La tradición no es una tradición

En numerosas ocasiones, las connotaciones sociales de las palabras no están de acorde a su semántica. O bien porque la Academia de la Lengua no se ha adaptado a la evolución social del término (la semántica no está de acorde a la connotación), o bien porque el término sufre de un enquiste social (la connotación no está de acorde a la semántica).

Palabras como nación o tradición, por ejemplo, que ni por contexto ni por paralenguaje se interpretan con otra connotación, es decir, cuando se dicen se entiende un significado absoluto sin importar la coyuntura ni la forma de decirlo. Incluso la fonética de estos términos reafirma la contundencia de su connotación (“nación” otorga aires de grandeza cuando realmente en derecho internacional “estado” es una nomenclatura superior, y “tradición” transmite que algo ha sido así toda la vida).

He iniciado esta explicación porque he observado estos días como la palabra “tradición” sufre de un terrible enquiste social en la sociedad española, por no decir un desconocimiento total de su semántica.

El Ayuntamiento de Madrid propuso Reinas Magas en lugar de Reyes Magos en las cabalgatas de varios distritos de la capital, y la reacción de la sociedad fue notablemente irracional. Dejando sin analizar que la noticia no era ni cierta ya que se había propuesto mujeres vestidas de Reyes Magos, el apestoso machismo y las todavía rancias y perennes semillas del catolicismo más medieval en este país, las críticas principales hacia las Reinas Magas se basaban en que “los Reyes Magos son una tradición y siempre ha sido así.”

Y, efectivamente, los Reyes Magos son una tradición, pero como todas las tradiciones populares se ha ido construyendo con el paso de los siglos. Es más, el origen de esta tradición está los Evangelios de la Biblia, donde solo se habla de “magos” pero en ninguna parte se indican sus nombres, géner0, raza, origen, que fuesen reyes y que fuesen tres. Son compontentes añadidos a la tradición que se han ido agregando al paso de los siglos. Las tradiciones no son innamovibles ni quedan intactas respecto a los cientos o miles de años de su nacimiento, cambian debido a circunstancias políticas, económicas, sociales, culturales. La historia demuestra que las tradiciones evolucionan.

Por si la lógica fuera poco argumento, en su semántica no se atisba ninguna de las connotaciones sociales con las que concebimos a la tradición: “inamovible”, “fijo”, “ha sido así siempre” o “que no cambia”, por ejemplo, y sus sinónimos. Sí se vislumbra una repetición de la palabra “transmisión” en todos sus significados, lo que nos lleva a las palabras “funcionamiento” o “movimiento” que están semánticamente más cercanas a “evolución” que a “conservación”. Por lo tanto, cuando hablamos de tradición estamos hablando de evolución a nivel semántico, y no de conservación.

Y ya por último, añadiendo una opinión personal pero de una mente de la talla de Vicente Aleixandre, “la vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse, pudiendo modificar su forma para adaptarse a nuevas circunstancias, sin perder por ello su sentido”. Así concebía la tradición el poeta sevillano tal como dejó reflejado en el discurso de recepción del Premio Nobel titulado Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.