Carta abierta de otro varón a otros varones

Quiero empezar haciendo referencia a un texto que significa mucho para mí, la carta abierta de un varón a otro varón, de Sergio Sinay. Así que recomiendo que se lea la carta anterior antes de leer este texto.

¿Qué tengo para decir aparte de lo que dijo Sergio? Varias cosas, y las voy a decir en primera persona del plural. ¿Desde dónde digo estas cosas? Desde mi tristeza, bronca y frustración por la situación del mundo y por el comportamiento del grupo al que pertenezco: los varones cisgénero y heterosexuales. Desde mi hartazgo de cómo son las cosas y de mis ganas que cambien radicalmente. Desde mi convicción de que la causa feminista y la LGBT son justas y apoyarlas es necesario para que el mundo mejore, pero que no será suficiente si los varones cis-hétero seguimos igual o peor.

Me voy a dirigir a este grupo -mi grupo- haciendo un recorte de clase. No tengo nada que decirles a los varones que pertenecen al 1% de los ricos y poderosos que nos explotan, destruyen ecosistemas y deciden guerras. Voy a hablarle al 99% que está abajo, desde el más pobre hasta el más “clase media alta”, que sufre las consecuencias de este sistema explotador y eco-genocida. No hablo desde un Olimpo, sino desde el llano, consciente de ser parte del problema que señalo y que he participado o participo de bastante de las cosas que voy a criticar.

Empiezo.

***

Tenemos agresividad adentro nuestro, ¿pero cómo la usamos? Contra nosotros mismos, contra mujeres y niños, contra otros varones a los que vemos débiles o como obstáculos a algo que queremos, contra todo aquello que ponga en peligro nuestra “hombría”.

Tenemos enemigos, ¿pero a quienes dirigimos nuestra hostilidad? Contra movimientos que activan para suprimir o regular cosas con las que estamos cómodos, ya sea porque no creamos que nos afecten o porque creamos que nos benefician (machismo, racismo, clasismo, maltrato de animales, consumismo, contaminación ambiental).

Tenemos resentimiento por las mujeres que ejercen niveles de autonomía que damos por sentado para nosotros mismos. Nos sentimos castrados por el feminismo y hablamos de “feminazis”. Reaccionamos ante la igualdad de las mujeres y la gente LGBT como si fuera opresión y ante el cuestionamiento de privilegios masculinos/cis-hétero como si nuestra libertad estuviera amenazada.

Sin embargo, en los momentos en que somos realmente oprimidos y no-libres, hacemos poco y nada. O hacemos lo suficiente, pero para naturalizar esa situación o incluso justificarla con palabras como “orden natural”, “así es el mundo” o “las reglas del juego”.

Renunciamos a nuestra libertad por nuestra “hombría”. ¿Pero para qué sirve esa“hombría”? ¿Para acosar sexualmente a las mujeres (y NIÑAS) por la calle? ¿Para darle combustible a la homofobia y a la transfobia? ¿Para controlar a nuestra novia y celar a nuestra hija/hermana? ¿Para descuidar nuestro cuerpo y mutilarnos emocionalmente? ¿Para resolver todos los conflictos mediante la violencia? Esa “hombría” sirve para mantenernos esclavos. Esclavos con algunos privilegios, pero esclavos al fin.

¡Por supuesto que si no hacemos nada contra los que nos explotan, los que destruyen los ecosistemas, los que deciden guerras, nos vamos a desquitar con feministas, izquierdistas, ambientalistas y trabajadores que hacen huelga! Si no canalizamos nuestra agresividad contra el sistema, lo vamos a hacer de una manera funcional al sistema. Si no luchamos por nuestra la libertad, lo vamos a hacer contra quienes quieren liberarse a sí mismos. (Por las dudas, no crean que esto es solo un cuestionamiento hacia la derecha, para la izquierda también hay.)

Se nos socializa para expresar nuestra agresividad sin reprimirla ni encauzarla racionalmente. En algún lado se tiene que notar, y ahí están las estadísticas para probarlo. Encabezamos los números en asesinatos (como victimarios y también como víctimas), en violencia sexual, en siniestros viales, en abuso de sustancias, en suicidios. Cada vez más estudios relacionan estos comportamientos con el modelo de masculinidad machista en que se nos socializa a los varones.

Esta masculinidad hegemónica tiene eje en un tipo específico de violencia. Una violencia dirigida contra otros varones por cuestiones “territoriales”, contra mujeres y niñas por cuestiones “de propiedad”, contra niños varones “para que se hagan hombres”, contra gente trans y no-heterosexual porque se nos encargó la defensa de “lo normal”, y contra nosotros mismos porque quererse y cuidarse “es de maricones”.

Imaginemos esa agresividad bien dirigida. Contra nuestros verdaderos enemigos: los que nos explotan, los que destruyen los ecosistemas, los que nos quieren divididos y enfrentados por color de piel, nacionalidad, y/o creencias para beneficiarse ellos mismos. Imaginemos si la energía que destinamos en celar a “nuestras” mujeres, proteger “nuestro” territorio, conservar nuestra “hombría”, la destinásemos a mejorar nuestra comunidad, a guardar y recuperar los ecosistemas, a nuestro crecimiento como seres humanos.

Conservar la “hombría” no es buen negocio. Es demasiado lo que perdemos y muy poco lo que ganamos. Para poder gozar de los privilegios que vienen con la “hombría” se nos exige que renunciemos a la parte más noble de nuestra humanidad: que nos mutilemos emocionalmente para ser “machos”, que actuemos como carceleros y verdugos de toda la gente “no-hombre”, que seamos los guardianes de la “normalidad”, que nos peleemos entre nosotros y estemos todo el tiempo en guardia por si el de al lado pisa la línea.

Hay otras maneras de ser padre, de ser hermano, de ser pareja y amante, de ser ciudadano. Maneras que exigen y promueven compromiso, creatividad, madurez, valentía. ¿Por qué valentía? Porque exigen cuestionar los privilegios de los que gozamos sin pretender “compensaciones”, arriesgarnos a ser marginados y agredidos por varones que no quieren cambiar, y dejar entrar el dolor emocional (por nuestra crianza, por cosas que sufrimos, por cosas terribles que pasan en el mundo) ante el cual nos blindamos porque “tenemos que ser fuertes” o parecerlo.

***

Termino volviendo a primera persona del singular. Vale la pena. Ser consciente del daño al pedo que hiciste a otra gente y a vos mismo, de cómo jugaste para el sistema que te oprime a vos y a toda la gente a la que querés, pasar de la hiperinsensibilidad a la sensibilidad, y actuar. Va a doler y va a incomodar, pero a diferencia de toda la mierda que soportamos a cambio de nuestra “hombría”, acá sí hay beneficios sostenibles a largo plazo: para nosotros mismos y quienes nos rodean.