A las mujeres de mis compañeros

Este texto es una traducción en conjunto con Analia Giacchetti. La autora es Bruna Barlach y podés leer el original en portugués aquí.


Este texto fue escrito por una mujer cis para otras mujeres que se relacionan con hombres. Tal vez sirva para mujeres trans y también para algunas personas no-binarias designadas como mujer al nacer. Ciertamente no tengo la ambición de abarcar las realidades y las vivencias que no son mías.


Es difícil determinar un momento en el cual las cosas alcanzan un significado más profundo. Hay que considerar nuestras vivencias, nuestro lugar de habla, nuestra historia. Me tomó más de 15 años llegar a este texto, hasta lograr ver estas ideas de la forma en que las veo hoy. Y absolutamente nada garantiza que acá encuentres las respuestas que buscás. Pero llegó la hora de que yo diga lo que tengo para decir sobre la no-monogamia.

¿Cómo hablar sobre la no-monogamia para mujeres? ¿Cómo hablar sobre la no-monogamia para mujeres que no encajan en el patrón cis, hétero, flaco, blanco, de clase media (o alta), neurotípicas, o sea, para la gran mayoría de nosotras, que sufrimos opresiones dolorosas y pesadas diariamente por ser mujeres, pero también por no ser las mujeres posibles, las mujeres que la sociedad tiene como ideales? La respuesta a eso pasa por el mismo camino que pasa la respuesta a la pregunta “¿cómo hablamos sobre las relaciones para mujeres a las cuales la monogamia les fue negada?”.

El triple apoyo de la monogamia

Quiero comenzar defendiendo una premisa fundamental para que entiendan cómo desarrollé estos pensamientos: la monogamia no existe. Y aun así, en su inexistencia, ella moldea toda la vida, la cultura, la ideología y la red de significados de la existencia de las mujeres en nuestra sociedad.

Que estemos cuestionando cada vez más todo esto no interfiere (todavía) tan significativamente con el hecho de que existe una red ideológica que nos construye como seres alrededor de esta máxima: encontrar al príncipe azul. Además del hecho obvio de que el príncipe azul no existe, el problema de la teoría del príncipe azul es que de ella deriva nuestra necesidad de ser “princesas”. Las princesas, claramente, son cisgénero, blancas, heterosexuales, ricas y todo eso que ya sabemos, lo que probablemente vos no sos. Ciertamente, yo no lo soy.

Sin querer profundizar en la creación del amor romántico como elemento fundamental para sostener el sistema y en la mitología y literatura desarrollada a partir de esta necesidad, porque realmente hay mucho para decir, quiero hablar un poco sobre para qué sirve esta idea, que es la sumisión identitaria de la mujer al hombre y a la existencia de este amor (o su no-existencia).

¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que sí, que todavía construimos nuestra vida de manera tal que ponemos la búsqueda del amor romántico, del príncipe, etc. por encima de cualquier otra cuestión. Y aunque hay muchas mujeres que a pesar de eso logran desarrollar carreras increíbles en diferentes áreas y también hay mujeres que tienen que salir de la casa para trabajar en sub-empleos para sobrevivir, el imaginario todavía está dirigido a esa búsqueda. Basta con ver las canciones, películas, novelas: cualquier producción cultural se basa en las relaciones afectivo-sexuales, la idealización del compañero, la búsqueda y el sufrimiento.

¿Y qué sucede cuando tenemos como principal objetivo, por sobre todos los demás, encontrar una “media naranja”? Nos volvemos vulnerables. Recuerden esta idea, porque la idea central de toda esta discusión es esto: la vulnerabilidad social, económica, política, emocional y psíquica de las mujeres. Nos volvemos vulnerables porque la idea original de este “proyecto monogamia” era garantizar que la mujer estuviese “atada” al hogar y al marido como forma de garantizar que los bienes se mantuvieran en la misma familia. “¿Pero yo, que no tengo bienes?” preguntamos vos, yo, y la gran mayoría de las mujeres, muchas veces pensando que esa versión de la historia no nos representa. Pues bien, tenemos que recordar que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Aunque los poseedores de los medios de producción, los capitalistas, los ricos, sean minoría, nuestras ideas, valores y anhelos provienen de las ideas, valores y anhelos de ellos y para ellos. Como ejemplo fuera de una relación: que un empleado piense que tiene que trabajar fuera de horario y cumpliendo funciones que no le son propias, etc. ¿Para qué? ¿Va a ganar más o va a vivir mejor? ¡No! Es para garantizar las ganancias del patrón. Mirándolo de una manera tan clara parece que no tiene sentido, pero así funcionan las cosas.

