¿Es la distribución, estúpido?

Hace un tiempo compartí en Twitter un gráfico que mostraba el PBI per cápita de muy largo plazo (desde 1875 hasta la actualidad) de diversos países, entre ellos Argentina y Estados Unidos. Sostenía que la gran divergencia entre ambos países se había dado fundamentalmente en el último cuarto del siglo XX, tras el drástico abandono del modelo de industrialización por sustitución de importaciones que implicó el Plan Martínez de Hoz y la crisis de la deuda de los ’80. Alguien respondió al gráfico y me dijo “el PBI per cápita no sirve como medida, lo que importa es la distribución”. La idea no es novedosa, y forma parte del sentido común de muchas personas en la izquierda, como desafío a la máxima neoliberal de “para distribuir, primero hay que crecer”.

Es cierto que el PBI per cápita por sí solo es una medida imperfecta, pero nos dice algo importante. Difícilmente podamos tener una idea del bienestar de una sociedad sin atender al PBI per cápita de la misma, aún cuando debamos complementar esa información con otras que atiendan mejor a la cuestión distributiva, como por ejemplo el porcentaje de la torta que se apropia el 10% más rico, o el famoso coeficiente de Gini, que intenta medir las heterogeneidades del ingreso en toda la población.

El Gini es un indicador muy usado en la literatura, y es 0 si el ingreso se reparte por igual entre todos (perfecta igualdad) o 100 si una sola persona se apropia de toda la renta (perfecta desigualdad). En general, el Gini es usado para medir desigualdades de ingresos, aunque existen algunos estudios (pocos) que han intentado hacer lo mismo con el stock de riqueza (esto es, los patrimonios), de mucho más difícil medición. Vale aclarar que hay otras medidas de distribución del ingreso, como las que enfatizan la puja entre trabajo y capital (el porcentaje de la renta apropiado por los trabajadores, cristalizado en el famoso fifty-fifty peronista), que son medidas complementarias del Gini. También debemos notar que el Gini se calcula por medio de encuestas a hogares, que por lo general no captan adecuadamente los ingresos de los más ricos, por dos razones: a) que éstos tienden a subdeclarar sus ingresos, y b) que resulta muy difícil que en el muestreo de la encuesta encontremos a personas como Paolo Rocca o Amalita Fortabat. De ahí que los trabajos de Piketty usen una metodología diferente (las declaraciones impositivas) para estimar con mayor precisión el porcentaje de la renta que se apropia el 0,1% o el 0,01% más rico de una sociedad. Lamentablemente, la información de Piketty todavía está limitada a una decena de países y para Argentina los datos son fragmentarios.

El Nobel de Economía indio Amartya Sen, famoso por sus aportes al campo del bienestar, la pobreza y el desarrollo humano, creó un indicador llamado el “índice de Sen” o “índice de bienestar” que surge de combinar el PBI per capita con el Gini (la fórmula es muy sencilla y es = PBI per capita *{1 — Gini}). Este índice resulta de enorme utilidad para medir la evolución de los niveles de pobreza de cualquier país. Si el PBI per capita de un país sube y no hay cambios distributivos, la pobreza tenderá a bajar (de alguna manera, es el caso de Chile de los últimos veinte años o el de Colombia de los últimos diez, con cambios distributivos modestos y fuerte crecimiento del producto); lo mismo ocurriría con el PBI per capita estancado y una distribución del ingreso más progresiva. Sin embargo los límites en este campo son claros. Venezuela, por ejemplo, ha sufrido durante los últimos años una fuerte caída de su PBI per cápita, y ha intentado mantener sus logros distributivos: sin embargo, la pobreza subió del 27% al 33% entre 2011 y 2015, de acuerdo a sus cifras oficiales y su propia línea de pobreza. Ello muestra que no sólo importa la distribución.

