(volver a) comer.

cómo dejé de ser vegetariana después de nueve años.


Miro la milanesa. La miro en el plato, chiquito, de postre, de bordes verdes. Es mediana, tiene pan crocante por fuera. Se ve rica, tierna, dorada. Clavo el tenedor, después deslizo el cuchillo. Lo hundo, atravesando el pan, llegando a la carne, desmembrando con el filo todas esas texturas hasta llegar a la loza del plato. Corto un pedazo. Lo vuelvo a cortar, justo después de acercarlo a mi boca. Lo acerco. Lo miro. Dudo. Se me llenan los ojos de lágrimas. Lo dejo de mirar y dejo de pensar y de un impulso, me meto el bocado. No lo mastico. Lo conservo en la boca entero. Intacto. Me quedo paralizada en un instante que entiendo, va a cambiar todo. Me obligo a mi misma a masticar, a aplastar las muelas sobre ese pedazo de carne que es en verdad, un pedazo del lomo de alguna vaca que alguna vez decidí dejar de comer. Una vaca que se murió, que sufrió en el proceso, que descargó miedo, ira, terror, y que lo dejó grabado en su sangre, antes de caerse muerta, derribada por un estacazo, un golpe, un martillo. Aprieto las muelas, deshago el pedazo de carne. La milanesa está bien cocida, pero suelta el jugo, que antes fue sangre, que se mezcló con el pan rallado, con los huevos batidos, con las especias. Siento lo crocante y lo humedecido por la carne. Una parte me roza la lengua. Siento la textura. Automáticamente mis dientes se acuerdan cómo masticar y desgarrar, y el bocado pasa de un lado a otro de la boca. Es intuitivo, mecánico. Nunca dejé de pensar que como humanos, somos omnívoros. Jamás fui de esas vegetarianas fundamentalistas. Pero alguna vez sentí que podía olvidarme cómo era comer como comían los otros, como yo comía antes. Siento el sabor. Un sabor que hace nueve años me había decretado a mi misma que no iba a volver a sentir. Para no tragarme el sufrimiento, la mala energía, el sabor de la muerte dolorosa. Frases armadas con las que respondía a las preguntas obvias que siempre esperaban tras la confesión de ser vegetariana en cualquier ambiente nuevo. En nueve años me había tragado otras cosas, pero no iban al caso en ese momento. Yo estaba frente al plato, con la milanesa en la boca, desarmándose entre mis muelas. No pensé en la vaca pastando libre y feliz, ni en la vaca colgando en el matadero, ni en la sangre, ni en que me estaba corrompiendo ni alejando de un crecimiento espiritual. Pensé en qué extraño volver a sentir ese sabor, que hacía que de chica me bajara yo sola media fuente de milanesas, que quisiera comerlas varias veces a la semana, que fueran mi plato preferido y que me causaran un placer tan simple e infantil. Que en ese instante volvía en un bocado, y era real. Estaba volviendo a comer una milanesa en nueve años de abstinencia a cualquier tipo de carne. Menos la humana, evito todas, repetía el chiste fácil y estúpido en la oficina nueva, en el viaje de trabajo con colegas desconocidos, en algún evento. Como todo lo que no tiene ojos, repetía esa frase horrible, como para sintetizar qué si y qué no, aunque siempre era más el no que el si.
Dejar de comer algo –o mucho- trasciende el motivo, es restricción. Yo ya me había olvidado por qué me había prohibido a mi misma comer como el resto de la mayoría de mis amigos, familia y conocidos, hasta que empezó a molestarme decir que era vegetariana en cualquier ámbito nuevo. Hasta que empecé a odiar cambiar los platos, incomodar al que me lo ofreciera, comer verduras insulsas en los asados, escuchar cada vez que traen una bandeja con quesos grasosos, ‘no, no, que coma ella que no puede comer otra cosa’. ¿Cómo que no puede? Yo puedo todo. Yo no quiero, no elijo comer otra cosa, me decía a mi misma. El día que quiera volver a comer carne, voy a comer, me justificaba. Y me enojaba. Me convencía a mi misma de que yo estaba eligiendo. Hasta que me olvidé porqué lo elegía, y me empezó a molestar. Hasta que no supe cómo volver.
