Faking Cultural Literacy o la parodia del conocimiento

Hace unas semanas me encontré por accidente con el que, a mi parecer, es uno de los mejores artículos del NYT que he leído. Lo escribió Karl Greenfeld, y habla del flujo de información en internet, nuestra poca disposición a leer y cómo pretendemos opinar sobre todos los temas sin saber realmente mucho.

Me tomé la molestia de traducirlo completo ya que, aparentemente, resulta lo suficientemente largo como para que nos de flojera leerlo en inglés. Creo que vale la pena. Si odian mi humilde traducción y prefieren leer el texto original, lo pueden hacer aquí.

No puedo evitarlo. Cada cierto tiempo mi mujer menciona el último libro que su club de lectura está leyendo y, sin importar de qué se trate, lo haya leído o no, ofrezco libremente mi opinión de la obra basándome en.. ¿en qué exactamente? A menudo se trata de libros de los que ni siquiera he leído una reseña y, sin embargo, mantengo mi postura acerca de la grandiosidad de Cheryl Strayed o el sentimentalismo contenido de Edwidge Danticat. Estas aportaciones podrían haber sido deducidas del mismísimo éter pero, en verdad, habían sido simplemente extraídas de varios perfiles de redes sociales.

¿Lo del ataque de Solange Knowles a Jay-Z en aquél ascensor? Lo cierto es que no vi el video de la cámara de seguridad en TMZ -me hubiera llevado demasiado tiempo-, pero leí por encima los suficientes comentarios para saber que Solange había borrado de su cuenta en Instagram todas las fotos de su hermana, Beyoncé. ¿Y qué hay de la última temporada de Game of Thrones y esas relaciones no consentidas en la cripta? No sigo la serie pero ojeé las crónicas en Vulture y estoy preparado para debatir acerca de lo profundamente ofensivo que resultó. ¿Es el Papa Francisco un pontifice postmoderno? Nunca he escuchado ni una de sus homilias ni visto su reciente aparición en 60 minutos, pero he visto retuiteados cantidad de sus tuits en @Pontifex así que estoy preparado para decir que su postura en cuanto a las desigualdades y la justicia social es notablemente progresista.

Nunca fue tan fácil pretender saber tanto sin conocer ciertamente nada. Tomamos tópicos, titulares destacados de Facebook, Twitter o alertas de noticias via mail; y luego los regurgitamos. En lugar de ver Mad Men, el Super Bowl, los Oscar o un debate presidencial, puedes simplemente hacer scroll a través de la timeline de cualquiera que esté tuiteándolo en directo o leer las crónicas al día siguiente. Nuestro canon cultural se está viendo determinado por aquello que consigue el mayor número de clicks.

En su libro ‘Cultural Literacy: What Every American Needs to Know’, publicado en 1987, E. D. Hirsch Jr. hace un listado de 5000 conceptos y nombres esenciales con los que deberían estar familiarizadas todas aquellas personas que hayan recibido una educación (o al menos, eso es lo que creo que escribió pues, la verdad, no lo he leído). Esta publicación, al igual que su contemporánea ‘The Closing of the American Mind’ de Allan Bloom, reseñaba que la alfabetización cultural era la piedra angular de algunos valores establecidos.

Hoy en día sentimos una presión constante por saberlo todo en todo momento, no sea que se nos revele como culturalmente analfabetos. Así, podremos sobrevivir a una plática de ascensor, una reunión de trabajo, una visita a la máquina de café de la oficina o una fiesta; y también postear, tuitear, comentar y debatir como si hubiésemos visto, leído y escuchado. Lo que nos importa no es que necesariamente hayamos consumido dicho contenido de primera mano, sino simplemente saber que existe -y poder posicionarnos al respecto siendo capaces de participar en una charla sobre el mismo-. Nos acercamos peligrosamente a una parodia del conocimiento que es, en verdad, un nuevo modelo de ignorancia.

En el día de los inocentes, la publicación ‘¿Por qué América ya no lee?’ de NPR se volvió viral en Facebook donde, personas que sí habían descubierto el juego, vieron como otros argumentaban indignados que ellos sí lo hacían y terminaban por compartir también el enlace acompañado de exhortaciones del tipo “¡Lee la historia!” sin haber hecho click ellos mismos y, por tanto, sin comprobar que el único contenido del artículo en cuestión era la propia revelación de la broma: “A veces nos da la sensación de que algunas personas comentan sobre historias en NPR sin haberlas leído. Veamos pues lo que la gente tiene que decir acerca de esta ‘historia’.”

De acuerdo a una reciente encuesta del American Press Institute, casi seis de cada diez estadounidenses reconocen que no hacen más que leer los titulares de las noticias -y esto lo sé porque tan sólo leí el titular del Washington Post acerca del propio sondeo-. Tras echar una ojeada, compartimos. A menudo, aquellos que comentan en las publicaciones comienzan sus intervenciones con TL;DR -abreviatura de Demasiado Largo; No lo he leído (Too Long; Didn’t Read)- y a continuación proceden, a pesar de todo, a ofrecer su opinión sobre el tema. Como Tony Haile, director ejecutivo de la empresa de análisis de tráfico web Chartbeat, dijo recientemente: “Hemos encontrado que efectivamente no existe correlación alguna entre el número de veces que se comparte algo en las redes y las personas que realmente lo leen”. (Lo tuiteó)

Asentir cuando alguien menciona una película o un libro que no hemos realmente ni visto ni leído no es mentir, al menos no exactamente. Hay una probabilidad, de hecho bastante alta, de que nuestro interlocutor pueda estar también simplemente repitiendo las observaciones mordaces de alguien de su timeline. Todo el intercambio interpersonal se construye entonces a partir de unos factoides captados en el curso de la exploración diaria de nuestras aplicaciones móviles. ¿Quién va a querer ser el que admita que nunca ha leído un libro de Malcolm Gladwell y que, de hecho, no entiende lo que el término Gladwelliano quiere decir -a pesar de haberlo usado ocasionalmente?