Lógicamente, la mejor combinación posible es incrementar el PBI per capita mientras se reduce la desigualdad, como ocurrió en buena parte de la región latinoamericana en la década pasada. Para decirlo en otros términos y de modo simple, si dejamos constante la distribución del ingreso y el PBI per capita sube 10%, es de esperar que todos los deciles de ingresos incrementen su propio poder adquisitivo en la misma cuantía. Si el PBI per capita sube 10% y además hay redistribución progresiva del ingreso, el poder adquisitivo de los deciles inferiores (los más pobres) se incrementará por encima del 10%, mentras el de los más ricos lo hace en menor medida. De tal modo, las familias menos pudientes tendrán más chances de acercarse y pasar la (siempre tan arbitraria como científica y variable de país a país) línea de pobreza.

En el Gráfico 1 tenemos una suerte de “mapamundi del bienestar”, en el que combinamos dos variables: el PBI per cápita a paridad de poder adquisitivo (promedio 2013–15) y el coeficiente de Gini (promedio 2010–14 o último dato disponible). Hemos omitido a los países cuyo ingreso per cápita es menor a los 4000 dólares (mayormente del África Subsahariana y algunos de Asia) para poner el foco en los de ingresos medio-bajos, medio-altos y altos. Hemos agrupado a los países en cinco grupos: los desarrollados, los latinoamericanos, los ex comunistas, los asiáticos y los africanos.

En primer lugar, los países desarrollados se caracterizan por tener altos niveles de PBI per capita y relativamente bajos niveles de desigualdad. Aun así, hay importantes heterogeneidades: por un lado, los nórdicos (Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca e Islandia) son bien conocidos por tener muy altos niveles de PBI per cápita y baja desigualdad (Gini menor a 30). Por el otro, los anglosajones (Reino Unido, Australia, Canadá y, sobre todo, Estados Unidos) se caracterizan por ingresos per cápita también altos pero mayores niveles de desigualdad, probablemente asociado a una variedad de capitalismo más “market-friendly”, desde los ’80 en adelante, con mercados laborales más desregulados y menores cargas impositivas a los más ricos. Los europeos mediterráneos (España, Italia, Grecia, Portugal y Chipre) se encuentran un peldaño por debajo de los anteriores en lo que a PBI per cápita concierne (en parte la brecha se amplió tras la crisis financiera de 2008–9) y con coeficientes de Gini en torno a 35 (moderados). Países europeos continentales como Alemania, Austria, Suiza, Países Bajos o Bélgica se encuentran en un rango intermedio entre los anglosajones y los nórdicos en lo que a Gini concierne, con Estados de Bienestar muy abarcativos (aunque no tanto como en los nórdicos). Por su lado, Israel sobresale como otro país desarrollado con relativamente elevados niveles de desigualdad (Gini de 42), lo que ha sido explicado en parte (aunque no solo) por la fuerte disparidad de ingresos entre árabes y judíos ortodoxos por un lado (ambos en los deciles más bajos) y el resto de los judíos por el otro.

Párrafo aparte merecen los países súper ricos de Oriente Medio, como Qatar, Emiratos Árabes, Arabia Saudita, Bahréin, Kuwait u Omán, que tienen muy altos ingresos per cápita pero que en otras variables ligadas al desarrollo humano, como por ejemplo escolarización o esperanza de vida están rezagados respecto al llamado “Primer Mundo” y rankean parecido a latinoamericanos como Argentina, Chile o Uruguay. Lamentablemente, no contamos con estadísticas de desigualdad fiables en estos países. Sin embargo, Alvaredo y Piketty (2015) han estimado que puede ser realmente muy elevada (pusieron un escenario de base con un Gini de 50 y uno de máxima con 70). Si bien los datos deben tomarse con cautela (en el gráfico hemos puesto solo a Arabia Saudita y Kuwait a título ilustrativo), resulta sugestivo este particular patrón de bienestar, en el que coexiste una elite ligada a la renta petrolera, dueña de poderosos clubes de fútbol junto con la mayor población migrante del mundo en términos relativos, que trabaja a menudo en pésimas condiciones en sectores dinámicos como la construcción.

