Los que pueden revertir el atropello a la Constitución

Hay solo dos grupos capaces de impedir la violación total de la Constitución Nacional. ¿Por qué no lo han hecho?


No son los partidos políticos y definitivamente no son los militares. Evidentemente las manifestaciones pacíficas — y las no tanto — tampoco fueron capaces de frenar la clásica postergación des-movilizadora del día D por parte de nuestro elenco de payasos en corbata.

Deberíamos aceptar además que nos hemos pasado la mayor parte de esta tragicómica semana preocupándonos por el nivel de pureza y compromiso entre quienes resistimos. Discursos más, discursos menos, quienes nos oponemos a la violación de la Constitución somos súper paraguayos, paraguayos y semi-paraguayos, según nosotros mismos.

El tiempo, las emociones y energías que hemos invertido en importantes discusiones de naturaleza mayormente emotiva dejó considerablemente de lado la visión de los escenarios y grupos que podrían asegurarnos la victoria. Quizás por ese motivo y docenas de otras variables de distracción, hemos sido cautivos de una narrativa desesperante.

Lo que han resaltado los medios; lo que han distraído los payasos en corbata y sus eventos; lo que han y hemos dividido a la población; todo sumó a un escenario en el que el día D se ha convertido en una supuesta línea de vida o muerte que, una vez pasada, no tendrá retroceso. El progreso en la historia raras veces es una línea sin altibajos.

El punto es que en este contexto de desesperación alimentada y auto-infligida nos hemos olvidado que el soberano todavía no ha salido a reclamar y que no hemos facilitado su unión a la lucha — más bien hicimos todo lo contrario.

Hay solo dos grupos que tienen la legitimidad y la credibilidad para cambiar la situación del país: los estudiantes secundarios y las madres. La presencia masiva de uno convoca implícitamente al otro. Dudo que algún grupo político o de la sociedad civil tengan el poder para convocarlos. Por eso creo que lo único que podríamos haber hecho era facilitar su participación.

Su participación tiene el poder de parar a todo el país.

Si bien es cierto que nada asegura la ausencia total de la violencia por parte del aparato represivo, me atrevo a decir que si nuestros policías y militares dudarían en avanzar contra alguien, solo podría ser frente a madres y estudiantes secundarios. (Ya hemos visto de lo que son capaces cuando se trata de jóvenes movilizados, del partido o procedencia del que fueran).

¿Y qué político en su insano juicio querría perder, para el 2017, el voto potencial de un grupo que ya llega a representar más del 10% de los empadronados en el país? Sin mencionar, claro, que el país estará atento al trato.


La resistencia no se acabará aunque la inconstitucional enmienda sea aprobada en Diputados y el referendum la confirme — al menos no, si de verdad hablamos en serio cuando prometimos resistir. Hasta el momento hemos fallado en asegurar que el soberano salga a las calles, pero no es tarde, todavía no.

“Ellos” saben y temen que el verdadero soberano salga a reclamar su país. Y “ellos” siguen trabajando desde los cuarteles y sus raíces en nuestro sistema educativo para que el soberano no se movilice.

La única batalla batalla que se pierde es la que se abandona y la esperanza verdadera es aquella que cree en algo, no necesariamente porque sea posible, sino porque es justo.

Y en Paraguay hay muchísima sed de justicia. Sigamos luchando, teniendo esperanza y esperanzando.