Talavera: Ciudad Precaria
- Los talaveranos cuentan cómo es su vida en la tercera ciudad con más paro de España
- Ni PP ni PSOE han conseguido frenar el paro en la localidad
- Alrededor del 35% de la población activa se encuentra desempleada
Ainhoa Martín danza inquieta. Metro cincuenta y tres, pelo liso, eyeliner, labios carnosos pintados de burdeos, camiseta de promoción y pantalones pitillos. Lleva desde las dos de la tarde de pie en el semisótano de los únicos grandes almacenes que quedan en Talavera de la Reina. Por eso, tras intercambiar un par de frases conmigo, se da cuenta de que yo no le compraré nada ni ella podrá vendérmelo. Automáticamente, la sonrisa forzada cae y me ofrece su rato de descanso. Un momento en el que sus zapatos negros dejen de hacerle daño.
Con veintiún años a sus espaldas, esta joven se pasa las tardes de navidad apilando las cajas de experiencias variadas durante seis horas diarias todos los días de la semana. Es capaz de vender desde un fin de semana por los hoteles más lujosos de Europa hasta un masaje tailandés, pasando por una emocionante vuelta en un Formula 1 biplaza. Duda un poco antes de confe- sar que no sabe cuánto cobrará a final de mes. Por contrato, la empresa debe abonarle seis euros por hora, aunque reconoce que no suelen pagar todo lo que deben.
“Vivimos el día a día, no puedes vivir a largo plazo”. Ainhoa Martín.
Masajea sus gemelos mientras me cuenta su paso por la urbe. “Vivimos el día a día, no puedes vivir a largo plazo”. Consiguió sacarse en un año el grado de Educación Infantil, justo el mismo tiempo que llevaba sin hacer nada, hasta que una amiga le pasó el trabajo. Asegura que ella querría quedarse aquí, pero lo ve complicado.
Esta chica es solo una de las muchas historias que pueden verse dando un paseo por la ciudad. La segunda más poblada de Castilla la Mancha y la tercera de España con más paro.
Desde el centro, la calle San Francisco es la forma más rápida de llegar desde el casco antiguo a las grandes avenidas que dividen la ciudad. Esta peculiaridad le hizo convertirse desde su fundación en una calle llena de comercios. Las grandes tiendas solían situarse allí. A día de hoy solo unas pocas franquicias siguen con las puertas abiertas. En el momento de realizar el reportaje, pocos días antes de la llegada de los Reyes Magos, poca gente lleva bolsas entre sus manos.
Una de las raras excepciones es David Merino, este joven de veinte años reconoce que su madre tendrá un regalo bajo el árbol durante la mañana del día 6 de enero. En un pequeño saquito hecho de papel muestra un pintalabios, un perfilador y un pintauñas.
-¿Crees que le gustará?
-No sé, pero es lo único que puedo comprarle- contesta apenado.
Un pequeño silencio interrumpe la conversación, le pregunto por el precio total del regalo y murmura que ocho euros y medio. Su cabeza dibuja tres grandes arrugas cuando arquea sus cejas para contarme su historia. Toca su tupé rubio y se ajusta sus gafas de pasta antes de contarme que lleva desde verano sin trabajar. Cuenta con un grado medio en mecánica, pero solo ha llegado a tener dos entrevistas de trabajo, en ambas le pedían más experiencia. “Buscan una persona de 20 años pero con cuatro de experiencia”, rechista.
El Puente de Castilla La Mancha, el más grande de España. Una mole de 192 metros de alto cuya digestión todavía se atraganta.
De nuevo, el mutismo se vuelve apoderar de la escena. Le pregunto por sus sueños y, por primera vez, deja de mirarme a los ojos para mirar al suelo. Espera aprobar las oposiciones para entrar en la Guardia Civil y no volver a pisar la ciudad. Desgraciadamente no es ninguna rareza, Talavera suele ver como los niños que jugaron al balón por sus calles hace pocos años acaban marchándose a Madrid, que solo queda a 140 kilómetros, o a algún otro lugar donde haya trabajo.
El puente (o cómo malgastar el dinero)
La situación no fue siempre así, hubo momentos en los que la ciudad crecía sin parar. Al ritmo de la burbuja, muchas empresas optaron por dedicarse al ladrillo. Así, como sostenidos de la nada comenzaron a aparecer pisos dónde antes solo había descampados. Imbuidos por este clima de prosperidad, se optó por fabricar un monumento megalómano. Una suerte de puente de Brooklyn manchego elaborado a fuego lento durante cuatro años. Para llevarlo a cabo, la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha solo necesitó 33 kilómetros de tirantes, 72.000 metros cúbicos de hormigón y diez mil toneladas de acero.