Cuando alguien, en cualquier situación, menciona algo, debemos aparentar que sabemos de lo que está hablando. La información se ha convertido en nuestra moneda. (Y en el caso de las Bitcoin, un ejemplo clásico de algo de lo que todos comentamos pero nadie llega realmente a entender, hablo de forma literal.)

Quienes estamos en el negocio de recopilar, difundir y, en cierto modo, traficar con la información, puede que seamos los peores. Recientemente, en mitad de una conversación telefónica con un editor, mencionó un texto de cierto autor destacado. Afirmé haberlo leído. Fue un rato después cuando caí en la cuenta de que aún no había sido publicado por lo que, evidentemente, era imposible que lo hubiese hecho. Pero por aquel entonces ya habíamos pasado a debatir acerca de un posible artículo sobre un político californiano que se había visto inmerso en un complicado escándalo. Ninguno de los dos conocía su nombre de pila pero, ¿acaso nos privó aquello de hablar desde el conocimiento sobre los pros y los contras de aquella potencial historia? Desde luego que no.

Es comprensible que una, o incluso ambas partes en una conversación pueda tener tan sólo una ligera idea de lo que se está hablando. Estamos todos muy ocupados y, a juzgar por las apresuradas respuestas a la mayoría de correos electrónicos que envío, diría que más que cualquier generación anterior. Pasamos tanto tiempo mirando a nuestras pantallas y escribiendo mensajes y tuits acerca de lo ocupados que estamos, que ya no tenemos tiempo para consumir materia prima en sí misma. Nos basamos en su lugar en las observaciones fortuitas de ‘amigos’ y de aquellos a los que ‘seguimos’, sean quienes sean.

¿Quién decide lo que sabemos, qué opiniones vemos, o qué ideas reconsideramos como observaciones propias? Algoritmos al parecer, pues Google, Facebook, Twitter y el resto de redes sociales dependen de estas complicadas herramientas matemáticas para determinar lo que estamos, en efecto, leyendo, viendo y comprando.

Hemos dejado nuestras opiniones a la merced de esta montaña de datos que nos permitirá mantenernos firmes durante una cena; sin embargo, mientras usted y yo hablamos sobre ‘The Grand Budapest Hotel’, lo que verdaderamente estamos haciendo, ya que ninguno de nosotros la ha visto, es comparar las opiniones de diferentes medios sociales. ¿Ha admitido alguna vez alguien que se encuentra completamente perdido en la conversación? No. Asentimos y decimos: ‘He oído el nombre’ o ‘Me suena’, lo que por lo general significa que en verdad no estamos para nada familiarizados con el tema en cuestión.

Hubo un tiempo en el que éramos conscientes de dónde en concreto procedían nuestras ideas. En mi clase de octavo curso nos propusieron leer ‘Historia de dos ciudades’ y, con el fin de que disfrutáramos la novela, se nos instruyó para leer el clásico de Charles Dickens con la mirada puesta en el seguimiento del simbolismo que presentaba. Una tarde, mientras estaba en la biblioteca esforzándome por descubrir aquellos símbolos, vi como algunos de mis compañeros sacaban de sus bolsillos unos libretos amarillos y negros que decían ‘Cliffs Notes’, y debajo de eso el título de la novela de Dickens en mayúsculas. Aquella ‘guía de estudio’ fue una revelación.

Allí estaban la trama, los personajes, incluso los símbolos, todo dispuesto en párrafos y viñetas. Leí las ‘Cliffs Notes’ en una noche y redacté mi entrega sin haber terminado la novela. La lección aprendida no fue sumergirse en el documento cultural en sí, si no extraer cualquier mineral valioso — datos, hechos, lo que queremos saber- y después aprovecharse de ellos en el libre mercado.

Con la llegada de cada nueva tecnología -smartphones, radio, televisión, Internet- no han faltado las quejas por el cercano fin de manuscritos, libros, revistas y periódicos. Lo que ha cambiado ahora es que es la omnipresencia de la tecnología lo que está verdaderamente sustituyendo a esos viejos medios.

La información está en todas partes, una alimentación constante en nuestras manos, en nuestros bolsillos, en nuestros escritorios, nuestros coches e incluso en la nube. El flujo de datos no puede ponerse en pausa. Se vierte en nuestras vidas una creciente ola de palabras, hechos, bromas, GIFs, bromas y comentarios que amenaza con ahogarnos. Es quizás este miedo al hundimiento el que está detrás de nuestra insistencia en afirmar que hemos visto, que hemos leído… que sabemos. Una afirmación no muy convincente de que estamos todavía a flote. Así que aquí estamos, remando desesperadamente, haciendo observaciones sobre los memes de la cultura pop debido a que admitir que nos hemos quedado atrás, que no sabemos de lo que alguien está hablando, que no tenemos nada que decir sobre cada notificación en pantalla, es estar muerto.

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