Le digo a todo el mundo que no hace falta estar tristes para saber cómo se siente ser felices, cuando yo hace tiempo que no doy un paso fuera de esta comodidad enfermiza; cuando ya he olvidado el calor de un abrazo, el sabor de unos labios que te besan como si quisieran probarte el alma; he olvidado la sensación de un par de ojos que te miran cuando estás distraído, que te miran como si fueras arte, sin que te des cuenta, queriéndote decir tantas cosas, callando por miedo a que lo que digan no te parezca tan importante.
He olvidado cómo lograr que ese alguien te desee con la misma intensidad,
con la que lo haces tú.