Dejar ir.

A veces estoy a las 2 de la mañana despierta, recuerdo algo y empiezo a llorar, porque algo me duele por dentro. No tengo puta idea de que será, pero bueno, ya que.

Sí, por si se lo preguntaban, desde los 15 años fui diagnosticada con depresión, baja autoestima, ansiedad y para cerrar con broche de oro, persona con pensamientos suicidas. Pasé los mejores años de mi vida (la adolescencia) sufriendo en silencio porque nunca fui lo suficientemente madura para abrirme y expresar lo que sentía, porque pensaba que la gente me iba a juzgar, a reírse de mi. Me daba una ansiedad terrible ir al colegio, ver cómo las muchachas de mi generación parecían barbies y yo, bueno, yo parecía más como Babe el cerdito porque mi ansiedad me hacía comer, comer y comer. Hubo unos meses en que pedía permiso para ir al baño e iba a llorar. Pensé que eso iba a terminar cuando me graduara pero ¡UPSSS!, no. Llegué a la universidad y me saltaba clases de cálculo para ir a llorar detrás del edificio de ciencias económicas. ¿Porqué? No tengo la más mínima idea. Simplemente quería llorar. Mi último episodio tan grande fue en un baño de Multiplaza Escazú. Eso fue en el 2014.

Me hice tales heridas a mí misma que hasta el día de hoy, mi familia piensa que me las causó mi conejita Godzilla pero no, me las hice yo misma, con mis propias uñas me arranqué pedazos de piel. Estómago, piernas, brazos. Hay muchas cicatrices en mi pancilla, que mi actual yo borró con sábila (la sábila la solución a todo). Nunca tuve el valor de decirle a mi familia o amigos que fui yo misma la que las hice. Incontables veces agarraba el cuchillo más grande de la cocina y lo ponía en mi garganta pero nunca tomé la última decisión. Un amigo se dio cuenta y amenazó con decirle a mi mamá y por supuesto, fue peor. Un día tomé muchas pastillas pero las vomité.

¿Porqué cuento algo tan personal? Porque sé que hay más de uno/una por ahí pensando que su vida es algo sinsentido, que no valen nada y que no tienen propósito en esta vida. Porque sé que como yo, hay gente que tiene miedo y cree que está sola, pero no. Gracias a las redes sociales noté que muchas personas han sentido algo parecido y poco a poco, el tabú entorno a las enfermedades mentales ha ido desapareciendo.

A veces somos muy superficiales y pensamos que el propósito de la vida es tener plata, vivir en una casa súper lujosa, tener carro último modelo, chuzo de celular y ser bien guap@s. Pero de nuevo, ¡UPPPSS! No, ese no es el sentido. O eso descubrí yo cuando pensé que ya no había salida (a fin de cuentas esto lo escribo desde mi perspectiva y por supuesto sé que hay gente que va a diferir conmigo y eso está bien).

… Pensé que mi vida no tenía sentido hasta que un día en la clínica para sacarme sangre, una señora me agarró y se desmayó y pude estar ahí para atajarla. Tuvo sentido el día que una amiga me pidió ayuda en Química y la ayudé a pasar el curso, a pesar de que yo también estaba mamando. Tuvo sentido hoy, cuando mis nuevos compañeros de trabajo me hacen preguntas porque ellos no saben y piensan que yo si (pero no sé). Tuvo sentido cuando fui a Pequeño Mundo y al señor mayor que estaba adelante de mi le faltaban 25 colones para comprar una pasta de dientes y nadie quería ponérselos, y se los di. Tuvo sentido cuando una señora mayor en el hospital Blanco Cervantes me abrazó y me dio un beso y en serio no sabía quién era, pero hasta la bendición de Dios me dio. Cuando estuve al lado de mi papá obligándolo a comer mientras estaba en radioterapia y ya parecía una calavera. Cuando en una parada de buses de la UCR un muchacho me ofreció una chupa de sandía y empezó a desahogarse, dijo que nadie le compraba porque pensaban que él iba a robarles y eso lo ponía triste. Cuando por mi antiguo trabajo había un señor mayor y cuando le di cualquier vuelto que tenía para salir rápido de eso, y se le salieron las lágrimas y dijo «al fin puedo comprarme un cafecito». ¿Qué hubiera pasado si yo no hubiera estado ahí porque me suicidé? Eso es algo que siempre me pregunto. Tal vez no significó nada para ellos y probablemente si me volvieran a ver no me reconocerían, pero eso me marcó a mi para siempre.

