Nació y desde los 3 años de vida le inculcaron la idea de un príncipe que algún día habría de conocer. Cumplió 6 y se enamoró de su profesor de música porque la veía con dulzura y le hablaba con amabilidad, hasta que un día a la salida, lo vio a besar a otra mujer. A la edad de 9 se enamoró del niño nuevo del colegio, el cual sólo pensaba en coches de juguete y nunca la volteó a ver. Al llegar los 15 le confesó amor a su mejor amigo, que reclamó que no quería que su relación cambiara por miedo a perderla, y aun así se alejó. A los 17 cayó perdida por el malo de la escuela, se besaron en una fiesta y él nunca la volvió a buscar.

Se enamoró tantas veces, y de tantas personas distintas que al final le era imposible a todas contar.

Con el tiempo, perdió la fe y se dijo a si misma que tal vez no estamos hechas para un solo príncipe, tal vez tenemos muchos príncipes que se enamoran, nos enamoran, y con el paso del tiempo, se van. Y así, fue aprendiendo que partes de su cuerpo gustaban más, que cosas decir y que cosas callar; aprendió a hablar con la mirada y a hechizar con caricias en los lugares correctos. Poco a poco aprendió a enamorar a los príncipes transitorios que pasaban por su vida y al ver que ninguno se quedaba, optó por hacerlo todo al revés. De esta forma, se vio forzada a recorrer cada rincón de su persona, a memorizarse de pies a cabeza para así saber como reaccionar ante cualquier situación, y después de tanta espera, logró volverse a enamorar. Pero esta vez fue para siempre, porque se enamoró de ella y de nadie más.

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