Le petit musique

Cuando tenía seis años cantaba sin darle importancia a la letra de las canciones -incluso sin conocerla algunas veces- tarareaba con tono agudo o movía los dedos tocando las notas invisibles que flotaban hacia mí. La música nunca era parte de mi pensamiento pero si del ambiente en movimiento.

Es cierto que los adultos somos palabras dominantes y pensamientos feroces, letras rígidas y números ególatras, pero también somos sentidos que conectan, voz que alumbra y esencia que guía. Y la música es -sin ser evidente- la encargada de recordar nuestra completa naturaleza.

Veinte años más tarde aprendo lo cruel que es clasificar la música. Someterla a las leyes del pensamiento, encerrarla en géneros para denigrarla a distintas escalas es muestra de nuestra desalmada y avanzada involución humana. Tan llenos de ruido y alejados de nosotros. Vivimos aturdidos del mundo sin poder oír nuestras voces. Olvidamos nuestra naturaleza, nos hacemos tan conscientes del mundo que dejamos perder nuestro control de los sentidos al dejarnos dominar por la mente. No concibo mayor muestra de tristeza más fiel al hombre actual que aquel que es incapaz de hallarse a sí mismo en su microcosmo, bloqueando para siempre el pasadizo a su interior, encerrando junto a sus recuerdos de la niñez el sentido de la belleza, ofuscando la música y quebrando el canto de libertad del niño sensible que alguna vez fue.

Canta sin pensar. La música es silencio entre tanto ruido y ninguna persona mayor comprenderá jamás que tenga tanta importancia


Quise participar en una actividad que encontré hoy en Medium Español Trata sobre buscar en el libro más cercano la primera línea y a partir de ella escribir un texto, el cual debe terminar con la última línea del mismo libro. Al llegar a mi casa tomé el libro que siempre está en mi escritorio para recordarme que lo esencial es invisible a los ojos y este fue el resultado

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