Hay que estar

Flores, velas y carteles para Santiago Maldonado se dejaron en los exteriores de la morgue judicial de la ciudad de Buenos Aires la noche y madrugada del 20 y 21 de octubre de 2017. Fotografía: Manuel Cortina

No porque ese niño violado podría ser tu hijo una próxima vez, sino porque ese niño que no es tu hijo fue violado. ¿Se entiende la diferencia?

El otro eres tú, somos nosotros, somos todos. No en cualquier contexto resulta una ecuación fácil de resolver. Pero aquí voy a intentarlo.

¿Por qué hay que estar? ¿Por qué importa dejar lo que se está haciendo o lo que se tenga que hacer y darse el tiempo para ir, convocar, imantar la participación? ¿Por qué importa “desindividualizarnos”, corporeizar la empatía, dejar de predicar y en su lugar descalzarnos y ensuciarnos los pies para “ponernos en sus zapatos” (practicarlo verdaderamente) y repetirlo mil veces hasta que se torne instintivo, un reflejo perpetuo, la bocanada necesaria para poder continuar?

Hay que estar porque estar te cambia.

Al menos un centenar de niños fueron abusados sexualmente en un colegio en Guayaquil. La atroz noticia salió en la tinta y el papel y en los sitios webs de los medios de comunicación en Ecuador el pasado 11 de octubre, luego de que autoridades irrumpieran en el centro de estudios donde se registraron los casos tras las denuncias interpuestas por los padres.

Posteriormente, eso inaudito, ese dolor indeleble, esos hechos que en las vidas de esos niños y de esas familias se convertirán en tejido que tal vez nunca cicatrizará, en llaga eterna y abierta, en hendidura, comenzó a viralizarse en redes sociales. Y con la viralización vino el reclamo pasivo, el click: me asombra, me entristece, me enoja, el fulminante hasta allí o un comentario más allá (dejo las polémicas conservadoras y religiosas desatadas de costado porque aquí, claramente, la intención es otra). Pero también vino una bifurcación.

En los días sucesivos -que hasta ayer eran nueve y en los que, además, se destaparon más casos de abuso infantil en planteles en Quito- vi en redes sociales invitaciones a reflexionar sobre la importancia de sumarse al denominado “Plantón por la inocencia”, uno de esos que esporádica y espaciosamente suelen armarse en Ecuador y tal vez recibir a invitados de carne y hueso. Las vi y siento ¿alivio? Siento alivio aunque esas reflexiones sean pocas, lo siento porque están.

Los invito a reflexionar sobre la importancia de hacer presencia en un acto como este. Todos los niños están expuestos a abusos, pero si los abusadores saben que hay inmunidad en este país para delitos como esos, hay complicidad social. Aunque sea gente que está enferma, debemos romper el círculo. Los que son padres piensen en sus hijos expuestos en sus propias casas, inclusive; en las escuelas, iglesias o centros donde los encargan a extraños. Los tíos piensen en sus sobrinos, los abuelos en sus nietos. O unirse a esta protesta por simple -nada simple- sentido de humanidad y justicia. Pensemos en los seres vulnerables”.

Estas palabras son de Tali Santos, periodista, mi antigua editora, mi amiga, el motivo mayor de un sentido g-r-a-c-i-a-s. Esto vale, mucho, refleja esa complicidad social inversa, esa que debería ser la que reine e impere: la de la unión, la del abrazo, la del me importas fuera del plano de la virtualidad (que es tan real como irreal).

En Argentina, ayer se confirmó que el cuerpo que se pensaba que pertenecía a Santiago Maldonado es el de Santiago Maldonado. Santiago, desaparecido hace 79 días a manos de la gendarmería. ¿Y qué pasó en menos de dos horas?

20:00. La Plaza de Mayo está ocupada y el fragor retumba y levanta las baldosas de las veredas que están todas flojas. Con una impecable y rápida logística (resultado de ser una maniobra practicada y ejecutada miles de veces) las personas se autoconvocaron para exigir justicia por Santiago, para manifestarse contra el gobierno de macri, contra el estado, contra la ministra de seguridad patricia bullrich…

Y hoy, un par de horas después de la movilización que se espera -espero- cope la plaza Rocafuerte de Guayaquil y la San Francisco, de Quito; los argentinos volverán a juntarse en el mismo reclamo, en la misma plaza de Mayo. La plaza en la que mientras escribo (escribí ayer) estas líneas, sigue ocupada, con velas alumbrando un mismo rostro, el de Santiago.

La gente está llorando, llora por él y porque aquí no se olvida, porque no se puede ser egoísta y vivir reseco. Santiago es la reminiscencia de ese plañidero pasado que aún hoy se corea por culpa de ese estado asesino, es el cántico que ha inmortalizado un estribillo con los nombres de los 30.000 que desaparecieron pero que siguen presentes.

Entonces esta es otra invitación. Hay ejemplos que deben y pueden replicarse porque no requieren mayor esfuerzo y recursos que el de la voluntad, el de la participación y el de querer mantener y amplificar el reclamo por justicia.

Esta es otra invitación. Sí, al plantón; sí, a exigir justicia y castigo a los culpables de los abusos contra aquellos niños, que son hijos de todos; pero además a una autocrítica como sociedad, la ecuatoriana; una invitación a hacer mucho más y mucho antes, a replantearnos si el concepto y el camino es el individual, a replantearnos cuál es la verdadera transformación social, a comprender que lo que le pasa al de alado también es asunto mío. A entender que hay que estar porque estar te cambia y a que hay que estar más allá de las divisiones o visiones políticas porque hay que movilizarse y responder como sociedad. A entender que hay que salir a las calles, llenar la plaza, una y mil veces hasta que se torne instintivo, un reflejo perpetuo, la bocanada necesaria para poder continuar.

Que esa sea la complicidad social: ver al y vernos en el otro, brindarnos el uno al otro, hablar de un nosotros y que eso no sea un disparate.