Lo que me lleva al tercer punto, el más difícil de encarar: en el telón de todas esas historias mal contadas, de esos sueños e ilusiones, está el mensaje grabado en lo más profundo de nuestra alma de que necesitamos a un hombre para sobrevivir. No estoy hablando de vivir, estoy hablando de sobrevivir. Que necesitamos un marido que nos provea sustento, un hogar, seguridad, etc. No por nada existe la teoría del “buen partido”, el hombre que tiene buen empleo, “buena familia”, y una serie de valores agregados que, si nos detenemos a pensar seriamente, vuelve la idea completamente aterradora.

Cabe aquí una problematización: es claro que descendiendo por la escala socio-económica nos encontramos con una diferencia material objetiva. Es mucho más común ver a mujeres jefas de hogar y mucho más común ver a hombres que no trabajan y son mantenidos por las mujeres. También es sabido que estos hombres no se ocupan, la mayoría de las veces, de las tareas domésticas. Por lo tanto, no hay una inversión de valores, solamente una configuración diferente para el mismo problema que es el hecho de que las mujeres harán lo que sea para tener y para mantener una relación. Inclusive someterse a condiciones de trabajo terribles para mantenerse no sólo a sí mismas, lo que sería pésimo, sino para mantener también a un hombre que, en contrapartida, en los hechos no ofrece nada. Pero sí ofrece, emocional e ideológicamente, legitimación social. Porque al final, la vida puede resultar mucho más difícil, “pero al menos estoy casada”.

La monogamia no existe

Me encanta ver ciertos canales de TV absolutamente sexistas que son “dedicados al público femenino”. Paso horas en Pinterest viendo cosas de casamientos. Sueño secretamente con ser una de esas personas que recibe propuestas de casamiento que se viralizan por internet. Sí, estoy hablando de mí misma, Bruna, no-monogámica. Tener conciencia de todas estas cosas que escribo y tener en claro mis elecciones de vida no construyeron a mi alrededor una burbuja para que no me afecte ninguna ideología de la sociedad. ¡Lejos de eso!

Y el principal motivo por el cual sueño con que me propongan casamiento es porque el derecho a la monogamia me fue negado. Por ser gorda (aun), por ser bisexual, por no tener un título universitario, por ser de origen clase media baja, por no tener dónde caerme muerta, por no ser neurotípica. Todos los días miro al mundo y sé que no soy la princesa, que no soy una de esas muchachas por quienes los hombres van a morir de amor. Sé que no soy digna de ser amada de verdad. Escribir estas palabras perforan mi corazón, pero quiero ser lo más clara posible porque estas cosas necesitan ser dichas por alguien. Y por ser una persona “no amable, no casable” mi nivel de vulnerabilidad social es grande, así como mi nivel de vulnerabilidad a las opresiones: cuántas más opresiones sufrimos, más vulnerables somos ante el sistema opresor. Lo que quiere decir que soy más propensa a vivir relaciones abusivas, violentas y todo eso. Y, muy importante decirlo, viví casi todos los tipos de relaciones abusivas que existen a lo largo de mis casi 30 años. Mi vulnerabilidad no es teórica, es real. Y las vivencias negativas son acumulativas, eso quiere decir que hoy me siento mucho más vulnerable y más propensa a sufrir de lo que era cuando tenía 15 años. Pero dejemos un poco de lado mi historia y vamos a hablar de otra cosa…

Existe un número muy muy pequeño de mujeres que son esas mujeres: las casables, las amables… las princesas. Aquellas que tienen derecho a la monogamia. A ellas se les pide matrimonio con anillos maravillosos, se casan de blanco en hermosas fiestas que me hacen llorar. Esas mujeres que, como las princesas, serán “felices para siempre”. Pero… un momento. ¿Existe eso de “felices para siempre”? Entonces no, gente. Esas pocas mujeres se casan, sí, pero terminan encontrándose con la realidad de la construcción original de la monogamia: o sea, ellas son encerradas en una torre (como Rapunzel), llevadas a eventos sociales, exhibidas como un trofeo (un lindo objeto decorativo) mientras que su verdugo, el hombre, sale libremente por el mundo a tener sexo con otras mujeres (normalmente las no-casables, negras, gordas, trans, etc) o ejercen su posibilidad de hacerlo en bares con amigos, en las calles, en todos los espacios que son de los hombres, o sea, todos los espacios públicos. Y esa mujer que cumplió todos los requisitos para la felicidad (siendo blanca, flaca, cis, etc), que consiguió “un buen partido” y aun así no es feliz, va a pensar que es culpa suya. Que ella no es buena lo suficiente, no es flaca lo suficiente, interesante lo suficiente, o lo-que-sea suficiente. Porque siempre hay algo que la más “aprincesada” de las mujeres no tendrá suficientemente o la sociedad le hará creer que no lo tiene, porque el modelo de mujer ideal no sólo no existe, sino que sirve como sistema de opresión y control de las mujeres. No es un modelo posible de ser seguido.

