El Chucky Lozano

Que todas las entidades que se crean socialmente tienen marca de clase lo saben hasta los más conservadores de mi escuela. Las feministas saben, sobretodo, que el lenguaje no es sino una prueba de la opresión que han sufrido como especie desde que el género se denominó “hombre”. Que el lenguaje es del hablante, y no de la RAE, es cada vez menos discutible; además qué terrible el español de España.

Quedan, sin embargo, algunos cabos sueltos en los que pocas veces se presta atención. El futbol no es uno de esos aspectos de la vida cotidiana que son ignorados por el grueso poblacional; tampoco es que la gente se fije en los detalles que no tienen que ver con el gol (lo cual suscribo totalmente), pero algo es cierto: no está exento de ideología: modelos sociales, económicos, culturales colisionan cada que rueda el balón. Y no, tampoco en ese terreno las condiciones son equitativas para los participes o sus hinchas; ni siquiera cuando el mercado elitista del balompié parece consentir a los futbolistas a niveles francamente ridículos podríamos decir que todos los iguales son iguales –o sí, pero unos más iguales que otros–. Por ejemplo: ¿Por qué Salcido no se fue a un grande cuando era una bestia jugando la banda izquierda?

Sesgos de raza y clase. A la verga el que diga que el fútbol no es político. El futbol es una creación social y hay que prestar atención.

Se le escucha el billete cuando habla (apunta Mairal vía sus personajes) pero, malo y bueno, también se escucha la falta de billete: la falta de billete condicionada, claro, por las vedadas oportunidades y desigualdades estructurales. La plata ha formado nuestra lengua, continua Mairal: nuestro lenguaje, como nuestra cosmovisión, están determinados desde antes. Nosotros no hicimos nada para tener lo que tenemos.

Y en ésas me acordé del concierto de Alt J que fue en el Mundial. Buena parte del auditorio, güeritos sobre todo, gente con la lengua bien forjada, empezó a corear reiterada, unívocamente, el apodo de la más pulcra joya del futbol mexicano: El Chucky Lozano. He pensado en ese día; he visto el gol que le metió a Alemania miles de veces; escucho y leo con frecuencia rumores sobre su traspaso; scrolleo por tuiter cuando es trending topic, vaya, hasta veo la liga holandesa… y nadie, pero nadie, pronuncia con corrección la fonética anglosajona que le corresponde: El /chuqui/ Lozano es el /chuqui/ Lozano y no el /choqui/ Lozano.

Menuda reivindicación de los oprimidos.

Si la fonética de su apodo no es el estandarte del grueso mexicano, ¿entonces, qué es?

Si el lenguaje incluyente existe, que le hagan un templo a El Chucky.

Si el futuro y el pueblo tienen voz, el ruido de esa H, que no es muda, es lo que la representa: Hirving, El Chucky, Lozano.

Si, como dicen los formalistas rusos, la literatura es violentar el lenguaje, que El Chucky Lozano ice la bandera de la revolución neoestalinista.

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