Gráfico 1

Fuente: elaboración propia en base a Banco Mundial y Alvaredo y Piketty (2015)

Cuando nos ponemos a analizar el resto de los países, surgen algunos patrones interesantes. Por un lado, la gran mayoría de los “ex comunistas” conserva relativamente bajos niveles de desigualdad, con una heterogeneidad muy grande en cuanto a los PBI per cápita. Por un lado, países del este europeo e integrados a la Unión Europea como Eslovenia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia, Estonia, Lituania, Letonia o Croacia cuentan con bajos/moderados niveles de desigualdad e ingresos por habitante superiores a los latinoamericanos y similares a los de países como Grecia, Portugal o Chipre. No resulta casual que si en estos países usáramos la exigencia monetaria de la canasta actual del INDEC (estimada en 10.1 dólares de 2011 a PPA por persona por día), la pobreza sería del 2% en Eslovenia (el país más igualitario del mundo), del 3% en República Checa, del 6% en Eslovaquia, del 12% en Estonia y del 19% en Hungría, muy por debajo del 30,3% de la Argentina actual. Corresponde establecer algunos matices a la idea de que después del comunismo estos países pasaron a una realidad caótica, de aumento de la pobreza y la desigualdad a niveles exorbitantes. En primer lugar, hay heterogeneidades al interior de las trayectorias de los ex comunistas, de modo que Tayikistán nunca tuvo mucho que ver con República Checa; segundo, si bien es cierto que la desigualdad aumentó (en los años ’80 el Gini en estos países rondaba los 18–20 puntos, cifra casualmente similar a la de Suecia de aquellos años), siguen siendo de las sociedades más igualitarias del mundo. Los dos países ex comunistas más desiguales son Georgia (llamativamente, uno de los países mejor puntuados en los discutibles “índices de libertad económica”) y Rusia, en donde el tránsito al capitalismo fue mucho más traumático y anárquico que en la mayoría del Este europeo.

Los países latinoamericanos contrastan fuertemente con los ex comunistas en lo que a desigualdad concierne, y no tanto en ingresos per cápita; de allí el vox populi (no del todo preciso, como veremos) de que “América Latina no es la región más pobre pero sí la más desigual”. No es casualidad que la pobreza sea aquí mucho mayor que en la mayoría de los ex comunistas: medida con la exigencia monetaria del INDEC, Uruguay aparece con un 21%, Chile con un 28% y Argentina con un 30% (27% en 2013), muy por encima de los países anteriormente mencionados y a pesar de ingresos per cápita relativamente similares. En países de menor ingreso per cápita y mayores desigualdades, como Brasil o Colombia, la pobreza medida de este modo asciende respectivamente al 44% y 57% de la población.

¿Es América Latina la región más desigual del mundo? En rigor, no; ese lugar lo ocupan los países del sur de África, que son a la vez los más ricos y desiguales de ese continente: en Sudáfrica, Botswana y Namibia el Gini supera los 60 puntos. En pocas palabras, en estos países el excedente económico es mayor que en otros subsaharianos (donde el excedente es bajo y, por ende, difícilmente exista mucha desigualdad), pero capturado por una minoría. Hay varias razones que explican la muy alta desigualdad en la parte meridional del continente africano, como la existencia de economías de enclave con escasísimos encadenamientos al resto del aparato productivo (por ejemplo, Botswana posee elevados recursos mineros -sobre todo diamantes y níquel-, que son la columna vertebral de su moderado ingreso per cápita, mientras el desempleo oficial es del 18% y el no oficial del 40%). La conocida “heterogeneidad estructural” latinoamericana y teorizada por la CEPAL, que describe una estructura productiva en donde un sector de alta productividad e internacionalizado coexiste con enormes bolsones de trabajo urbano informal y campesinado de subsistencia, se ve redoblada en los países del sur africano, donde el sector formal no llega a albergar ni al 20% de la fuerza de trabajo. Otra razón de las enormes desigualdades en países como Sudáfrica o Namibia son las secuelas del apartheid. A modo de ejemplo, según la Organización Internacional del Trabajo, los blancos son el 5% de la población sudafricana, pero poseen el 80% de la tierra.