Esa mujer, la que tiene derecho a la monogamia, está sujeta solamente a otra forma de opresión, cosificación y prisión. En la monogamia, para la mujer, nada es liberador. Su cuerpo, sus emociones, su vida quedan atadas a una casa, a un hombre, a una familia, a un sentimiento… a una ilusión que es materializada por esos elementos concretos. ¿Qué es, entonces, el “derecho a la monogamia”? Es el derecho a ser prisionera de un hombre. Porque, vamos a los hechos, la monogamia, como sistema, ¡no existe para los hombres! ¡Debemos dejar de ilusionarnos con esta cuestión, de buscar excepciones! “Ah, pero fulano no me engaña”. Puede ser que él no te engañe, ¡pero no quiere decir que él no esté siendo beneficiado por el sistema de opresión mononormativa! Que él no está vivenciando los espacios colectivos, mientras vos tenés que preocuparte por la cuenta de agua. Porque no podemos olvidar que toda la estructura social está atravesada por el machismo. Por más progresista, deconstruido, maravilloso que sea el marido, él es beneficiado por este sistema y vos no. Eso si tenés la suerte de ser una de las “princesas”. De lo contrario, si es que lográs casarte, vas a pasar el resto de tu vida agradeciendo de rodillas al hombre maravilloso que te quiso a pesar de que sos _______ (completá acá con cualquier origen, característica o elemento que haga que seas oprimida). Y de ahí a una relación abusiva no hay un paso, sino que ya están los dos pies adentro.

La monogamia no es nuestra amiga

Llego a este punto del texto queriendo escribir “al carajo, igual todos nos vamos a morir”. Porque esa es la sensación que tengo sobre todo esto. Luchando fuertemente contra este sentimiento, voy a intentar comenzar a cerrar las ideas y decir por qué yo, una persona a la cual la monogamia le fue negada, no lucho por este derecho.

Primero, no le veo sentido a luchar para ser prisioneras de los hombres. Y luchar por el derecho a la monogamia, a mi modo de ver, es luchar para eso. Para ser reconocidas como objeto de lujo, en vez de sólo objeto. Para el dueño del objeto hay una diferencia entre tener un objeto o un objeto de lujo, pero para el objeto no, porque el objeto no siente. Por eso yo uso todas las fuerzas que me restan para luchar por lo que parece la conclusión obvia de este texto: para que no seamos objetos. Y sólo alcanzaremos la existencia total como sujetas cuando tengamos autonomía.

Y la autonomía no es algo que comprás en el almacén y se lo das a alguien. No es una idea con la que me despierto a la mañana y listo, soy autónoma. Si alguien te dice eso, mandalo a la mierda. ¡La autonomía tiene base material! Es imposible construir autonomía cuando se es vulnerable social, política, económicamente, etc.

Y digo más: mientras no consigamos construir autonomía para las mujeres, no habrá relaciones sin jerarquía. Cortemos esta otra ilusión de raíz, por favor. Esta es una idea extremadamente opresora para las mujeres, y todavía más opresora cuanto más vulnerable sea la mujer. Decir que las relaciones no tienen jerarquía es lo mismo que decir que es igual si terminás una relación con una persona que te gusta, a la que ves ocasionalmente, que terminar una relación con una mujer que vive con vos. En el primer caso la mujer va a sufrir, claro que sí. En el segundo caso la mujer, además de sufrir el dolor de la pérdida, va a sufrir por no saber dónde va a vivir y qué va a comer. ¿Se entiende la diferencia?

Por eso yo en todas mis relaciones pongo a las compañeras cohabitantes de mis compañeros en primer lugar. Eso no es invisibilizar mis sentimientos, mis amores, no es ponerme en segundo plano. Es respetar a una mujer, a una hermana, una compañera que está en una situación más vulnerable que yo en aquella relación. Porque sí, la vulnerabilidad es relativa. Al mismo tiempo que soy extremadamente vulnerable en relación al compañero con quien comparto la casa, soy mucho menos vulnerable en relación al otro compañero que veo pocas veces al año. ¿Dolería terminar esa segunda relación? Claro que sí, amo a este compañero, de verdad. Pero efectivamente, además de perder la posibilidad de tener sexo con él, besarlo, tal vez hasta la posibilidad de sentarme a tomar una cerveza y conversar sobre la vida (me parece triste, pero a veces eso también se pierde con el fin de las relaciones), no voy a perder nada. Mi vida, mi día a día, no va a cambiar en nada. Voy a estar triste, va a pasar. La vida continuará.

