Vampirazo.

Caminando a deshoras con los pasos a destiempo

tropecé mis dedos en la sombra de tus poros;

ahí donde el sol jamás buscó el tiento

el aliento de mi lengua calentó nuestros decoros.

Y en la noche metálica y fría,

todo trémulo fue sopor;

del erizo de tus vellos me vendría

un diluvio de carmín resplandor,

alumbrando tu silueta retorcida

que mi calma estremeció,

y ahora vivo en esta cueva deslucida

azorada por el cuerpo que esta innoble mereció.