Entonces me di cuenta que de eso se trataba, de dejar ir. De tener un filtro donde retengo lo bueno y dejo ir lo que no necesito. De ser selectiva con mis batallas.

Un día, después de varias terapias en psicología y tratamiento antidepresivo, me puse a pensar «¿qué estoy haciendo? ¿Porqué la vida me parece tan mierdísima? ¿Qué es lo que odio tanto?» Yo odiaba la vida, pero la vida no me odió a mi. Me dio mis dos superhéroes sin capa, CC mis papás, dos hermanas fabulosas, una familia, pocos pero leales amigos, la oportunidad de estudiar, empleo, un compañero de vida que parece hecho a mi medida, cosas pequeñas que uno, por estar cegado en su miseria, no nota. Y pensé «le estoy devolviendo a la vida lo que me ha dado mutilándome, odiándome y siendo una maldita malagradecida.» FUCK MAE, NO. Fue demasiado. ¿Qué gané sintiéndome miserable? Nada. Y no voy a ganar nada nunca.

Dejé ir mi odio a mí misma, dejé ir mi odio hacia mi cuerpo, mi ira, mi enojo. Mis ganas de hacer daño con palabras, mi apatía. Me dije «no voy a ser una más» (y me refiero a esos que todo lo critican y ven lo malo siempre, que hablan y hablan y no hacen nada. Que no ayudan en nada, no cooperan y más bien estorban y no tienen iniciativa, y solo les importan ellos mismos y si sobra, para ellos también).

Aprendí que mi cuerpo, con sus estrías, kilos de más, celulitis, cicatrices que yo misma me hice, espinillas, pelos, es mío.

Que la gente siempre necesita ayuda, que necesitamos empatía, amor propio y hacia los demás, que sufrir nos hace fuertes. Las heridas se borran (sábila, ja) pero aprendemos de ellas.

No tengo lo que a algunos les sobra, pero hay algo que AMO de mi hasta el día hoy: mi fuerza. Fuerza que no sé dónde la saco (mi mamá es una leona y mi papá superó su segundo cáncer, tal vez viene de ahí). Fuerza para sobrevivir a múltiples intentos de suicidio, fuerza para sobrevivir un día más a pesar de llorar 12 horas seguidas. Fuerza para seguir aunque sintiera que todo estuviera perdido. Para estar hoy aquí, escribiendo esto sin miedo.

¡Puta, mae! Estamos aquí tan poco tiempo, y pasamos ese poquito tiempo sintiéndonos tristes habiendo cosas tan lindas allá afuera. Vea videos de perros o de gatos o mejor aún, adopte. Siembre una plantita, ríase de sus errores, oiga su música favorita aunque sea reggaeton, vale verga mientras a usted le guste y no le haga daño a nadie. Fúmese un puro, lea la Biblia, salga con sus amigos, cómase una hamburguesa bien grasosa o haga ejercicio. Trate de amar su cuerpo porque es para siempre, ame este brevísimo instante de vida que tenemos. HUYA de lo que le hace mal: gente carepicha, gente tóxica, narcisista, egoísta y superficial.

Y mi frase favorita hasta el día de hoy es «Cada persona que conoces está librando una batalla de la que no sabes nada. Sé amable, siempre.»

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.