El resultado es el Puente de Castilla La Mancha, el más grande de España. Una mole de 192 metros de alto cuya digestión todavía se atraganta. 75 millones de coste y unos gastos de mantenimiento que el ayuntamiento se ha mostrado incapaz de asumir. En resumidas cuentas, una forma más de tener una página de aquella España del despilfarro. Todo podría ser justificable salvo una cosa: No tiene tráfico. La circunvalación para la que estaba planeado se canceló por falta de presupuesto y la cantidad de coches que pasan es mínima. Dentro del centro histórico, todo el mundo habla mal de la construcción. Solo una familia se muestra favorable a él, la que vive debajo. El frio ha hecho que la pequeña chabola donde un hombre vive con su mujer y su hija parezca desangelada. La pequeña sonríe cuando me ve llegar, pero sus padres no saben español y no llego a entenderlos. Solo cuando les pregunto por cómo están la mujer pasa sus manos por los hombros, en señal de frío. Esta pequeña familia recibió 2017 a cuatro grados bajo cero.
Así, con un puente en construcción, las viejas promesas tuvieron que esperar. De esta forma, el AVE sigue sin llegar, a pesar de que solo Albacete es más grande en la comunidad. La principal actividad económica de la ciudad era el ladrillo. El mismo que acabó derrumbándose. Ahora, con más de 34.000 parados, todos los gobiernos, sea cual sea el color, intentan inyectar financiación. Algo parecido a Uma Thurman en Pulp Fiction, agonizando mientras que John Travolta y su camello no saben muy bien como suministrar el chute de adrenalina.
No obstante, el paciente llevaba mucho tiempo experimentando varios fallos multiorgánicos. La agricultura dejó de ser el motor de la economía cuando el trasvase Tajo-Segura trajo una sequía permanente a la ciudad. Buscando entre los álbumes de fotos encuentro una instantánea. Un niño de unos ocho años posa con el agua por las rodillas, al fondo se ve gente bañándose. Era una de las playas que bañaban Talavera, ahora las piraguas de la escuela municipal tiene problemas para dar paladas.
Mari (o la ausencia de esperanza)
Mientras tanto, la globalización entró por la puerta y forzó que el sector textil cayera por la ventana. Así lo describe María Teresa. A sus 55 años, lleva siete sin trabajar. Era la encargada de unir las mangas de las camisas y recuerda perfectamente su último día en el taller, así como el ruido de las máquinas: brum clack clack
Los susurros a su espalda le sirvieron para saber más sobre por qué la tenue sonatina de la radio se había extinguido. Brum clack-clack. El jefe, señalando a las compañeras, decidió quién se quedaba en la empresa y quien no. Brum clack-clack. A Mari, como le gusta que le llamen, comenzaron a sudarle las manos. Brum clack-clack. El corazón le bombeaba a un ritmo muy alto. Su cuerpo, tenso delante de la máquina, le impedía llevar a cabo su trabajo como de costumbre. Brum clack-clack Por un momento, cuando su superior salió de la sala, respiró aliviada, luego volverían a por ella.
No fue la única ese día. Ella recuerda que alrededor de otros veinticinco trabajadores se vieron forzados a buscar otra ocupación. Durante esa jornada, el único remate fue su firma, estampada en el finiquito. No sin antes esperar en una oficina aséptica la cola, hasta que llegara su turno. No podía parar quieta. El reloj no avanzaba hasta que, una vez en el despacho, le confirmaron que estaba despedida. El resto de los trabajadores correrían la misma suerte poco tiempo después, ya que el objetivo era llevar la producción a un lugar más barato. “Ahora está en Bulgaria, creo”, sostiene.
Lo que vino después fue la condena a una vida de ama de casa, a cuidar a sus nietos, por aquel entonces dos, ahora cuatro. También aparecieron los problemas de salud: fibromialgia, alergias, una aneurisma en el corazón y un infarto cerebral hace cuatro años. El 25 de agosto de 2014 “volvió a nacer”, tal y como ella reconoce. Ahora mantiene una dura batalla contra sí misma y sus dolores.
Solo bebe café cuando apago la grabadora, me muestra sus ojos vidriosos y me confiesa que sus mejores años los pasó trabajando:
-¿Por qué?-pregunto extrañado
-Porque me sentía útil.
En definitiva, Ainhoa, David o María Teresa. Víctimas todos ellos del mismo mal aunque no se conozcan. Supervivientes que se aferran a la vida en esta ciudad precaria.
