Shadowboxing

La eterna lucha contra el mismo rival

Ali, 1971. Miami, Florida.
“Shout out to everybody who’s trying to get their life together. Working on yourself is the hardest part of life. The rest comes after.”
Unknown

Hace un tiempo mis amigos me regalaron un pack de clases de boxeo. Me hizo mucha ilusión ya que desde hace años he ido adentrándome como espectador en este deporte. Me generaba mucha curiosidad entender ciertas cosas y solía acudir esporádicamente a veladas en la ciudad. Pero hay ciertas cosas solo se pueden entender si te pones los guantes.

Durante meses muchas personas se sorprendían al saber que me había metido en un gimnasio para aprender a boxear. “No te imaginaba así” decían. Lo cierto es que no se trata de qué tipo de persona eres sino de no conocer realmente el verdadero sentido de este deporte.

Como espectador aprendí que el boxeo suponía no tanto una lucha física como una lucha estratégica y, en última instancia, tremendamente intelectual. En numerosas ocasiones he visto subirse a un ring dos físicos totalmente desiguales y el aparentemente más débil se acababa llevando la victoria. No os imagináis lo comunes que resultan este tipo de desenlaces en el boxeo. Si te dedicabas a observar con atención podías anticiparlo tan solo por la actitud.

Recuerdo especialmente a un chico joven, no muy alto y esquelético. Parecía que lo podías tumbar con un soplo. Antes de la pelea lo vi charlando con la gente. Se le veía una persona educada, tranquila y amigable. Fue muy respetuoso en todo momento con su contrincante, un chico más grande y alto, que demostró ser muy impulsivo y precipitado en sus acciones. La pelea la ganó el chico esquelético midiendo sus golpes, gestionando su energía, moviéndose inteligentemente y estando muy atento a la hora de leer a su adversario. Su contrincante simplemente se cansó de dar golpes al aire sin pensar y sin precaución de ningún tipo. Al segundo round la suerte estaba prácticamente echada.

En los entrenamientos los novatos pasamos al menos los dos primeros meses aprendiendo como movernos frente a un espejo. Avanzar y retroceder, posicionarnos sin peligro de perder el equilibrio, colocar cada parte de tu cuerpo para lanzar directos, ganchos, crochets, aprendiendo a protegernos. Según los entrenadores incorporar esos mecanismos en la mente es esencial. El resto es parte de un “deporte de situación”, es cuestión de interpretar qué está pasando durante cada segundo del combate y actuar de manera precisa e inteligente. En mi caso la curiosidad no me ha llevado tan lejos como para subirme a un ring pero sí aprendí, con este tipo de ejercicios frente al espejo, que lo que realmente cristaliza un deporte como el boxeo es algo tan viejo como el ser humano: la eterna lucha con uno mismo. No es casualidad que a la mayoría de boxeadores profesionales les cueste dejarlo. Aún cuando saben que ha llegado el momento piensan en un penúltimo combate. Al fin y al cabo para ellos el combate nunca terminará, ya que siempre se enfrentan con el mismo rival.

Ali, 1974. Deer Lake, Pennsylvania. Robert Walker/The New York Times

Casualmente mi año de novato frente al espejo coincidió con una época en mi vida donde empecé a fijar mi atención y mis esfuerzos hacía los estados de ánimo negativos. Cuando practicas contra el espejo es curioso comprobar la cantidad de pensamientos negativos que te abordan: “no, así no”, “repite, el pie se quedó atrás”, “te agachas, manténte recto”, “mierda, otra vez” “pareces idiota”…

Es un ciclo interminable y solo te despierta de tu paliza interior tu entrenador, cuando se pasa a comprobar cómo lo estás haciendo. Si te corrige “¿ves?, es que eres gilipollas”, si te da el ok te das un respiro y sonríes hasta que te equivocas de nuevo y vuelta a empezar. Este círculo vicioso es algo que llevamos dentro en todo momento, por eso resulta tan frustrante y agotador. Es siempre la misma lucha y bajarse del ring y tomarse un respiro es tan breve como el tiempo entre rounds. Hasta el momento no he encontrado la manera de lidiar con este tipo de respuestas emocionales y es algo que me resulta preocupante por que amenaza constantemente con llevarte a una deriva ciertamente peligrosa.

Ali, 1968. Esquire Magazine. Carl Fischer

Cuando nos abordan sentimientos negativos esto nos lleva a estados de insatisfacción, ansiedad, frustración y culpa. Y paradójicamente se magnifica cuando nuestros objetivos se centran en la búsqueda de una mayor calma y seguridad. Pareciera que cuanto más nos esforzamos y nos implicamos por buscar una suerte de equilibrio y de estabilidad nos bombardean los pensamientos más negativos. Es la cara oculta de la voluntad por mejorar que deriva, con cierta facilidad, en situaciones como la falta de sueño, cansancio, remordimientos, tristeza, desgana e incluso miedo (miedo a cometer errores, miedo a perder lo que has conseguido tras todo el esfuerzo invertido, miedo a no hacer lo suficiente…)

No me gusta ser complaciente con este tipo de temas y prefiero ser franco: no he encontrado una solución a este dilema. Hasta el momento todo lo que he podido leer, escuchar o experimentar a la hora de revertir este tipo de tendencias negativas resulta, en el mejor de los casos, efímero.

La deriva negativa cesa cuando hacemos algo al respecto, pero de manera muy inconsistente y ocasional. Puede tener que ver con un suceso positivo que revierte la situación, alcanzar un cierto objetivo o grado de mejora y sentirnos, en consecuencia, menos presionados. Puede mejorar tras conversar con alguien de confianza al respecto, algo que nos ayuda a salir de nuestra visión de túnel interna. Muchas veces simplemente se mitiga con una buena cura de sueño. Sea cual sea el catalizador del cambio siento que pasamos por un proceso más o menos así:

  1. Nuestro estado de ánimo cambia
  2. Nos sentimos mejor
  3. Pensamos que lo hemos superado, que hemos aprendido y madurado.
  4. Volvemos al espejo y ahí estás de nuevo.
  5. Suena la campana y vuelta a empezar…

Es un ciclo que seguramente os resultará familiar a muchos de vosotros y me parecía interesante compartir esta reflexión como proceso de aprendizaje personal. Al contrario que muchos gurús de la autoayuda prefiero terminar este artículo con más preguntas que respuestas:

¿Qué tipo de hábitos o acciones habéis probado para intentar romper con este tipo de situación? ¿Cuáles os han funcionado y cuáles no? ¿Existe la manera de reducir estas reacciones negativas y convertirlo en una constante más que en una respiro ocasional? Si se trata de un estado natural ¿Cómo hacer que juegue en nuestro favor y no en nuestra contra?