El libro que todo aspirante a escritor (peruano) debe leer

Hace mucho tiempo, se promocionaban los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” de José Carlos Mariátegui, como “el libro que todo peruano debe leer”. No me consta si actualmente las cosas siguen así.

¿Por qué considero (fuera de bromas) necesaria la lectura de “Asociación ilícita”, al menos para aspirantes a escritores? Me viene a la mente un cuento de Giovanni Bocaccio, incluido en el “Decameron”, en el cual El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní , va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos, vuelve a París y se hace cristiano. P Así es. Si a pesar de leer cómo somos los escritores peruanos, quieres continuar en tu empeño de escribir, publicar, ganar premios, ser entrevistado, etc., pues vas camino a la santidad… o a todo lo contrario. ¿Cómo sobrevivir sin contaminarse?

Pues de eso va la advertencia: como el puerto de Mos Eisley en “Star wars”, no hallarán más que maldad y vicios en el submundo de la literatura peruana.

Y no me refiero a la sordidez que ingenuamente asociamos, a veces, a un ambiente que no es más que bohemia. O sea, si el novicio aspirante a escritor (o escritora) cree que yendo a bares de mala muerte, fumar o inyectarse drogas y participar en orgías ya pasó por el rito de paso que lo convierta en escritor, pues está muy equivocado. Bien mirado, esta es la parte “bonita” de la ciudad letrada peruana (mejor sería llamarla “la chingana letrada”).

Por que los verdaderos ritos de paso, según se evidencia de “Asociación ilícita”, son las innumerables genuflexiones, sobaderas, traiciones, puñaladas y ventas del alma al diablo que implica “llegar a ser” escritor.

Y es que sin querer, Aguirre nos muestra un ambiente más parecido a una prisión que a una supuesta élite ilustrada. Donde pesa, de entrada, el conocer a ya sabes quien, el dejar de pensar así para pensar asá, el dejar de hablarle a quien te apoyó al principio para luego empezar a chancarlo; antes que cualquier talento literario, real o supuesto.

No entiendo a quienes han encontrado algún regocijo en este libro. Es un libro que carece por completo del menor atisbo de humor, de redención. Como la sala de redacción del diario que describe Mario Vargas Llosa en “Conversación en La Catedral”.

Si, se propalan chismes. Si, hablan mal de escritores a quienes considero mis amigos (¿era eso necesario, Leonardo?). Si, se remueven las tumbas de los muertos. El gran escritor resultó un gran vendido al gobierno de turno. El gran periodista resultó un gran fabricante de mentiras. El amigo del pueblo al final se asquea de nuestra choledad.

¿Qué es lo peor de todo? Que no se puede tomar distancia. Estoy seguro que incluso quienes no aparecen en el libro, se saben parte del mismo, y eso debe doler mucho. Quería ser un gran periodista y sólo soy un gran resentido. Quise ser un gran literato y terminé de felpudo de un gran señor.

Más triste es ver, de paso, al gran personaje oculto, nuestra sociedad. Esta sociedad que pide libros baratos, pero que se escandalizó cuando se publicaron “Lima en rock” (posteriormente cambió de título a “Los inocentes”), “El amante de Lady Chatterley” y “La ciudad y los perros”. Eso son los lectores peruanos, gente que quiere lecturas pasteurizadas y bonitas, y toma fotos a sus hijitos leyendo, pero que desde el púlpito o desde los cuarteles, pide censura o quema de libros.

Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza…

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