Volver a comenzar

Nota inicial: Este intento de cuento lo escribí la madrugada de hace un par de años, sin poder conciliar el sueño me senté a la compu y tiré todas mis vísceras sobre él. Todo lo que pasaba en ese momento era una angustia palpitante, no tenía trabajo, pesaba más de 90 kilos, mi tesis de maestría había sido refutada como una nave de papel sobre el mar y no encontraba la clave exacta al ritmo de la vida… pero después de este cuento, esa madrugada decidí virar mi vida a salir a correr (en este par de años he recorrido casi 1000 km con unos tenis que ya reclaman descanso) y buscar las respuestas en las personas que nunca me han dejado caer… hoy una de esas personas, que es Jazmín, en unos meses será mi esposa y con todo lo que ella no sabe lo que ha hecho por mí, debe saber que le dedico este texto atropellado pero realmente honesto.

Las putas letras, las putas asesinas, las putas que me enseñaron algo. Todas esas putas, pueden ser eso: palabras o algo más. Porque las putas pueden estar allá o acá, en un pentagrama o en una novela; en un par de acordes de trompeta de Miles Davis y su “Kind of Blue”, en ese éxtasis literario o la respuesta que se viene de golpe en una tarde común y pasar de lo corriente a lo que cuadra el enfoque. Todos acudimos a ese desfile diario de personas, gente corriendo para alcanzar un autobús o pegarle frenéticamente al volante porque “llego cinco minutos tarde y pierdo toda la comisión del mes”.

Cada quien atiende a su deber, muchas veces sin meditar si el que mendiga en la calle está ahí por elección o por conformismo, ese conformismo que Cortázar trata de romper cuando te hace leer su ‘Rayuela’ en el capítulo setenta y tres y no empezar en el uno. Querer ser el uno, porque el uno es el que inicia las cosas, pero también se puede iniciar de cero o de treinta, o noventa y tres… y tres ceros más en tu cuenta de banco ¿quién dicta el comienzo y quién el final? Cosas que tratamos de descifrar, que si en verdad el hombre pisó la Luna o si todos en Comala en verdad es que estaban muertos; la delgada línea entre ser acordes a esta realidad o no, realidad que ya viene deformada y hacerla encajar al tránsito diario resulta el enigma más complejo.

El obrero que dobla turnos para poder pagar la colegiatura del hijo que puede que note ese esfuerzo o todo lo deje a la deriva. Estar tardes completas en línea para lograr romper los récords contra un niño asiático que vive en la realidad oriental, pero se conecta a tu realidad por la fibra óptica y tu ancho de banda que pertenece a uno de los magnates más grandes del mundo, el que mueve la mitad de la bolsa de valores en tu país. Valores de los que él carece al explotar a ese obrero que arma el cable de fibra óptica que conecta a su hijo y con el hijo de un obrero de otro continente pero explotado por ensamblar los teléfonos de una manzana que alguien devora en Cupertino, que dicen ser inteligentes pero que nos atormentan y nos idiotizan.

En ese mundo que pareciera tan complejo hoy en realidad lo es desde el contacto primo con el fuego y la generación de la rueda; ruedas que simbolizan el progreso y que me tienen hoy atrapado en esta jungla de autos y sigo sin poder avanzar entre todos los demás que pretenden alcanzar estatus en sus otros autos, pero que al final preservan el estatus quo, el “estáte quieto”, “no te muevas”, “el que se mueve no sale en la foto”. Las diez alertas que llegan por minuto a tu teléfono, la agenda sincronizada inteligentemente con todo tu equipo de trabajo te recuerda que sigues atorado y que desearías estar en una isla griega contemplando el mar Egeo, pero quizá podrías estar en el lado turco; qué mas da, aquí sigues sin poder moverte y tu secretaria que te llama: “haré lo posible para retrasar la junta”.

