La lenta prohibición de las risas

Al otro lado del auricular telefónico se escuchó un leve respiro mudo. Una pausa acérrima. Como si algo hubiera fallado. Entonces D tomó su celular en la mano y miró fijamente la pantalla. Quería cerciorarse de que éste no se hubiera apagado por equivocación. Pero estaba intacto y la llamada continuaba al aire. Entonces volvió a pronunciar palabras y a encadenar de nuevo la historia. Una anécdota sobre el incidente del tipo torpe que no conocían y las cábalas necias que habían hecho al respecto. Una rutina cómica excepcional e inigualable. Basada en la burla inofensiva hacia otro ser humano. Y de nuevo, nada. Del otro lado no se oía la más mínima alegría. Ninguna expresión de júbilo. Tampoco ecos soslayados. Nada. Del otro lado Juan, Pedro, Isabel, o como quieran llamarle, estaba en una oficina, probablemente en un cubículo, y no reaccionaba en lo más mínimo a los comentarios irónicos, a los dobles sentidos, al humor negro o a la repetición y exageración. Así empezó la prohibición de las risas. Con cada puesto de trabajo invadido por una solemnidad apabullante y conversaciones que parecían más un telegrama que el agradable fruto de la conversación desprevenida. Era un triste virus fatal, que afortunadamente, sólo se manifestaba al teléfono.

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