Cuando casi asesiné por Sarmiento

Últimamente ando leyéndolo mucho al buen Sarmiento. Sus venturosos Viajes por Europa, África y Norte América, la correspondencia virulenta que mantiene con Alberdi después de Campaña en el Ejercito Grande, y el Facundo, por supuesto. Y en esas lecturas he notado algo interesante: además de una verborragia desmedida y un estilo muy particular, ese serio educador y “padre del aula”, ese señor retratado con cara de ojete en cada billete de cincuenta pesos, posee un increíble sentido del humor, una ironía y mordacidad que parecen rarezas en esos tan formales mediados del siglo XIX. Me llega una idea: escribir un artículo sobre el humor en Sarmiento. Empiezo a amontonar los fragmentos de sus textos que me han hecho lanzar carcajadas. Busco escenas de comicidad mordaz, irónica, satírica entre los escritos de ese hombre complicado que inspiró el “honor y gratitud… y gratitud” que nos hacían cantar en la escuela hasta el odio supremo. Y cada vez lo encuentro más ingenioso, más cómico. La paso muy bien leyéndolo, todo parece ir encaminado. El próximo paso es asegurarse que nadie haya abordado antes el tema; cuestión complicada, dado que sobre Sarmiento se han escrito Alejandrías enteras. Busco en el tomo de Historia Crítica de la Literatura Argentina de Noé Jitrik dedicado a Sarmiento. Nada. Por las dudas me fijo en Internet. Googleo “humor en Sarmiento”. Resultados: obras cómicas en teatros de nombre Sarmiento, algunas cosas sobre el tren que une el oeste de Buenos Aires, y entre toda esa irrelevancia, dos resultados que me aniquilan las esperanzas: «Hacia el humor de Sarmiento» y «Contextos de humorismo en Sarmiento», textos escritos en los años 70 por un tal Raimundo Lida. Ni me detengo a leerlos, me siento ultrajado por este fulano que me robó la idea, mi idea, casi 20 años antes de que naciera y pudiera tenerla. Siento la fuerza de esa injusticia, la furia de la competencia desleal. ¿Cómo se atreve a robarle a alguien a quien todavía le faltan dos décadas para nacer? ¡Ingrato! No me queda otra alternativa: tengo que volver atrás en el tiempo y asesinar a Raimundo Lida antes que se robe mi idea. No ha de ser muy difícil, me digo: si puedo reírme con Sarmiento que murió hace 130 años, tranquilamente puedo romperle la cabeza a ese otro viejo que murió en el 79. Vuelvo. Viajo al 64; podría viajar un poco más adelante, pero prefiero escaparle a Onganía. Atravieso las calles de un Buenos Aires desconocido, ajeno, como sucede en las películas en blanco y negro que cuesta relacionar con la realidad cotidiana en colores. Una radio chilla, desde un conventillo, algo sobre el presidente Illia y la ley de salario mínimo, vital y móvil. Rastreo a este tal Raimundo por la ciudad. Finalmente lo encuentro, en un bar de mala muerte, recostado contra la barra, absolutamente borracho, creo que dormido. Lo despierto de un sacudón en la nuca. Le anuncio mi propósito: matarlo para evitar que se robe mi idea sobre el humor en Sarmiento. El pobre hombre tiembla, gime, dice incoherencias, no caza un fulbo. Me digo: este no puede ser el académico aquel que escribió sobre Sarmiento; me equivoqué de hombre, de época, de ciudad, qué sé yo. Tengo piedad del pobre borracho, no lo mato, lo dejo ahí tirado, abrazado a su botella de ginebra. Vuelvo al presente. Me olvido del tema, a otra cosa señores. Después de todo, ¿quién iba a querer comprar un libro en cuya tapa estuviese el caraculico del billete de cincuenta pesos disfrazado de payaso? Solo por curiosidad, abro esos dos documentos escritos por Raimundo Lida que había encontrado en Internet. Los precede una introducción, escrita por otro estudioso. Un fragmento me deja helado: “Raimundo suele contar una anécdota muy curiosa sobre cómo se inspiró en la escritura de estos ensayos: estando en un bar y habiendo tomado unas copas de más, se quedó dormido y soñó que alguien, un bandido anti-sarmientista, venía a matarlo por escribir sobre el humor en la obra del sanjuanino. La situación le causó tanta gracia, la idea le pareció tan absurda, que no le quedó otra opción más que intentarlo. Y así fue cómo nacieron estos escritos, tan adelantados a su época que…”. No lo puedo creer. Me quedo puteando dos días seguidos. Algún día me voy a vengar de este que me estafó, que me engañó para llevarse mi idea. Aunque haya sido un académico prestigioso, algún día voy a escribir acusándolo de ser un borracho de mierda.

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