nos dio cincuenta segundos para salir de una planta baja, con todos afuera y sobre una esquina recibimos ese terremoto, las luces en el cielo, el crujir de un edificio abandonado que jurabamos nos aplastaba, las grúas como columpios. Mantuve la calma, mantuve el orden, necesite un abrazo enorme porque no podía comunicarme con mi padre. Aquel día pensé que se nos había caído media ciudad.

19 de septiembre, no bajé al simulacro porque estaba enfermo. En el momento,13:14 salí corriendo de mi departamento en un piso siete, intenté agarrar al gato, desistí porque se cayeron todos los libreros y televisiones. Abracé una columna, calmé una vecina y le recordé que el edificio era del 2010. Nunca temí por mi vida, pero no podía creer que el mismo día, el mismo puto día de hace cien años. ¿Era esto una prueba de algo? ¿vivimos en un mundo lo suficiente impredecible, caprichoso y coincidente para que estuviera sucediendo esto?

Terminó, entré por el gato lo metí a su transportadora y baje a la calle. Había caos, enfrente un edificio tenía fuga de gas, la estación de bomberos está a una cuadra, llegaron rápido.

Me arrepiento de no salir corriendo a Escocia y Gabriel Mancera o a Niños Heroes, las horas que la sociedad tenía el control, cuando el ejército aún no llegaba. Cuando baje de mi edificio debí correr un par de kilómetros y unirme a los que a mano hacían una gran diferencia. Mis amigos que saquearon una farmacia para curar heridos en la Roma, mi socio que fue el primero en llegar a los multifamiliares, yo no tomé la decisión correcta.

En la calle admiré a los trabajadores que dirigían el tráfico, perdí mucho tiempo averiguando la situación, cuando llegué a Gabriel Mancera había caos, ahí me arrepentí de no tomar un megáfono, de intentar poner orden en toda esa disposición de ayudar, llegué hasta el frente, la primera visión de frente del edificio colapsado, el concreto, el polvo, lo que solo te imaginas en una zona de guerra, me recordó a los edificios aún dañados por los bombardeos en Sarajevo.

Toda esta destrucción rodeada de una marea de gente queriendo ayudar, manos mal manejadas que quizás o no pudieron hacer más. Los primeros camiones con escombros salían, todo eran demasiado, gritos, demasiadas personas, militares fracasando en imponerse. Me fui de esa zona.

Los reportes de los asaltos empezaron, en mi odiado/querido Santa Fe, me arrepentí de no poder expresar de la forma más ruin, incorrecta y sin pensar en los derechos humanos de alguien que se estaba aprovechando de la máxima tragedia inimaginable para despojar a otros.

Esa noche La Ciudad se llenó de miles de brigadas improvisadas en camionetas, con picos con lo que pudieran, muchísima gente que se quedó con ganas de ayudar, he ahí porque compraron tanto, era lo que sentían que podían hacer, no pude dormir ese día, no dormir es el primer ingrediente para que tus días se fundan.

Me arrepiento de no tener una moto. Mis amigos en moto que llevaron paramédicos a todos lados, que llegaron antes que nadie a Xochimilco, que entraron a Medellín, que sacaron las las historias que después desaparecieron por su peso y dolor. Ellos fueron nuestros mejores elementos.

Nos concentramos en ayudar a Morelos, hicimos mucho en cantidad, me arrepiento de no viajar a Morelos, de no ver el saqueo del gobierno con mis propios ojos, de hablar con las personas de poder entender más lo que estaban pasando, aunque desde aquí procesamos la información en búsqueda de la verdad, creo que pudimos hacer más daño a la reputación del ladrón de Graco Ramírez.

No puse un pie en Bolívar, que frustración no haber podido pelear contra la policía, observar, investigar que sucedió en el más misterioso de los derrumbes, quisiera haber golpeado el piso buscando un inexistente sótano porque aunque no estuviera ahí todas las mujeres que destruían el piso sabían que lo que buscaban era real de cierta manera y que en 30 años sus vidas siguen valiendo menos que ropa barata.

El silencio, la noche del viernes fui pasajero de una motocicleta que recorrió media ciudad en 5 minutos, nos habían pedido entregar herramientas en Eugenia y Nicolás San Juan. Apagamos la moto y experimenté la sensación más fuerte de mi vida, un silencio que solo puedes percibir cuando estas en una carretera parado de madrugada en una zona realmente vacía, el silencio de Morelia a Uruapan a las 3 am, el silencio de la montaña antes del amanecer, El Silencio, pero en La Ciudad y estando rodeado de brigadistas y soldados, sin puños al aire, El silencio. ¿Asi se escuchara el vacío? . Nunca sentí tal desesperanza, era la derrota, era el ya no hay vida.

El domingo en las últimas horas del centro de acopio del parque México hubo mariachis y lagrimas de cocodrilo,también rumores de que asaltaban la ayuda camino a Oaxaca y que había muerto gente en estos crímenes. A pesar de esto creo que de alguna forma nos empezamos a imponer una vuelta a la normalidad, yo no puedo volver a la normalidad, no me puedo arrepentir también de no investigar, de no de preguntar, de no exigir explicaciones de que sucedió, no perdí nada, no perdí a nadie, pero hace un mes todos tenemos vecinos en las calles. Yo sigo sin poder dormir, tengo el famoso PSTD, escucho la alerta todo el tiempo, pienso en como salir de todos los edificios a los que entro, pienso en todo lo que ahora sí haría, soy funcional, no temo por mi, trato de no pensar en la maldad y la negligencia de la gente que provocó todo. Afirmo que todo lo que cayó se pudo prevenir, me mantengo ayudando, pero me arrepiento de tantas cosas que no se por donde empezar a cambiar.

*Texto dedicado a todos mis amigos que llegaron a la primera línea, que nunca dudaron, que no durmieron, que se partieron la madre, que arriesgaron todo.

Gracias.