Taxistas contra el pueblo

Recordemos las enciclopedias de varios tomos, acaparando espacio en las repisas de las bibliotecas. Pensemos, además, en el proyecto de Microsoft: Encarta. Sumamente revolucionario en su momento. Todos los textos, ahora digitales, condensados en un software, ofreciendo facilidades como métodos de búsqueda e hipervínculos de palabras claves de un texto a otro. Sin embargo, no vivió mas de una década ante la aparición de Wikipedia. Este ultimo sin costo alguno, con la promesa de estar en constate cambio y crecimiento gracias a la participación de los usuarios que contribuyen con contenido. No tardamos mucho en adoptar este nuevo modelo, incluso con el escepticismo inicial sobre la veracidad de la información disponible. No dolió, además, que este fuera gratuito. En el 2009, Encarta cesó sus actualizaciones. A pesar de esfuerzos, resultaba en brindar información poco actualizada. Y es que ¿cómo puede competir una empresa, por mas grande que sea, contra miles los wiki-contribuyentes? En su clausura, Encarta escribió: “hoy las personas buscan y consumen información en formas considerablemente diferentes a los años pasados”.
Pasa algo similar con Uber: un servicio de mayor calidad por un costo menor. Igual que con Wikipedia, no tardamos mucho en adoptarlo. Los taxistas pasan a ser el Encarta de la metáfora. Por si fuera poco, con sus múltiples huelgas y tortuguismos son, además, los villanos. No tienen mayor culpa de que el avance tecnológico les jugó una mala carta. Su servicio pasó décadas sin ser perturbado, no conocieron la necesidad de reinventarse ni de mejorar. Uber los tomó por sorpresa y cuando se percataron de que se encontraban ante un adversario en una competencia, el oponente ya les llevaba ventaja.
Por otra parte, los wiki-contribuyentes pasan a ser los choferes, constantemente en una examinación de su servicio. Nosotros, los usuarios, nos movemos con facilidad hacia donde el sol mejor nos caliente. Poco reflexionamos sobre la implicación. Puede que, sin darnos cuenta, nos estemos poniendo del lado del opresor. Y en verdad, ningún dirigente ha tenido la receta de cómo un país debe evolucionar ante el nuevo modelo de actividades economicas (sharing economy). En Barcelona, por ejemplo, se reintrodujo el servicio de Uber en marzo de este año, después de haber salido de España por tres años a causa de la fuerte presión ejercida por parte de los taxistas. En Roma y Tokyo, por otra parte, solamente se ofrece la version de lujo, mejores autos y choferes mejor vestidos a un mayor precio para mantenerse fuera del mercado directo de los taxis. En Lima, ante la legalidad del servicio, los taxis tambien se han inscrito a la plataforma y laboran tanto como taxis como de ubers. En Austin, se solicitó como medida de seguridad que Uber (y Lyft) montaran una base de datos con las huellas digitales de sus conductores, a lo cual se negaron y cesaron actividad en la ciudad.
Todas las estrategias son muy diferentes, pero en general se puede observar cómo el marco legal ha dado el brazo a torcer para satisfacer a los usuarios, quienes verdaderamente marcan la pauta. Como escribe Alberto García,“el Estado, por su parte, está en un aprieto. Acusa ya su obsolescencia y empieza a batirse en retirada. Las reminiscencias de su facultad para concesionar el comercio se están extinguiendo. Su poder regulatorio es irrelevante para los nuevos modos de la economía que, como quiere el credo liberal, se autorregulan a través de sus participantes, del prestigio comercial que se gana o pierde en las evaluaciones de los usuarios en la Internet y en los fragores de la competencia.”
La presencia de Uber pone en evidencia un problema aún mayor, según datos del INEC, más del 40% de la población labora dentro de la informalidad. Es decir, no cotizan a la caja ni pagan impuestos por sus servicios. Uber resulta ser no mas que el chivo expiatorio, con todos los ojos sobre él. Representa a un porcentaje de la empresa privada que continúa esquivando los esfuerzos de Hacienda, CCSS e INS por cubrir a los trabajadores de garantías sociales con su respectiva responsabilidad de contribuir, de una manera balanceada entre patrono y trabajador. Queda claro que los choferes son competidores desleales, no solo hacia los taxis, sino hacia sus mismos compañeros por permitir laborar en dichas condiciones.
Una economía liberal, con competencia, obliga a las compañías y cooperativas a nivelarse a un estándar más alto. Ahora bien, el concepto de competencia leal no para de tener importancia. Notemos la desventaja donde los taxistas deben contar con una licencia tipo C1, ir a Riteve dos veces al año y ajustarse a las tarifas estipuladas por el ARESEP. También nos damos cuenta de lo embarrialada que está la cancha: tenemos múltiples compañías de taxis, propietarios que desean recuperar sus inversiones, de una o varias placas de taxis que son costosas y difíciles de obtener. Algunos vehículos cuentan con marías alteradas, no todos cuentan con el servicio para pagar con tarjeta de crédito o débito, constantes molestias de los conductores cuando se trata de un viaje corto, choferes sin su debida identificación a la vista, la extraña política de los taxis exclusivos para los aeropuertos, los cuales son todavía más costosos. Y también están los taxis piratas, operando bajo algún vacío legal.
Por otra parte, los conductores de Uber tienen sus propias reglas, independientes del estado y a disposición de la empresa privada. Es por eso que el futuro de la economía, bajo políticas tecnológicas, parece ser, necesariamente, una anarquía, donde poca, o nula jurisprudencia tiene el gobierno para intervenir. Estos nuevos servicios se desarrollan en una nube que flota más alto que las leyes para los mortales, en la cual jugamos un papel tanto de civiles como de autoridad. Es un sistema autopoiético, que se reproduce y se mantiene por sí solo. No conocemos aún la repercusión que esto pueda tener. Solo sabemos que otros tipos de servicios también tomarán la misma dirección, de montarse sobre una plataforma digital para estar más cerca de los usuarios y más lejos de la legalidad y la formalidad.
