Mi último reto: acabar cosas.

O cómo conseguí abandonar el “limbo creativo” con un pequeño cambio en mi filosofía

Los pasados 4 ó 5 años han sido una locura, si no un completo desastre profesional. Bien es cierto que a lo largo de este periodo he conocido cientos de creativos con un futuro prometedor a los que aún me dirijo con frecuencia en busca de inspiración y asesoramiento. Por no mencionar el dinero, que aunque solo sea simbólicamente siempre ha estado ahí facilitándome seguir aprendiendo.

Sin embargo, la inspiración y las ganas de crear fueron disminuyendo progresivamente con el tiempo. Ya no sentía la necesidad ni la motivación imprescindibles para embarcarme en nuevos proyectos. Cancelé otros muchos en curso. Me sentía henchido en una especie de limbo creativo del que no sabía como escapar. Mi única alternativa: desconectar y evadirme temporalmente del trabajo para reflexionar.

Tras mucho meditarlo y hacer autocrítica encontré una causa factible. Ya sea a través de un dicho familiar que mi madre repetía cuando era pequeño, o de un poema del mismísimo Bukowski -sorprende no hallar relación directa entre ambos dada la similitud de sus palabras-, descubrí que mi indisposición para iniciar nuevos proyectos residía en mi propia incapacidad de terminarlos. Y es que…

Está muy visto, pero se entiende el mensaje

Varios meses atrás, me propuse un reto muy sencillo: acabar cosas. Una ligera alteración en mi manera de pensar según la cual, por primera vez, el peso de cada proyecto ya no recaería en el potencial de una idea, sino en la ejecución o puesta en práctica de la misma. No quiero que este post caiga en el eterno conflicto idea vs ejecución; considero ambos de vital importancia para el éxito de un proyecto. Pero eso para otro rato.

Mi clave personal residió en implantar una filosofía que valorara el propio hecho de terminar las cosas, independientemente de su éxito o fracaso.

En mi caso empezó a surgir efecto pronto.

En un principio anotando simples objetivos diarios en una lista y tachándolos conforme los cumplía. Más adelante con tareas más complejas o proyectos pequeños, donde los beneficios comenzaron a ser visibles y mi sensación de satisfacción puso fin a la desmotivación para traer de vuelta mi entusiasmo. Finalmente, mediante un proyecto a gran escala: escribir un libro.

Así, con un ínfimo cambio en mi perspectiva, conseguí recuperar mi vitalidad y ambición. Desde entonces he escrito mi primer ebook acerca del ecommerce -techies no me matéis, por favor, si os parece cutre es que no es para vosotros- a la vez que trabajo ya en el segundo; he lanzado mi primer producto físico (no digital) en el sector de los drones de carreras, con relativo éxito; y estoy un paso más cerca de presentar el MVP de algo en lo que llevo meses trabajando con mi amigo Jorge Sanz, que ya es más lejos de lo que he llegado nunca con ninguna startup.

Aplicando el mismo principio en los estudios y el ámbito personal, los resultados han sido increíblemente gratificantes. El estrés post-examen y mi preocupación por lo que opinan los demás han dado paso a una mayor seguridad y confianza en mí mismo justificada en la satisfacción personal de acabar todo lo que me propongo. ¿Qué importan las críticas de los demás cuando la autorrealización rebosa por tus entrañas?

No obstante, he notado cómo la gente empieza a interesarse más por mis proyectos y a valorar poco a poco mi trabajo. Porque, aunque nos cueste admitirlo, sin quererlo ni beberlo tendemos a admirar a los demás en función de sus logros, independientemente del esfuerzo o tiempo invertido; sobre todo cuando fracasan.

Como nuevo reto, aprender a sobrellevar la frustración inducida cuando las circunstancias me impiden acabar mis retos. Que da para otro artículo...

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