Somnus
¡¡Desperté!!
Al menos, así lo supuso Iván. Últimamente, se había vuelto muy complicado discernir entre ficción y realidad. Tan sólo hacía unas semanas que comenzaron los sueños pero… eran tan reales. Y, más importante aún, cada vez que Iván cerraba los ojos, allí estaba ella. Tan cercana, tan vívida…
Las primeras noches parecían simples sueños, fragmentos de la vida de Iván entremezclados con sus pensamientos, sus miedos, sus anhelos… un batiburrillo de sucesos borrosos sin ningún significado. Pero desde que Sandra se le apareció, el concepto de sueño cambió drásticamente para Iván. Comenzó a experimentar lo que denominan el sueño lúcido. Iván era capaz, primero de recordar perfectamente cuanto había soñado pero poco a poco pudo además tomar consciencia de que estaba soñando, gobernar sus acciones y casi el desarrollo de los acontecimientos en aquella realidad alternativa.
Poco a poco, el mundo onírico en el que se introdujo Iván comenzó a tomar forma. Todo seguía una cronología, el espacio y el tiempo se volvieron más presentes, Iván comenzó a concebir una nueva vida cuando dormía. Si en el mundo real, el muchacho se dedicaba a transportar fruta, a cuidar de su madre enferma, a sobrevivir a una hipoteca que no podía pagar y a molestos vecinos y una ausencia total de amistades, cada vez que el joven se acostaba y alcanzaba la fase REM del sueño, descubría un nuevo mundo repleto de maravillosas posibilidades. Era su mundo. En él, Iván era un chico joven y adinerado, un empresario de éxito que poseía lujosos coches y un séquito de amigos siempre orgullosos de él. Le sobraba el dinero, se dedicaba a dar inacabables fiestas en su ático… y había conocido a Sandra, una pelirroja alta, de mareantes curvas y una personalidad arrebatadora capaz de hacer que se parase más de un corazón frágil.
Después estaba la vuelta a la realidad. El despertador con su estridente soniquete marcaba cada mañana a las seis el fin de la felicidad para Iván. Vuelta a una vida gris, fría, al consuelo de una madre desesperada, a conducir una vieja furgoneta con olor a peras rancias, a estudiar facturas imposibles de afrontar…
Iván vivía y no vivía. Sólo cuando soñaba consideraba que disfrutaba de la vida. Poco a poco, pensó que podía abandonar el estado de vigilia en más de una ocasión, no sólo por las noches. Así, el muchacho decidió echar algunas cabezaditas entre repartos. Era fantástico, estuviese donde estuviese, era capaz de dormirse, de relajar todos sus músculos, de reducir su ritmo respiratorio y de alcanzar aquel universo paralelo en el que estaba Sandra. Disfrutaba así de breves paseos con ella, de momentos de pasión desenfrenada, de geniales conversaciones. “Vuelve pronto” le decía Sandra cada vez que Iván comenzaba a despertar. Volver…
No tardó demasiado en decidirlo. A Iván le gustaba mucho más aquella vida, más sencilla, mejor, junto a aquella mujer. Ya no le bastaba con compartir con ella cada noche y dos o tres instantes a lo largo del día. Iván quería vivir aquella vida las 24 horas, constantemente.
Y así ocurrió. En poco tiempo, Iván perdió su trabajo, se despreocupó de sus gastos, de su ridícula vida social… y abandonó a su madre. Dormir, ese era su único objetivo, alejarse de este mundo imperfecto. “Quédate conmigo” le decía Sandra, “aquí todo es perfecto, sin sufrimiento, sin dolor…” Así que el joven buscó insistentemente el modo de obtener aquellos medicamentos: Diazepam, clorazepato, zaleplón, eszopiclona… todo cuanto pudiese hacerle abandonar más y más horas este mundo. Hasta que no pudo volver…
“¡¡Desperté!!” pensó Iván aquella mañana…
“Falleció” le dijo el doctor Balboa a la madre de Iván. “En silencio, dulcemente, Iván nos ha abandonado para alcanzar un lugar mejor”.