Triunfar

O la ambición de crear cosas


Abrumados por las maravillosas historias de unos pocos, afortunados, los que alcanzan la vida soñada. Historias de éxito, de millones de dólares. Historias que nos corroen por dentro, a sabiendas de que nosotros podríamos haber sido uno de ellos. Pero no. La palabra triunfo no va con nosotros. Estancados en la inmensidad del océano, perdidos, en busca de la más mínima luz que guíe nuestro camino.

Hemos leído todo lo escrito y por escribir. Conocemos a la perfección todas las metodologías y estrategias de los mejores Product Managers. La frase Think outside the box ya no tiene sentido para nosotros. Pero, principalmente, estamos repletos de ideas; ideas para cambiar el mundo.

Y todo esto suena genial -nadie lo niega-; aunque no vale una mierda, porque, desgraciadamente, en este mundo no eres nadie si no logras nada.

Nadie recuerda a quien lo intentó.

Internet

La mayor fuente de multimillonarios del nuevo siglo. El único producto que no exige manufactura, ilimitado. Una mina de oro.

Más bien, un mercado imposible de definir en términos matemáticos o económicos. Un mercado que no se rige por ninguna regla. Una lotería.

En este sentido, equiparable a la Bolsa. Símil que siempre me remite a la película de “El Lobo de Wall Street” -que al margen de mala, cómica-. Más concretamente, a la escena en la que el protagonista, todavía un don nadie, se encuentra sentado en un restaurante frente a un exitoso broker de Wall Street, el cual le explica la clave de su trabajo.

El precio de las acciones puede ir determinado, en cierto modo, por los beneficios de la empresa, por su labor administrativa, por su política, o incluso por su dirección de marketing. Sin embargo, depende de un factor mucho más importante que poca gente mantiene en mente: las personas.

El usuario es la base de cualquier servicio. La base, y el cliente.

Las empresas deben orientar su modelo de negocio hacia él.

Miles de startups con ideas geniales, equipos rebosantes de talento, respaldadas por los mejores inversores de “el Valle” no consiguen encontrar su hueco en el mercado, a pesar de cumplir con todos los requisitos y estandartes establecidos y por establecer.

Por culpa de las personas.

A lo mejor, si hubieran sabido adaptar su modelo hacia ellas, el resultado habría sido diferente. Algo parecido, aunque bastante mejor explicado, defiende la filosofía Human Centered Design.

Somos seres imprevisibles por naturaleza.

Nuestra tendencia natural a la entropía hace imposible predecir nuestras acciones, y por tanto intuir qué proyecto destacará sobre los demás. La mejor idea no siempre gana. Tu proyecto, tu idea, puede ser perfecto sobre el papel, lo cual no garantiza que lo sea en el mercado. No obstante, siempre existe una mínima opción de que tú, yo, o la persona que observa disimuladamente tu pantalla para averiguar que estás leyendo -si no hay nadie a tu alrededor ignora esta opción- sea el próximo Mark Zuckerberg.

Un juego de perseverancia

Ya sea por la manera en que he sido educado, o por el entorno que me rodea, desde pequeño siempre he confiado en el éxito a través del esfuerzo. Puedes emprender 100 veces. Fracasar todas. Volver a intentarlo, y fracasar 101. Con que una sola, la más endeble y estúpida de todas, logre abrirse paso a empujones entre las demás, todos los errores anteriores quedarán en la memoria como “un proceso de aprendizaje”.

Yo, por si acaso, sigo intentándolo. Y ya van 3 fracasos. Porque, como decían en aquella película:

Todos tenemos un boleto ganador, solo hacen falta huevos para ir a reclamarlo.

Y ahí radica la diferencia: en tener huevos para seguir adelante. No hay excusa para el fracaso, solo boletos para alcanzar el éxito. Recuerdo que alguien siempre me decía:

Si lo intentas, puedes perder. Si no lo intentas, estás perdido.

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