Deseas ser el mendigo que mira a su perro y le comparte un mendrugo de pan, acaricia al perro y lo deja juguetear con el rabo agitado y tú que te agitas porque el reloj avanza, pero tú sigues aquí, detenido sin poder pasar de primera y recuerdas la primera vez de algo. La primera vez que te pusiste realmente pacheco con tus amigos en la prepa y que miraban la tarde, las veces que llenaban botellas de jugo adulterado con vodka corriente que alcanzaban a pagar; pero hoy bebes un ‘Old Fashion’ y sientes que tienes la clase de Don Draper en ‘Mad Men’, de pronto recuerdas lo mal que se la pasa ese cabrón y resuelves que lo mejor es ser el mendigo que lleva una bolsa llena de cosas ¿qué cosas?… ¿Son las botellas y las latas de las pedas que tienes en una noche de tantas?, una de tantas noches en las que regresas de ser ese “el alto ejecutivo”, “el empleado número uno”, el que siempre sigue al uno y al cero, el que quiere ser el de diez, pero no alcanza a tomar el cero, la bola, el cero, la rueda; el clutch y el acelerador.

Pretendes vivir en un mundo aislado, con tu casa de trescientos cincuenta y cuatro metros cuadrados, con máxima seguridad, campo de golf y club deportivo, toda una pinche cárcel de primer mundo. Lees: “Inserte la tarjeta aquí”: Residente número diez, su casa en la avenida Egeo… y el mar que llevas queriendo ir a contemplar y en este instante lo único que puedes es contemplar la luz roja que te prohibe continuar. Y entonces apelas a Draper y una de las mejores líneas que se han pronunciado … “Nostalgia: it’s delicate, but potent … In Greek, ‘nostalgia’ literally means ‘the pain from an old wound.’ It’s a twinge in your heart far more powerful than memory alone. This device isn’t a spaceship, it’s a time machine. It goes backwards, and forwards … it takes us to a place where we ache to go again. It’s not called the wheel, it’s called the carousel. It let’s us travel the way a child travels — around and around, and back home again, to a place where we know are loved.” Y todo se te deshace de golpe, lo que eres aquí y ahora. Quisieras volver a esos siete años con tu padre enseñándote cómo hacer funcionar la podadora y cómo sacar esos clavos que nunca puedes hacer entrar bien en la madera, esos siete años o a los quince años, quizá donde algo te llevaría hasta aquí y es así como funciona la nostalgia, como un atrás y un adelante, el pasado y el futuro, pero jamás en el presente y que es lo que realmente debería importar. “Qué cabrón eres Draper”, piensas.

Pero todo el tiempo te enseñaron a vivir así, a estar atrapado en el tiempo y no poder llegar al final, tan fácil como ese cigarrillo que dejas prendido, te distraes por el llanto de uno de tus hijos y cuando vuelves, el cigarrillo es sólo el final que se marca en un trazo de ceniza. Así parece nuestra vida: necesita oxígeno y fuego para avanzar y al final… una urna de cenizas: “señora, aquí le entrego a su esposo”. Venir a este mundo y pretender ser un cigarrillo, valga la ironía y entonces uno decide qué tanto puede dejar en ese tránsito irremediable que es acabar como todos los ceniceros que viste desde pequeño en la sala de tu casa, en todas esas pedas de antología con tus amigos que se embrutecían y tú los llevabas a casa: “señora, aquí le entrego a su hijo”. Siempre al pendiente de que las cenizas no fueran ellos. Fuego y ceniza, el cuarto puto cigarrillo y esos idiotas que no saben conducir, quizá en Grecia sí sepan manejar, porque crees que en Turquía son unos bárbaros y entonces decides que lo mejor es ver el Egeo dese la costa griega y te gana tu clasismo y xenofobia, porque ahí estás, porque tu trabajo y tú solito han llegado a la cima, sin ayuda de nadie estás ahí. Eres el mero chingón, el cabrón que se tira a todas las putas que quiere y también a las que no son tan putas, pero para ti todas son unas putas no te importa lo que digan los demás, porque tu membresía VIP oro blindada con un sistema bien complejo diseñado en Silicon Valley te protege del mundo y de todo el que pretenda hacerte ver que vives equivocado… “Fíjate wey, no ves que voy cruzando” le dices al que se te atraviesa corriendo en el paso de cebra.

