Sueños ilusos.
Extrayendo fuerzas desconocidas para continuar caminando, dispongo la atención de mi vida en aras de volver a aprender a andar; oscilando entre sueños reiterativos que por seis meses me han despojado de sus ahora extintos deseos por tener dulces sueños.
Una figura conocida se acerca en cada sueño al vacío en el que se ha convertido mi hogar, en sus manos sujeta con contundencia lo que me ha arrebatado: se tiene a ella misma.
Entre lágrimas despierto, encontrándome arrojado en mi realidad, ausente de ella pero colmada de su desprecio.
Cualquiera podría decir “Es solo una ruptura, vendrán más” y quizá tengan razón, valiéndose de sus propias experiencias, pero como ella no existen dos en el mundo. Sin embargo ahora, estoy comprendiendo el gran trasfondo de este arrollador dolor.
Riendo sin querer hacerlo, o tal vez haciéndolo para no llorar, me relaciono con un mundo para el cual siento pasar desapercibido.
He bajado diez kilos, entre noches eternas de llanto y oscuridad abrumadora, recordando los lugares a los que solía ir y donde ahora ni siquiera mi rostro quiero compartir.
Ella tiene mi nombre favorito, la voz que me hace sonrojar y la sonrisa que me solía levantar de cualquier sufrimiento, pero ahora en su andar particular que ni las lágrimas pueden dejar de distinguir, encuentro a mi persona favorita en el mundo con aquella primera mirada de desinterés. Donde solía existir el amor más grande, ahora solo quedan recuerdos y sueños ilusos de una realidad inexistente.
Jamás pensé que mi mayor temor se hiciera realidad, pero la realidad es aún peor que en cada sueño.
Sin saber cómo, me empiezo a recuperar, aunque continuo hablando poco y llorando mucho, obligándome a seguir y tan solo levantando la mirada para encontrarme con Dios en búsqueda de alivio.
Si me llegas a ver, aquí estoy.
