“Todos los hombres son iguales hasta que me demuestren lo contrario”

Con el susto de las muestras de cariño antes de tiempo, me di a la tarea de pedir la opinión de mis mejores amigos, donde descubrí la mejor técnica para conocer a fondo a un potencial prospecto de pareja: el espionaje o mejor conocido como las “Locas con experiencia”. Este método nos permitía conocer su estado financiero, civil, amistades, ex, gustos, familiares, entre otras tantas cosas que nos regala el internet, pero como “buena persona”, transparente para conocer a alguien, no quise hacer uso de tales herramientas.

Después de superar la barrera del Te amo precoz y de la invitación a compartir su espacio conmigo, conocí lo que me hacía falta, aquella familia tan esperada, los suegros de mi vida, en ese momento fue que caí derretida a sus pies (por cierto, los más feos que he visto en mi vida), de aquí en adelante todo vino en picada.

Siempre he pensado que cuando los suegros te quieren, el novio te deja más rápido! Y con la experiencia lo pude comprobar. Al paso de unos meses, la idea del te amo se tornaba reciproco y aún más la idea de la convivencia, pero como no todo lo que brilla es oro, resultó que el cuento de hadas se convirtió en novela de ficción. Por no querer seguir los consejos de las locas con experiencia, apareció una ex novia que no era tan ex, donde el resultado creo que fue (aún no lo sé) que yo era la otra.

Así fue como se empezó a desencadenar una serie de mentiras tan perfectas que me las comí toditas. A los pocos días de comenzar a jalar, comenzó a desmoronarse tal galán medio perfecto que logró que me encantara. Hacerme a un lado por sus problemas familiares “especiales” y luego la aparición de la ex no tan ex, resultó ser la pala para empezar a cavar la tumba para mis ilusiones. Evidentemente tenía muchas preguntas que a la larga se han quedado sin respuesta porque el galán de novela pobre, tuvo la poca decencia de dar la cara o demostrar los huevos que ya no tenía.

Al final de todo, busqué los puntos en los que me había equivocado y fue cuando recordé las palabras que me dijo desde un inicio: “No todos los hombres son iguales”, para lo que mi respuesta fue: “TODOS los hombres son iguales hasta que me demuestren lo contrario”. Más que el agua, estaba clarísimo que la culpable del embrollo era yo misma, por creer en aquel galán medio perfecto de pies feos.