Así, la enorme diferencia entre el producto per cápita de los países del sur africano y el resto del África Subsahariana redunda en enormes diferencias de ingreso en los deciles más acaudalados, y sólo modestas diferencias en la calidad de vida de los deciles más pobres. A modo de ejemplo, según el Banco Mundial el ingreso mensual promedio del 40% más pobre en Sudáfrica es de 64 dólares a PPA, cuando en Camerún es de 52 dólares PPA (un 20% mayor), y a pesar de que el PBI per cápita sudafricano es 340% mayor al camerunés. En contraste, en 2014 el ingreso mensual del 40% más pobre en Argentina fue de 212 dólares PPA (más del triple), mientras el PBI por habitante argentino no llega a duplicar el sudafricano.

Por último, la mayoría de los países asiáticos de ingresos medios-bajos o medio-altos (por ejemplo, India, Filipinas, India, China, Tailandia o Turquía, en rigor euroasiático) exhibe un patrón de desigualdad a mitad de camino entre el de los ex comunistas y los latinoamericanos, con Ginis en torno a los 40 puntos.

¿Qué pasa con la desigualdad si analizamos el mundo como un todo, dejando de lado las fronteras nacionales? Hillebrand (2009) estimó que en 1820 el Gini global habría sido de 50, en un mundo en el que el PBI per cápita de los países más ricos (Países Bajos y Reino Unido) era “apenas” 4 veces mayor al de los más pobres (por ejemplo, los africanos). La Revolución Industrial y el auge de Europa Occidental, las settler economies (Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda), Japón y, en mucha menor medida, América Latina (particularmente el Cono Sur) hicieron que el Gini pasara a ser de 64 en 1950 y de 71 en 1981. Durante los 130 años comprendidos entre 1820–1950, el PBI per cápita de Estados Unidos se octuplicó, mientras que el de África apenas se duplicó y el de China cayó casi a la mitad. La debacle de este país, que duró hasta mediados del siglo XX, se produjo en parte por los efectos de la Guerra del Opio impulsada por los británicos en 1839–1842, que obligó al gigante asiático a abrirse drásticamente al libre comercio, lo cual implicó la desaparición de su tejido proto-industrial. Algo similar ocurrió en India en la primera mitad del siglo XIX, cuando Inglaterra la forzó a desindustrializarse y a importar textiles que antes exportaba (factor que influyó en el éxito de la Revolución Industrial inglesa). Luego, durante la etapa del Raj Británico (1858–1947), el PBI per cápita hindú no creció. La aceleración de la economía china e india iniciada en las últimas décadas del siglo XX hizo que la brecha entre países ricos y pobres se achicara y que, por ende, el Gini global cayera a 68 hacia 2005.

A modo de síntesis, el crecimiento económico resulta una condición indispensable para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Acompañado por una redistribución progresiva del ingreso, podrá acelerarse y mejorarse aquel proceso, más difícil cuando la concentración de la riqueza es alta. Queda como pregunta: ¿cómo lograrlo en países como Argentina? La respuesta indudablemente implicaría otro tipo de estudio, pero hay una pista clave: debe transformarse la estructura productiva actual, de modo de reducir las enormes brechas estructurales en distintas partes del entramado productivo, permitiendo a millones de personas que hoy trabajan en condiciones de extrema informalidad emplearse en sectores de mayor productividad, con capacidad de generar divisas genuinas para que el país aminore su tendencia crónica hacia la restricción externa. Ello requiere múltiples aristas de política pública. La política industrial, siempre postergada y muy poco discutida en profundidad, es una herramienta crucial si se busca alcanzar este resultado.