La investigación en tiempos del emprendimiento

¿De qué va el rol del investigador frente al retrato casi heróico del emprendendor? ¿Cómo situamos la actividad científica en medio del boom de la innovación?

El héroe-emprendedor

Hace unas semanas asistí al Campus Party México (CPMX), el evento máximo de tecnología en nuestro país. Ahí se pueden ver cosas increíbles y realmente inspiradoras, lo último en tendencias de tecnología, videojuegos, realidad virtual, inteligencia artificial, y un mundo de cosas más. Miles de jóvenes campuseros y campuseras se reúnen para compartir gustos, aficiones y, sobre todo, conocimiento. Una verdadera oda a la tecnología y la innovación.

Como este hay muchos otros eventos, en muchos otros países donde los mortales podemos ver a nuestros héroes emprendedores en acción. Donde podemos inspirarnos para crear cosas nuevas, generar un cambio y volver realidad nuestras ideas más alucinantes. En cada una de las charlas de CPMX hay algo que te hace decir “¡wow! yo quiero ser él/ella. En unos años seré yo quien esté dando una conferencia”. Cada rincón, cada charla es una invitación abierta para todo aquel que se atreva a intentar nuevas formas, a un camino donde podremos convertirnos en los próximos Steve Jobs o Mark Zuckerberg.

Sin embargo, a pesar del infinito valor que aportan este tipo de eventos, hay un aspecto negativo que vale la pena analizar: la perpetua imagen del emprendedor que triunfa a pesar de las adversidades.

Y es que justamente son los emprendedores de tecnología, conquistadores de la nueva tierra prometida llamada Silicon Valley, los que han creado esta especie de mito alrededor de la innovación tecnológica y el emprendimiento. Miles de personas alrededor del mundo están intentando desarrollar la idea de negocio que será “el próximo Uber de.. [inserte aquí el sector económico de su preferencia]”. Todos queremos ser el/la nueva emprendedora del momento, porque esto trae consigo un reconocimiento social que ninguna otra profesión ofrece ahora.

Al final del pasillo, los sin-capa.

Por otro lado, tenemos a los investigadores. A esas personas que han dedicado su vida y sus energías a la exploración de nuevos campos del saber. Pero que poco sabemos valorar en nuestra cultura del consumismo y la producción en masa.

Recuerdo que en mi años de universidad solíamos hacer la broma de que IFI (Ingeniero Físico Industrial) eran las siglas de “Ingeniero con Futuro Indefinido”, debido a la falta de oportunidades laborales que veíamos a los egresados de dicha carrera. Estudiar tantos años la teoría física parecía un desperdicio de tiempo: “Sólo puedes ser profesor”, solíamos decir con cierto desdén — a pesar de la admiración que le teníamos a muchos de nuestros profesores. Pero ¿a quién podemos culpar? Nosotros éramos jóvenes estudiantes que nos estábamos preparando para lograr el éxito profesional. Y ese éxito lo veíamos en la figura de grandes empresarios, hombres y mujeres de negocios cuyos nombres aparecían en todos los medios posibles. Ningún científico lograba ese reconocimiento.

“Tiene 29 años y ya tiene su doctorado. Es muy brillante pero... ¡ no sabe hacer nada!” — La mayoría de nosotros.

Frases como la anterior han estado en incontables conversaciones con mis amistades. Seguramente otras similares han estado presente en tus propias conversaciones. Quizá hasta hayas sido tú quien lo dijo. Y es que esto resume bien nuestra percepción sobre la investigación: es una actividad que poco o nada sirve para hacer dinero. En nuestra conciencia colectiva, las universidades están hechas para entrenar futuros trabajadores, no para investigar; las empresas están para producir bienes y ofertar servicios, no para investigar.

En el mismo evento, CPMX, estuve presente en un panel de discusión de Innovación Jalisco donde se planteó la pregunta “¿Qué hace falta para fortalecer el ecosistema de innovación en Jalisco?”. Ninguno de los panelistas mencionó siquiera la palabra investigación. Lo más cercano a esto fue el comentario de Antonio Lancaster Jones (min 33:35) al decir que “el sector empresarial no está haciendo su trabajo[…], y las universidades están totalmente desvinculadas”, que daba la esperanza de referirse a la necesidad de hacer investigación de calidad desde el sector privado y la academia… pero realmente el comentario giraba entorno al emprendimiento.

Es como si esperáramos que la innovación llegara por sí misma. Esperamos ver resultados sin fortalecer la base de la innovación que es la actividad creativa y la investigación. No nos damos cuenta que los grandes avances que vemos en eventos como CPMX son el resultado de muchos días y noches de investigación. Nos enfocamos en la prueba y la superación de los errores, sin reparar que esas pruebas estuvieron pensadas, diseñadas y calculadas.

Es la investigación la que logra nuevos productos. Es la voluntad de descubrir nuevas formas la que nos lleva a nuevos lugares. Los clusters de innovación no se forman únicamente de empresas y emprendedores. Necesitan del conocimiento que se genera y se comparte en las universidades y en los laboratorios, sean públicos o privados. Necesitan de personas que se dediquen a analizar nuestra realidad desde nuevas perspectivas. Necesitamos de esa gente que “no sabe hacer nada”, excepto investigar, aprender, generar y compartir su conocimiento. De ello depende nuestra competitividad en un sistema económico que se basa en la creación y transmisión del conocimiento.

Al final de cuentas es importante recordar que antes de las “historias de garage” que tienen en común varias empresas de tecnología, estuvieron las discusiones en los jardines, aulas y laboratorios de las grandes universidades de Estados Unidos.