El vacío

En 55 días se acaba el año y casi que puedo hacer un balance anual. Me parece hermoso y reconfortante poder mirar en retrospectiva el tiempo que ha quedado atrás; porque es así como entiendo ciertas situaciones y sigo teniendo esperanza en el camino.
Así las cosas, si me preguntaran por el 2019 diría que estuvo lleno de vacío. Desde que comenzó el año, el vacío quiso quedarse conmigo, y cuando hablo de vacío me refiero a una sensación en el pecho que me invadía después de ciertos cambios o movimientos a los que ya no podía resistirme más.
No lo busqué, de hecho, me persiguió hasta que me encontró. Lo evité un tiempo más porque como nunca me había dado la oportunidad de sentirlo, no sabía cómo vivir en él y porque pensaba que lo correcto siempre era luchar por no perder nada, por mantener lo que ya había construído. Sin embargo, la vida, que es tan sabia, me insistió e insistió hasta que me obligó a sentir ese gran vacío al que le tenía tanto miedo; y para mi sorpresa, me demostró cuántas cosas pueden crecer en él y que, incluso con él, se puede sentir mucha más plenitud.
El vacío se sintió fuerte, se sintió desafiante. Se sintió muy parecido a ese momento instantáneo en el que uno se lanza de un lugar muy alto, solo que la sensación no pasó sino que permaneció horas y hasta días. Pero, también se sintió liviano, desestresante, expectante y muy emocionante: “no tener la certeza de nada, es tener la posibilidad de todo”.
Me siento feliz de que el vacío haya sido el protagonista de buena parte de mi año, porque el vacío es difícil pero enseña a escucharnos más, a ser más conscientes de nuestras necesidades, a sentir de verdad y a no ser llenado con cualquier cosa. También, aunque suene cliché, hace espacio para que lleguen nuevas historias, personas, situaciones; porque ¿dónde ponemos todo lo que deseamos si lo estamos ocupando con algo que solo nos conforma o, peor, que no es lo que queremos?
Siento que el vacío es un terreno para sembrar ilusiones nuevas y más grandes, que aparece cuando la vida nos pide cambio y que no es para nada fácil; que puede doler, que puede dar miedo, que nos saca de nuestra zona de confort, que necesita valentía y que puede durar mucho tiempo. Pero siento también que es el momento para hacer una pausa en la vida, porque a veces nos sentimos sofocados y rodeados de un millón de cosas que ocupan espacio pero que no nos llenan.
Creo que el vacío puede llegar muchas veces, en diferentes aspectos de la vida y creo que es probable que el sentimiento inicial sea de desorientación, miedo y frustración. De hecho, hay muchos momentos en los que aún me asusto e intento llenar el vacío con lo que a simple vista es cómodo; pero, afortunadamente, me acuerdo de que siempre será mucho mejor caer en el vacío y permanecer en él hasta encontrar algo que me haga vibrar, que llenarlo con mediocridad. Siempre será mejor caer que estancarse en un espacio que parece lleno pero que, en el fondo, genera una sensación más vacía que el mismo vacío.
Creo también que cada vez que llega trae con él la oportunidad de enfrentarnos con nosotros mismos, de encontrar las razones por las que nos llenamos de energía, cosas, empleos o personas que no están alineadas con nuestra verdad y de hacernos más fuertes y sabios. Además, de conocer, con menos distracciones, qué es realmente lo que queremos para llenarnos y no solo para ocuparnos.
