El tiempo del mar en Rosa Regás

Primero: quiero admitir que la novela, subjetivamente, no fue de mi agrado y me costó mucho trabajo seguir su lectura; sin embargo, objetivamente, también creo que es obligatorio –lo contrario sería un sinsentido– reconocer la calidad formal y narrativa de la misma. Difícilmente, alguien se atrevería a afirmar que las hojas que comprende la novela son un desperdicio.

Ahora, dentro de todas las cosas que pudieran analizarse desde la perspectiva literaria, hubieron dos sobre las que se centró principalmente, mi atención: la primera consiste en el mar como elemento que comprende y define muchos aspectos del universo diegético; la segunda, la utilización del tiempo –de los tiempos– para la creación de una narrativa en retrospectiva.

El mar

Más allá de que se constituye como el escenario en que suceden la mayor parte de los acontecimientos de la narrativa –que, por cierto, ya es bastante–, el mar se erige como un elemento que define no solo el curso de la embarcación, sino el de los personajes y el de la novela misma.

Así, podemos apreciar desde los primeros momentos cómo es que este elemento dibuja, delimita, la etopeya de los personajes, así como su posición frente a los hechos que se presentan:

El que ha nacido junto al mar, el que aun sin verlo cuenta con el límite azul del horizonte y está hecho a la brisa húmeda y salina que le llega al atardecer, configura su mundo en unos límites a partir de los cuales el paisaje se allana y alcanza el infinito. Y si camina tierra adentro busca detrás de cada loma la línea azul que ha de devolverle la orientación precisa para no sentirse perdido entre montes y llanuras, entres calles y plazas, saber dónde está y encontrar el camino y la salida. Pero Martín no conoció el mar hasta mucho más allá de la adolescencia y nunca dejó de considerarlo un elemento extraño, misteriosos y amenazador.[1]

Andrea tiene un par de ojos azules con los que manifiesta tenazmente la personalidad inasible que la arropa desde su origen: el mar extraño, misterioso, violento; Martín, en cambio, es precisamente ese paisaje de montes, llanuras, calles que muestran una actitud pasiva e inamovible frente a prácticamente todo. Lo anterior puede parecer una dicotomía totalmente admisible, mas esta antítesis se rompe en el momento en que los personajes son una pareja que, si ya no, en algún momento se quiso, pero, vamos, ¿alguien ha visto un mar absolutamente infinito cuyas olas no terminen por estamparse en la áspera solidez de la arena o, peor, en las rocas? ¿qué valor tendría la tierra sin el agua y viceversa? Sin duda, mar y montaña, tierra y agua, Andrea y Martín, son binomios que poco tienen de común –y hasta parecen antónimos–, sin embargo, precisan de su indisolubilidad para darse un significado absoluto –que comprenda a ambos– a pesar de las posibles contradicciones en que pudieran incurrir. De esta manera, asumir la existencia singular de cualquiera de las unidades que componen estas parejas, sería aún más trágico que mantener la tortuosa relación que mantienen, en este caso, los protagonistas antagónicos –en su etopeya, por lo menos–.

El tiempo

El mar es tan sublime, regio y majestuoso, como inseguro, ambiguo y envolvente; es un ir y venir de cuyas concesiones una de las más bondadosas es aquella que consiste en convertirse en el material con que la escritora construye –y sincretiza– los puentes entre espacio y temporalidad en la diégesis. Otro binomio: los tiempos de la historia: por una parte, el que transcurre cuando los personajes están en el barco, se quedan varados y van a la isla; por la otra, aquel que es evocado, principalmente, por Martín.

– ¿No me ocupo de tus asuntos? ¿No veo una y otra vez los copiones? ¿No he viajado por tus tierras?
– De eso hace mucho tiempo. Creí que te gustaba.
– Pues no me gusta, no me gustaba.
Lo dijo por herir, él lo sabía. Estaba en uno de esos momentos de furia contenida en los que no se dejaba llevar de la ira y medía las palabras para llegar más allá del insulto: la deserción de una memoria común, la retirada unilateral del recuerdo. No, no podía haber sido todo una mentira, lo sabía, ni siquiera una concesión. Y sin embargo ella negaría ahora incluso el temblor de las hojas de los altísimos chopos que descubrió una tarde tumbada en el suelo con la cabeza apoyada en sus rodillas. Fue un plácido día de verano. Bajo el diáfano e inmóvil cielo azul de Castilla, mientras la brisa oreaba las lomas doradas salpicadas de pacas…[2]

En la cita anterior, se pueden apreciar los dos en los que se basa la autora para construir una novela en retrospectiva: primero, el tiempo presente con la utilización del estilo directo; luego, con un estilo indirecto, el narrador en un nivel extradiegético, trae a colación aquel momento romántico –incluso poético– bajo el firmamento, también azul, de Castilla.

En conclusión: a pesar de que pudiera decirse que la trama es muy simple o inconclusa, la novela tiene un gran valor por la disposición que la autora hace de los recursos narratológicos y su forma de decir las cosas.

Bibliografía

Regás, Rosa, Azul, España, Bibliotex S. L., 2001.

[1] Rosa Regás, Azul, p. 19.

[2] R. Regás, p. 106.