¿Existen relaciones sin jerarquía? Sí, o al menos relaciones cercanas a ello. Básicamente son tres casos: adolescentes o personas jóvenes (que viven con sus padres o son mantenidos por ellos), personas de clase media alta (que no dependen financieramente de otra persona ya sea por trabajo o herencia), o relaciones no-monogámicas homosexuales (y solamente en casos donde no haya otras opresiones interseccionadas, por ejemplo, si todos son blancos, todos tienen el mismo status económico y etc.) O sea, es la excepción de la excepción de la excepción. Y aun así tengo mis dudas sobre si la no jerarquía es real o si hay una voluntad tan grande de que exista por parte de personas dentro de este tipo de relación que resultan seriamente oprimidas por ese ideal. Eso sucede, y mucho.

Cerrando, sobre lo que la no-monogamia no es

A mi modo de ver, dentro de lo que defiendo, cuando estuve hablando de no-monogamia nunca estuve hablando de la libertad para los hombres cis de hacer lo que ellos quieren. No tiene ningún sentido luchar por algo que ya está dado. Sí, ellos ya hacen lo que quieren, inclusive en relación a nosotras, nuestros sentimientos y relaciones. La no-monogamia no quiere decir, nunca, darle permiso a un hombre con quien te relacionás para salir con quien él quiera y de la forma en que él quiera. Por el contrario, la no-monogamia para mí quiere decir, en la gran mayoría de los casos, negar este derecho a los hombres, el derecho de hacer con las mujeres lo que ellos quieran sin pensar o sin importarles las consecuencias.

Se trata de hombres deconstruyendo profundamente el machismo en lugares donde ellos no quieren ver que son machistas, soltando sus privilegios establecidos. Se trata de mujeres luchando por tomar el control de sus vidas, sus cuerpos, su sexo, sus deseos, emociones, psiquis, sentimientos, alma. De su ser como un todo.

Se trata de equidad, JAMÁS de igualdad, porque nuestra sociedad es obscenamente desigual. Y la equidad es el hombre preocupándose en primer lugar por el hogar. Es el hombre invirtiendo dinero, tiempo y energía para que su compañera tenga una buena formación y un buen empleo. Es el hombre dejando de salir, de beber, de ir al bar para que la mujer pueda hacerlo también. Es el hombre dejando de gastar dinero de la pareja con otras mujeres para que la mujer tenga paz de espíritu para vivir. Es el hombre respetando a las mujeres, en sus deseos, anhelos y sueños. Y es absolutamente y 100% sobre las mujeres y su liberación.

¿Sabés qué es la no-monogamia? Una lucha revolucionaria que no puede caminar sino de la mano del feminismo y de una transformación radical de la sociedad, que para mí es el fin del capitalismo. Porque mientras haya un sistema de explotación, habrá un sistema de opresión. Y, al igual que ser socialista, ser no-monogámica es nadar contra un mar que todo el tiempo está intentando ahogarte. Es dedicarle tu vida a algo que vos creés, pero que sabés que probablemente no vas a ver los logros de la victoria, y aun así sabés que vale la pena luchar porque la alternativa es ceder e ser cosificada, cosificada y cosificada.

Siempre que hablo con mujeres sobre mi sufrimiento, sobre mi dolor, sobre lo difícil que es para mí saber cosas como que mi compañero (con quien convivo) se relaciona con otras mujeres, la respuesta de la gente es: “ah, ¿pero por qué no te olvidás de esto y buscás una relación monogámica?” Este texto es mi respuesta. Y se resume en que: 1) la monogamia no existe; 2) la ilusión de su existencia no me pertenece; 3) yo quiero ser sujeta de mi vida.

Seguramente debés estar preguntándote qué hacer con todo esto que dije, porque parece llevar a un callejón sin salida. Y así es. Yo estoy tendiendo a creer que la no-monogamia no es un modelo de relación y no es tan sólo una elección política, es una clave de criptografía. Con esta clave podés desencriptar el código “relaciones afectivo-sexuales (en nuestra sociedad)”. Lo que hagas con esta clave, depende de vos. Yo todavía no sé bien qué hacer con la mía, y muy frecuentemente me corto con ella más de lo que resuelvo. Pero una vez que se tiene la clave, se te queda en el alma y el mundo nunca vuelve a ser el mismo.