Cantar hasta morir

Seguro recuerdan una canción en voz de Diego Torres que va más o menos así:

Quiero cantar hasta morir y así dejar una señal, y que la luz de mi alma no se apague hasta llegar a ti.

Quiero decirte la verdad, esa que nadie quiere hablar, la que alumbra el alma que se apaga cuando se siente mal.

El tiempo es el dueño de lo que puede pasar, de tu andanzas por la gloria o tu triste caminar.

Más adelante continúa:

La vida no es un sueño, las penas tienen dueño y me pregunto dónde la alegría vivirá. Buscaré alguna respuesta, se del llanto de promesas y dolor. No voy a hablar más de sufrimiento. Yo vine aquí para dejar una señal.

Amigos, sólo puedo decir que ésta es una verdadera canción de amor… pero de amor a lo que uno hace. Un himno a los guerreros, a los intensos, a los que mientras buscan y añoran, no se quejan sino se auto consuelan para no perder su norte, para los que vinieron aquí a dejar huella.

De la primera frase puedes cambiar el verbo “cantar” por cualquier otro de tu elección (lo que mejor describa tus deseos más profundos y aquello en lo que te sueñas exitoso). Una de las cosas más difíciles es precisamente encontrar ese verbo que va ahí y que es tan distinto para cada uno de nosotros. Luego viene el momento crucial de decidir si ir por todo o dejarlo pasar.

Aún si decides ir por todo, el camino es tan espinado y tan a largo plazo que muchos de todas formas se darán por vencidos en algún momento del camino.

Es importante decir que los grandes sueños van acompañados de grandes toneladas de miseria. Nada más que de eso casi no se habla, sea por miedo o por pena. Los medios masivos son buenísimos en anunciar lo superficial: el lujo en general, las mansiones, los autos, los jets privados, las novias guapísimas de los rockeros, la boda de ensueño, las portadas de revista.

Es más, hasta uno como simple mortal también tiende a hacer lo mismo. ¿Qué publicamos normalmente? la foto perfecta, el gran empleo, un gran logro, lo felices que somos. Lo de aplaudir y lo de mostrar. O sea, las verdades a medias.

Todo eso está bien, pero de igual forma debiéramos compartir de alguna manera el otro lado de la moneda, las experiencias menos gloriosas. La cruda realidad que al menos nos de la oportunidad de ajustar expectativas. Les garantizo que si hiciéramos esto, aunque la vida no sería más fácil, al menos bajarían los niveles de ansiedad, depresión e insatisfacción propios y de la gente que nos rodea.

Es verdad que quienes tienen bien identificados sus objetivos y están entregados a eso, pagan cualquier precio y están dispuestos a hacer los sacrificios necesarios, por tiempo indefinido. O sea, a tragarse completita su propia miseria hasta llegar a la meta. Cualquier proyecto sin importar su índole (personal, familiar o laboral) tiene sus cosas bellas pero también su lado oscuro y sus muchos, muchos, muchos momentos bajos.

Busquemos abrir conversaciones más honestas, más humanas, menos banales.

Y por cierto, si finalmente tienen las agallas de “ir por todo y con todo”, sólo estén mentalmente preparados para caminar varios tramos en oscuridad e incertidumbre.

De brújula, sólo el corazón y la intuición.

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