Un diamante en el lodo
Finalmente salí del lugar donde estaba esperando, manejé cerca de dos horas hasta llegar a Invercargill; Robyn, la host, me pidió que nos viéramos en el segundo piso de la librería, esa tarde tenían un curso de permacultura.
Llegué a Invercargill, extremo sur de la isla sur de Nueva Zelanda; encontré la librería y estacioné el auto. Al llegar a la entrada me di cuenta que la puerta estaba cerrada, aún así se veían las luces encendidas en el segundo piso. Caminé buscando una entrada alterna por la parte de atrás del edificio pero no encontré nada. Robyn me había dicho que el curso terminaba a las 8; faltaban cerca de 40 minutos así que decidí cenar en un pub irlandés cercano. El lugar estaba casi vacío; pedí bacalao azul y una pinta de guiness.
A las 8 estaba parado en la entrada esperando que terminara el curso y salieran; esperé cerca de 10 minutos y finalmente alguien salió, me dijo que subiera, que el curso todavía no terminaba.
Conocí finalmente a Robyn y Robert, mis host de woofing. Robyn me recibió con una sonrisa; ligera y positiva se introdujo y me presentó a Robert, quien con una larga barba blanca resalta entre la multitud. Tiene una voz grave pero a la vez tranquila, que calma a quien la escucha. Me introducen al grupo y me piden que hable de mi y el enfoque de permacultura en el desierto de Sonora.
Al finalizar el curso, Robert le pide a Robyn que vaya conmigo en el auto, porque su casa se encuentra en un pueblo a 35 minutos de Invercargill; el camino me parece mas corto de lo normal debido a la conversación amena que tiene Robyn.
Llegamos a Riverton, es de noche y no se ve mucho; cruzamos el río que divide al pueblo y llegamos finalmente a la casa, la cual en ese momento no veo por la vegetación. Esta muy oscuro, tan oscuro que las estrellas brillan con intensidad poco común. Caminamos un poco y finalmente veo la entrada hacia la casa, una entrada entre los arboles y arbustos; se ve una luz saliendo desde el segundo piso — una especie de ático en una casa de madera, una escalera conduce hacia la entrada y me dicen que me voy a quedar en el “loft”.
Subo la mochila y algunas otras cosas y veo que hay un par de sillones, un tapete muy grande, una mesa y al fondo un colchón en el suelo; hay libros por todos lados, una pintura japonesa y una lámpara, además de un calentón.

A la mañana siguiente desayunamos juntos; al terminar Robert me da un tour por el jardín, “forest garden” le llama él — en un terreno de 8 mil metros cuadrados en una colina, ha convertido un área de pastoreo de borregos en un bosque, no de pinos, sino de distintos arboles, hierbas y arbustos. Comenzamos a caminar colina abajo por caminos entre las plantas y arbustos y puedo ver algunos arboles de manzanas y peras; más tarde me entero que hay al rededor de 80 árboles de manzanas. Me señala arbustos, plantas y hierbas conforme caminamos, unas son comestibles, otras dan frutos, algunas se hacen té, y otras son medicinales; unas son nativas, otras no. Continuamos caminando hasta llegar a una parte de altos eucaliptos y otros arboles que no reconozco — el lugar está oscuro de lo denso de los árboles. Hay un arroyo que cruza por entre los arboles y un puente hecho de troncos y madera del lugar. Robert me dice que el arroyo estaba perdido entre el lodo cuando recién llegó, excavaron y retiraron lodo y arena hasta descubrir el arroyo original. El agua es transparente y un sonido muy puro del agua fluyendo entre las piedras es lo único que se escucha; se ha formado una piscina por un lado del arroyo donde incluso hay peces que llegaron nadando río arriba. Continuamos caminando y salimos de la oscuridad a la luz. El día es soleado y no hay viento; además de que no hay viento, el lugar está protegido del viento en los 4 perímetros por arboles y arbustos, esto para impedir que el viento evapore la humedad y que se erosione el suelo. A primera vista el lugar puede parecer descuidado para quien está acostumbrado a tener un jardín de pasto cortado — las hojas de las plantas y arboles caen quedándose en ese lugar, la hierba crece a voluntad, los insectos viven sin ser molestados; todo esto a propósito.

Los pájaros no se inmutan cuando pasamos por entre los árboles; hubo un par que llegó al lugar y empezaron a cantar a dos brazos por encima de nosotros. Los distintos cantos me parecen mucho más psicodélicos que cualquier artista de este género de rock que haya escuchado.
Robert me afirma que si dejara 20 años al lugar sin ningún cuidado, muy probablemente el lugar continuaría muy similar. Ha logrado construir un jardín perenne que se cuida a sí mismo; cada parte sirve de apoyo a la otra, todos los elementos funcionando en simbiosis como un sólo organismo donde los suelos se han vuelto altamente fértiles y la vida en todos los niveles prospera por todos lados. Las plagas y las enfermedades han quedado en el pasado en este lugar.
Todo esto me parece una verdadera obra de arte; no solamente arte sino algo aún mas. Una pieza maestra. Pudiera jurar que un viejo maestro taoista es quien está a cargo del lugar.

Mas tarde esta misma mañana recogemos cerca de 30 kilos de manzanas y 15 de peras, me dice que eso es demasiado para ellos y que las van a vender en el centro ambiental que manejan. Estas frutas son sin duda la mas alta calidad que he visto; los términos monocultivo/orgánico aparecen opacos al lado de este sistema. Ahora si que probé el mero chuqui.
Hace 75 años, las familias de Southland — la región mas al sur de la isla sur de Nueva Zelanda, producía en sus propias tierras el 80% de los alimentos que consumía, comprando el 10% restante en productos nacionales y 10% en productos internacionales. Hace 50 años producían el 50%; compraban el 30% en productos nacionales y 20% en productos internacionales. En el año 2010, producían solamente el 10%, adquiriendo el 20% en productos nacionales y 70% en productos internacionales. ¿Por qué razón dejaron de producir sus propios alimentos? Previo a la segunda guerra mundial, la mayoría de la población producía sus propios alimentos; no existían los jardines con pasto en las casas ni tampoco las podadoras. Pero después de la guerra, la gente comenzó a adoptar la moda de jardines de pasto: se convirtió en un símbolo de estatus social. El caos de la guerra había acabado y la gente quería mostar que el orden reinaba en sus vidas, que tenían el control de su destino. Con el paso del tiempo la gente fue dejando de lado el cultivo de sus propios alimentos; el pasto entonces se convirtió en símbolo de poder adquisitivo. Quien tenía pasto no tenía la necesidad de trabajar la tierra.
Hoy en día hay está tomando fuerza una tendencia a cultivar los propios alimentos; quien cultiva sus propios alimentos sabe que consumirlos es mucho mas saludable que comprarlos en el supermercado. Y una vida saludable es símbolo de prosperidad. Poder producir los propios alimentos va mucho mas allá de consumir productos orgánicos; es la última frontera de la alimentación. Paradójicamente, vamos hacia donde empezamos.
Este lugar al cual llaman “forest garden” es un modelo para las generaciones futuras; han invertido 25 años en ensayo y error, redescubriendo formas óptimas de cultivo. En este modelo, la necesidad requerida de trabajo es mínima y la producción es constante. Bajo este modelo, no se sobrevive, se prospera.
