¡Los tazos qué!

Yo colecciono gente.

No sé si te des cuenta pero últimamente las personas terminan sus relaciones por meras nimiedades. «No me gustan sus dedos gordos del pie» o qué tal «¿Puedes creer?, pasó por mí en un Chevy, ¡un Chevy!» o por ejemplo «No sabe caminar en tacones» y el mejor «¡Qué oso, le gusta Muse güey!». Es real, todos los escuché de amigos cuando les pregunté qué había sido de sus últimas adquisiciones, –¡ay, perdón!– medias naranjas.(?)

¿Es que no quieres llevar a tu chica a la Alameda y comprarle su chicharrón con cueritos y su sangría preparada para después revelarle tus planes romántico-maquiavélicos de bajarle la luna, las estrellas, las constelaciones y cuáseres o lo que sea que eso signifique? Hacer caso omiso a esos microdetalles que nadie más que tu perfeccionismo nota. No hablo de correr a ciegas en un campo minado, sino de intentarlo. Es decir, ¿implicarte?

La respuesta es ÑO (sí, con Ñ y mayúsculas), preferimos coleccionar carne y sentimientos, la dieta de los narcisistas. Tirar a la basura en lugar de reparar lo que ya no funciona. Sin remordimientos, Tinder lo paga y al final del día, dormir enmarañado a tu almohada porque ya nada te llena ese vacío. Digo, lo bailado nadie te lo quita (pregúntenle a Charlie Sheen) ni tampoco esa sensación en el pecho que llaman ansiedad.

Hace unas semanas di una fiesta en mi casa. Ya achispado por los gin-tonics, osé en preguntarle a los invitados cuál era su mayor miedo en la vida. 21 de 24 contestaron «obvi… quedarme solo goe». Somos sorprendentes.

– Desmond Witthaus