Dejar de comer algo, es censurar. Es como bloquear puertas, y las puertas más primitivas, más personales. Comer es el acto más profundo y honesto con uno mismo que existe. Es algo que por casualidad o causalidad, aprendí a entender en el último tiempo, en el que mi trabajo y mi vida se fusionaron en un sinfín de escenarios gastronómicos que no elegí, pero que me eligieron a mi. Para que te amigues con la comida, me diría mi terapeuta y yo la miraría desconcertada. Un día me di cuenta que, a mis 30 años, el 30% de mi vida había decidido restringirme, prohibirme, auto excluirme de situaciones sociales y muchas veces mentirme, usando siempre la misma frase hecha para dar el porqué de mi decisión: “es por una cuestión de energía en lo que comés”. No decía nada más. No militaba, no era una fundamentalista de la vida verde. Detestaba a los talibanes de la lechuga, a los veganos y a los falsos espiritualistas de la alimentación. De hecho empecé a odiar todo lo vinculado al fanatismo veggie. Un día me habló por chat un chico que, según contó orgulloso, lo era desde hacía más de la mitad de su vida. Ahí me di cuenta que detestaría salir con alguien así. Pensé en mi misma, en todos los que habían salido conmigo, en la chica vegetariana. Supe instantáneamente que eso ya no tenía más nada que ver conmigo, que no quería ser eso. Pero no supe cómo volver, ni qué quería ser. Y pasé mucho tiempo incómoda, enojada, triste. Hasta que una amiga me puso un últimatum. Si no ponés una fecha, no volvés más. Tenía razón. Me hizo prometer aceptar cada plato en la siguiente comida de trabajo que tuviéramos, como hace todo el mundo. Volver a ser como todo el mundo. Lo prometí sin saber qué estaba prometiendo, me abrazó y se me hizo un nudo en la garganta. No sabía cómo iba a sostener esa promesa, que no era para ella, era para mi. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Como tres días después, enfrente a ese plato chiquito que me miraba a mi más de lo que yo a él. Ahí me di cuenta que no podía exponer algo que yo sentía tan íntimo a un montón de desconocidos en un próximo evento social. No supe cómo volver hasta que me puse en frente ese bocado de milanesa.
Darte de comer es un acto más profundo que si tuviera sexo con vos, me dijo un cocinero una vez y me shockeó, me hizo entender en pocas palabras el verdadero significado del comer, del cocinar. Otro me habló de los productores, de la cadena de la tierra al plato. Leí lo que escribió alguien más y que admiré, sobre honrar a ese animal que, de algún modo, se brinda en una cadena sabia, eterna, honesta. Honrarlo con la cocina, con el placer de saber recibir, de perpetrar un acto que tiene miles de años y nos hace ser quiénes somos desde que se descubrió el fuego, y antes también. Ahí estaba la energía que yo mencionaba sutilmente, sin saber del todo de qué hablaba. Que yo embanderaba en una restricción que con el tiempo olvidé porqué me había autoimpuesto, para tapar otros desórdenes, alimentarios y mentales. Justificada en decenas de libros de nutrición, papers, descubrimientos, investigaciones, que creía, me hacían entender más que el resto, saber lo que estaba realmente bien, pero haciendo las cosas mal: comiendo raleado, repetido, frío, descuidado. Abandonándome a comer, más que entregándome. Eligiendo siempre la entrada en ración doble, para no molestar, para pasar desapercibida. Aceptando una ensalada sosa como plato principal, sin decir nada. Para que no se note. Como si hubiera algo que esconder.
Apreté fuerte los dientes y la milanesa ya estaba deshecha en la boca. Hice un gesto extraño, que desconozco, pero que estuvo. Lo sentí. Entre el rechazo y el temor. Tenía que tragar esa bola, ese pedazo de carne muerta, que un golpe, un cuchillo, pan rallado, un horno y la intención de mi mamá, habían transformado en un plato de mi infancia, transmutando la energía de la violencia del matadero en amor de madre para un almuerzo de un lunes al mediodía de una semana cualquiera. Cerré los ojos y sostuve la idea de que no iba a escupir ni a vomitar. Que tenía que mandar eso a mi estómago y retenerlo el tiempo suficiente como para que mis propios jugos gástricos lo desintegraran, lo absorbieran y lo transformaran en parte de mi, en energía corriendo por mi sangre, la humana, la que hace miles de años recuerda cómo comer granos, frutas, verduras y también carnes, las que sean. Y que entiende ese alimento, haya estado vivo o no, como parte fundamental del ciclo de la vida. Que agradece el proceso.
Un día, después de nueve años de ser vegetariana estricta, dejé de serlo a partir de un bocado de milanesa que mi madre preparó unos días antes, que tenía congelado en el freezer, que puse en un horno eléctrico con un poco de aceite durante quince minutos y después puse en un plato de postre de bordes verdes. Apreté el tenedor con la mano derecha y tragué.