Ese mundo que no te deja avanzar y que ya te retrasó ¡diez pinches minutos!, los mismos diez que perdiste cuando te derramaste la salsa sobre la corbata y tuviste que cambiarte todo tu vestuario, porque eres el señor que siempre combina, el que siempre atiende a las reglas, pero hoy “que me disculpen por aventarle el auto a esa mujer embarazada y su otro hijo en brazos, pero ya voy tarde, es culpa de ella por no superarse, por no querer estudiar… Sí, por puta y por pendeja, quién la manda a los dieciocho años … Blah… no vale la pena pensar en esa mujer” sigues odiando al mundo.

Por fin un carril despejado, la avenida principal se limpia para ti y crees que entonces sí, vas a llegar temprano; que todo el odio que tiraste se va a disipar, desde que saliste mentando madres sin decir “hasta luego”, agarrándole la nalga a tu cocinera, tronándole los dedos al jardinero, una sonrisa falsa al vigilante: ese que te cuida todas tus pedas y calla sobre todas las amantes que te llevas a casa mientras tu esposa anda en Houston con el retoque de botox y de compras por los malls de San Diego. Al final te vale un poco de madre que ni para un jugo le puedas dar al “pendejo ese que cuida la entrada”, ocho años y tú ni el nombre de Don Miguel te has podido aprender. No importa, ese pobre gato gana mejor que los otros diez vigilantes de otros residenciales, así que no se puede quejar.

Ahí vas, en tu hermoso auto de dos plazas, porque ese era tu sueño, comprarte un auto que levanta los trescientos kilómetros, que va de de cero a cien en 3.7 segundos, pero que nunca lo puedes hacer porque esos idiotas no saben lo que es la velocidad, no alcanzan más que a poder comprar un auto de medio uso, pero tú eres el mejor, el que sí sabe de la vida y se paseó en su luna de miel por toda Europa y que llevó a sus hijos a Disneylandia a los dos y tres años, cuando ni un sólido recuerdo se puede formar. Ahí estás marchando a ciento ochenta por la libre, porque hay que chingarse a esos gringos que te quieren vender mierda y media, pero tú los vas a chingar, tú y tus dos plazas, tú y tu fanfarronería, tú y tu gran elocuencia en la junta que tu secretaria, a la que te coges todos los viernes, está entreteniendo a los americanos por un paseo de la fábrica a la que desfalcas sin ningún dejo de culpa, tú y tu ascenso sobre toda esa bola de perdedores.

Y sí, justo un perdedor es el que te hace ver toda tu vida en un segundo, ese pobre cabrón que salió a tiempo para llegar a dejar a sus hijos a la escuela, ese miserable que acabas de dejar arrollado y clavado en ese anuncio de tu empresa; ese anuncio en el que sonríes tan calculadora y fríamente, tan hipócritamente como a tu vigilante. Ese pobre cabrón, te acaba de llevar a esta historia, a ese segundo en que lo mandaste a un horno ecológico, para hacerlo cenizas; esa fría tarde de verano en que te han hecho refundir diez años en la cárcel… Pero ya estás aquí, a punto de salir de tu encierro y volver a pisar el acelerador, porque no hay nada como la velocidad y la libertad. Porque las putas, van y vienen, pero tú, tú sigues aquí, apelando a la nostalgia y a que vuelves a comenzar, a que vuelves a sonreír y quizá la que te sonríe es la vida falsamente como tú a ella. Y al final, el pobre cabrón, eres tú.

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